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Las organizaciones sociales denuncian una mayor demanda en los comedores

"El año pasado venían entre 120 y 150 personas por día, ahora tenemos más de 200", explica la responsable de un comedor en la Villa 21-24, en Barracas, donde los alquileres se triplicaron. 9|07|18

En el comedor La Lecherita, la negociación entre el Gobierno y las organizaciones sociales, y el impacto de las últimas medidas económicas está lejos de ser una cuestión abstracta. “El año pasado venían entre 120 y 150 personas por día, ahora tenemos más de 200”, explica a PERFIL Susana Beatriz Cabezas, dirigente de la Corriente Clasista y Combativa (CCC) y responsable del comedor que fue creado gracias a un espacio que cedió el padre Pepe Di Paola en el santuario de la Virgen de Caacupé, en la Villa 21-24, en Barracas.

Una mesa donde entran apenas entre 20 y 30 personas funciona desde el mediodía hasta la noche. Chicos, madres y familias enteras dependen de esta ayuda. “Si no fuera por el comedor no sé qué haría”, explica Zulma Rivas junto a tres de sus hijos. El más chico, con remera de Newell’s, come un arroz con pollo. Más tarde irá a jugar al fútbol en un club del barrio. “Le dicen el mini Messi”, cuenta su madre orgullosa tras relatar los problemas que enfrenta para gestionar una ayuda para su hija discapacitada. Para ella, lleva un tuper que le da Susana.

María Inés también suele llevarse la comida los fines de semana, este viernes había ido a comer a La Lecherita con su bebé. “Muchas veces no tengo nada, hago changas de limpieza pero cada vez hay menos”. Cerca de ellas está Natalia, con su bebé Malena en brazos. Tiene 23 pero luce más joven. Cuando habla, sin embargo, parece mucho más adulta.

Su novio, Mauro, de 19, logró integrarse a un plan de cooperativas creado tras la Ley de Emergencia Social. Esta ayuda, sin embargo, no le permitió resolver el tema de la vivienda. En la Villa 21-24, los alquileres de habitaciones pasaron “de 1.000 a más de 3.000 pesos y en muchos lados no te aceptan si vas con hijos”. Consiguió un lugar, pero cuenta que le faltan frazadas y colchones.

Su mayor ilusión es lograr recuperar los dos hijos que tuvo con su anterior pareja. “Me los sacaron porque estaba en situación de calle, fue en el mismo momento que tuve a Malena”. Volver a la casa de su padre no era una opción, incluso en ese momento. “Con él no se puede vivir, por la droga”.

En ese punto interviene Susana, que nació en el barrio y desde hace 16 años trabaja en la CCC, “la droga es uno de los problemas más grandes, ahora ya no hay solo soldaditos porque muchas pibas terminan por necesidad trabajando para narcos”.

También explica que el padre Pepe se tuvo que ir del barrio por las amenazas y que un pariente suyo se está recuperando en el centro de rehabilitación de la Iglesia. “Las organizaciones terminamos haciendo lo que debería hacer el Estado”, concluye.


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