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La grieta que nunca se fue

Cristina Kirchner es el pasado; Mauricio Macri, también. Y, como parte de ese pasado, los dos son sinónimo de fracaso. 11 de julio, 2020

En la mitología griega, Sísifo es conocido por el castigo que recibió, que consistía en empujar una y otra vez por la ladera de una montaña una pesada piedra que, a poco de llegar a la cumbre, volvía a caer. A esta narración se la conoce como “el mito” o “el trabajo de Sísifo”.  En los hechos, se trata de un suceso frustrante y absurdo que, como se mencionó antes, es el producto de un castigo.

La Argentina parece estar condenada a un castigo similar: la repetición de los acontecimientos frustrantes y absurdos que la condenan al fracaso. Es lo que viene sucediendo desde los orígenes mismos de nuestra nación.

Los episodios políticos de la semana que pasó estuvieron impregnados del mito de Sísifo que, como tales, nos conducen al pasado. Y la división –que ha recrudecido– forma parte de ese tiempo pretérito. Cristina Fernández de Kirchner es el pasado; Mauricio Macri, también. Y, como parte del pasado, los dos son un sinónimo del fracaso. Los dos dividen interna y externamente. CFK les hace daño a los sectores moderados que anidan en el oficialismo. Lo mismo les sucede a los dialoguistas de Juntos por el Cambio con Macri. Es lo que ocurrió con el comunicado que se emitió a raíz del asesinato del ex secretario de los Kirchner, Fabián Gutiérrez.  

Cuando cada uno de ellos habla, sus opositores celebran.

La falta de autocrítica que exhiben la vicepresidenta y el ex presidente espanta. Sus gobiernos han sido involutivos para el concepto de democracia. El problema es que ninguno de ellos acepta esa realidad.  

Alberto Fernández prometió –y sigue prometiendo– la búsqueda de la unidad. “Vengo a terminar con los odiadores seriales”, dijo en su discurso conmemorativo del día de la Declaración de la Independencia. El inconveniente es que, como Sísifo, debe empujar una pesada piedra que, a poco de llegar a la cima de la montaña, vuelve a caer. La piedra son los “odiadores” que habitan en el Gobierno y a los que nunca ha desautorizado. Su discurso, entonces, queda solo en eso: un discurso.

Hay odiadores también dentro de Juntos por el Cambio. Por eso, en verdad, el objetivo debe ser terminar con el odio. Eso exige mucha autocrítica y respeto por el otro. Esa responsabilidad es aún mayor en el caso del Presidente porque lo es de todos los ciudadanos, de los que lo votaron y de los que no. Por eso, el tuit del vocero presidencial, Juan Pablo Biondi –“Libres de vos y tu inutilidad que nos hubiera llevado a contar muertos de a miles dentro del país fundido que dejaste. Por respeto a los argentinos que votaron hace menos de un año (capaz que no te acordás). Silencio”–, careció de esos atributos. No hubo por parte del Dr. Fernández la más mínima crítica hacia los dichos de su vocero. El que calla, otorga. Más allá de los muchos y graves errores cometidos en su gobierno, Macri obtuvo el 41% de los votos. Biondi parece haberlo olvidado. ¿Respetará él a esos ciudadanos? ¿Los respetará AF? Por otra parte, el ex presidente, cuyas últimas apariciones públicas han sido decididamente inoportunas, tiene todo el derecho a expresarse cuando quiera y como quiera. Criticarlo es válido; querer silenciarlo –como lo exige el vocero presidencial–, no.

La grieta política se trasladó también al seno de las entidades del agro. La presencia de Daniel Pelegrina, presidente de la Sociedad Rural Argentina, junto a Alberto Fernández en el discurso por el Día de la Independencia, no cayó del todo bien entre algunos dirigentes de la Mesa de Enlace.

“Lo que salió en medios ya hizo el ruido necesario. Más que suficiente”, se escuchó decir por estas horas desde una de las entidades que la conforman y que no fue invitada.

Las demostraciones callejeras que hubo en todo el país el 9 de julio, en las que muchos de los que manifestaron no respetaron el distanciamiento social y un grupúsculo de personas agredió a periodistas –hecho siempre repudiable– sorprendieron e inquietaron al Gobierno, sobre todo a algunos sectores kirchneristas que evitaron salir en los medios con los tapones de punta. Quienes se movilizaron no hicieron más que ejercer sus derechos ciudadanos a expresarse a favor o en contra de algo o de alguien. Al kirchnerismo duro le molestó que le hayan ganado la calle. “Van a ver lo que va a ser la plaza cuando tengamos la vacuna”, es el mensaje que en respuesta a lo del jueves repiten dirigentes y militantes K. Poner la posible vacuna contra el coronavirus bajo el marco de la grieta sería un disparate. Pero atención: todo es posible.

La impunidad siempre está. Amado Boudou, Julio De Vido, Lázaro Báez y en el futuro seguramente Cristina Fernández de Kirchner. Representan la consagración de la impunidad. El caso de Báez, que representa un hito mayúsculo en esta escalada que indigna, interpela en primer lugar a la Justicia argentina. Que con la abundancia de evidencias en su contra, esta persona devenida rica de la noche a la mañana durante los 12 años del kirchnerato, no haya completado ningún juicio y esté libre de condena, es ominoso. El fiscal que no apeló esta libertad es el Dr. Jorge De Luca, un conspicuo miembro de Justicia Legítima alineado sin ruborizarse con el kirchnerismo. Tampoco la Unidad de Información Financiera, a cargo de Carlos Cruz, apeló, hecho increíble que se completa con el lamentable fallo de los camaristas Javier Carbajo y Mariano Borinsky de pobrísimos fundamentos.

Para hacer todo más grotesco, la fianza de 632 millones de pesos impuesta a Báez debería originar una pregunta: ¿cuál será su origen?

Mientras tanto, también pasan otras cosas en el ámbito de Comodoro Py. La cárcel comienza a despuntar en el horizonte de varios integrantes del gobierno de Mauricio Macri. Uno al que le avisaron sobre esa posibilidad es el ex ministro de Transporte Guillermo Dietrich.

“En un mundo donde existe el tiempo, nada puede volver atrás”, dice una célebre frase de Haruki Murakami. Sin embargo, la Argentina parece ser la excepción.


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