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El virus del capitalismo

Hoy el sistema se muerde la cola: excluyó a los pobres y depredó la naturaleza, y ahora impide consumir a sus clientes. 17 de octubre, 2020

Max Weber pensaba que al racionalismo no siempre le salen bien los cálculos. El sociólogo alemán se refería a la lógica vacilante e incierta que rige a las grandes organizaciones del capitalismo, disimulada bajo la pátina de la autoridad. Describía con esa metáfora el ocaso del optimismo iluminista, desplazado por una conciencia sombría acerca del destino de la humanidad.

No obstante, cien años después de ese diagnóstico existe un debate mundial entre expertos. Unos son optimistas y fundan su posición en innumerables estadísticas sobre el progreso en diversos terrenos. Otros, con igual contundencia, replican que hay muchas pruebas de que la humanidad está retrocediendo.

Acaso esta polémica involucre visiones diferentes del capitalismo y sus resultados a largo plazo, en una época que no tiene sistemas económicos alternativos. En el marco de esos desacuerdos, el Covid provoca consecuencias que hasta ahora parecen darles más razón a los depresivos que a los eufóricos.

La pandemia infectó a casi cuarenta millones de personas y mató a un millón cien mil. Desde el principio y con pocas excepciones, la decisión política, asesorada por comités científicos, fue instaurar extensas cuarentenas y severas restricciones a la movilidad, justificadas por la necesidad de disminuir los contagios y fortalecer el sistema sanitario. Como se preveía, esta decisión salvó vidas, pero provocó un colapso económico sin antecedentes.

El Covid expresa las inconsistencias de un racionalismo político y sanitario decadente

No obstante esas costosas medidas, avanza una segunda ola en el norte, que obliga a nuevas restricciones, mientras que en el sur los casos no ceden. Existe desconcierto, los científicos no se ponen de acuerdo y los políticos pierden el apoyo que tuvieron inicialmente. ¿Cómo se llegó a esto? ¿Qué hay detrás de las decisiones que arrasaron la vida de miles de millones de personas y destrozaron la economía mundial? ¿Por qué se esperan las vacunas como la salvación cuando validarlas y distribuirlas será largo y complejo?

En el campo sanitario las discusiones son pavorosas y muestran el avance de otra peste: la anomia. Tres epidemiólogos de Harvard, Oxford y Stanford volvieron a defender estos días la inmunidad de rebaño. Enseguida, ochenta científicos respondieron en la prestigiosa revista The Lancet que si se aplicara esa estrategia, el costo humano sería enorme. Así, prestigiosos investigadores siguen tirándose las bibliotecas mientras la gente no sabe qué hacer.

La política aumentó el equívoco. Las democracias liberales asumieron el temor al virus y suspendieron la vida social; los populistas, al contrario, lo desafiaron, acotando el daño material. No les ha ido mal: Bolsonaro está en ascenso y Trump mantiene chances de reelección. Qué triste paradoja: estos autoritarios se infectaron sin atemorizarse, testimoniando una realidad: el Covid en promedio es leve y la amplia mayoría de los contagiados se recupera.

Pero el virus tiene un antes y un después. ¿Dónde estaba el mundo hace unos meses, cuando lo sorprendió la pandemia? Entre la recesión, la protesta social y la guerra comercial. Estos fenómenos caracterizaron 2019. El año pasado se registró la tasa de crecimiento mundial más baja de la última década, explicada por la desaceleración de la inversión y el enfrentamiento entre EE.UU. y China.

Por su parte, la organización humanitaria Oxfam, invitada al Foro Mundial de Davos de 2020, concluyó que la desigualdad mundial está fuera de control y tiene un marcado sesgo sexista. Entre otros datos, destacó que hoy el 1% de los más ricos posee el doble de bienes que el 60% de la población mundial, en tanto las mujeres llevan a cabo el 75% del trabajo doméstico no remunerado. Un poco menos de la mitad de la población mundial subsiste con 5 dólares diarios.

Esta descripción es una foto de la situación inmediatamente anterior a la pandemia. Falta considerar una tendencia a largo plazo: la destrucción progresiva de la naturaleza impulsada por el consumo desmedido. Sus resultados están a la vista: polución, alteración de los ciclos naturales, agotamiento de recursos no renovables, pérdida del equilibrio entre el mundo humano y el animal, circulación descontrolada de la población. Consecuencias irrefutables vinculadas con el origen del Covid.

Semejante depredación para satisfacer las apetencias inducidas de una porción menor de la población mundial, conformada por las clases medias y altas. Unas por masividad y las otras por capacidad de influencia, son las que mueven el amperímetro del capitalismo y los engranajes políticos que lo legitiman. La devastación de la naturaleza es una ofrenda a ellas, a cambio de una tasa de ganancia cada vez mayor. Todo en nombre del bienestar.

Hay desconcierto, los científicos no se ponen de acuerdo y pierden apoyo los políticos

El pasaje del bien al bienestar es un rasgo de las sociedades posmoralistas. Gilles Lipovetsky describió cómo la civilización del bienestar consumista puso el hedonismo sobre la solidaridad, la seguridad por encima del riesgo, el marketing antes que los ideales, el altruismo indoloro en el lugar que ocupaba la virtud. Mal equipamiento para catástrofes.

Observando este panorama, puede formularse una hipótesis: en un contexto crítico de recesión y protestas, el capitalismo desarrollado encaró la pandemia con los criterios de eficiencia y rentabilidad convencionales, dirigiendo sus esfuerzos a preservar el bienestar de los estratos que mueven las ruedas del sistema. No constituyó una conspiración sino un reflejo defensivo, que hoy solo se sostiene por un anuncio religioso antes que científico: el milagro de las vacunas.

La primera señal de autodefensa fueron los confinamientos, un programa destinado a pudientes, imposible de cumplir para los pobres. Lo mismo que la vida protocolizada, la concentración de esfuerzos en los grandes centros urbanos, la educación online, diseñada para los que tienen equipamiento tecnológico. Estas desigualdades no fueron compensadas por los subsidios a los carenciados.

La lista de incongruencias es larga y crece el malestar. Las cuentas no cierran. Los epidemiólogos se pelean, los populistas aventajan a los democráticos, las grandes tecnológicas hacen un negocio fabuloso, aumenta la miseria, estallan las enfermedades mentales. En un año mueren en el mundo tres millones de menores de 5 años por desnutrición y un millón y medio de individuos por tuberculosis. Pero el cuentacadáveres solo funciona para la pandemia.

El Covid es el virus del capitalismo. La expresión de un racionalismo político, económico y sanitario decadente, sin brújula. Un sistema que se está mordiendo la cola, porque habiendo excluido a los pobres y saqueado la naturaleza, impide ahora consumir a sus clientes, con el incierto objetivo de salvarlos.

*Analista político. Fundador y director de Poliarquía Consultores.


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