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¿En qué mundo vivimos?

Esa es la pregunta que trata de responder en su libro el sociólogo uruguayo Bernardo Sorj. Capitalismo, democracia, populismo, fake news, marcan una época difícil como pocas. 1 de agosto, 2020

En poco más de 140 páginas se ha logrado una notable síntesis de los procesos de largo y corto plazo que han confluido en la conformación del “mundo en que vivimos”, al que alude el título que Bernardo Sorj le dio al texto de su reciente autoría que aquí comento. 

El sociólogo uruguayo transita por los diferentes planos, o subsistemas como él los denomina, y etapas del tránsito a la modernidad de las sociedades del Occidente, tomando como eje la relación entre capitalismo y democracia. El argumento parte de la idea de que desde el siglo XV en Europa occidental se desplegó un conjunto de procesos que se imbricaron complejamente –el despertar del humanismo, la invención de la imprenta, la reforma protestante, la revolución científica y el nacimiento de los Estados nacionales, sobre todo– para alimentar tanto el avance y la posterior globalización del capitalismo como la formación de democracias liberales. 

A lo largo del libro, asimismo, Sorj contrasta Europa y América Latina argumentando que en el caso de nuestra región han tenido mayor peso las tendencias populistas en las cuales quienes ocupan el poder tienden a atribuirse la representación excluyente del pueblo. De todos modos, debe destacarse que Sorj se abstiene de definir el populismo, acotando con agudeza que el término “es empleado sin rigor para denominar una miríada de líderes, de partidos y de prácticas políticas diversas”. 

El capitalismo ha creado las condiciones para el surgimiento y la consolidación de la democracia, pero a menudo ha contribuido a debilitarla y sabotearla

Capitalismo y democracia. El capitalismo ha creado las condiciones para el surgimiento y la consolidación de la democracia liberal pero, paradojalmente, a menudo ha contribuido, asimismo, a debilitarla y sabotearla. Al analizar las democracias capitalistas, el autor sugiere que, más allá de los riesgos populistas y de las tensiones que han enmarcado históricamente las relaciones entre representantes y representados, el poder del dinero y la tendencia del capitalismo a incrementar las desigualdades de ingresos y de riqueza son factores que han alimentado la tensión entre democracia y capitalismo. En el límite, se podría sostener, si se concuerda con Wanderley Guilherme dos Santos, que una anomalía de la democracia es “que, por su propia esencia, está condenada a aceptar el uso de sus instituciones con el objetivo reaccionario de destruirlas”.

Uno de los instrumentos centrales en la profundización de la democracia en el capitalismo del siglo XX, postula el autor, ha sido el desarrollo de los Estados de bienestar. Un componente imprescindible de tales Estados ha sido, como sugiere el texto, la formación de los sindicatos, ya que ellos les proporcionan a los trabajadores individuales la capacidad de actuar como un actor unificado frente al “otro” que está unificado de entrada, es decir el capitalista. La desmercantilización parcial de la fuerza de trabajo ha sido, en conjunto con la de bienes y servicios como la salud y la educación, uno de los factores que permitió el tránsito de las etapas iniciales del capitalismo europeo caracterizadas por el predominio del liberalismo económico en la dirección de modalidades más igualitarias de organización social. 

Y es precisamente la remercantilización que se ha producido a partir del último cuarto del siglo XX la que Sorj identifica como el principal rasgo de la contrarreforma neoliberal en curso. Este proceso ha sido generado, en buena medida, por la privatización de empresas públicas y servicios sociales y por la desregulación de las relaciones en el mundo del trabajo que ha facilitado la desresponsabilización de las empresas dentro de los contratos laborales. El autor advierte que uno de los fenómenos que contribuyó a la profundización de esa contrarreforma ha sido la desaparición de la Unión Soviética y del bloque de los países del socialismo real, provocando de tal modo la evaporación del papel imaginario que jugaba el comunismo como acicate para que los capitalistas del mundo occidental aceptaran la implementación de políticas públicas que morigeraran la inequidad generada por los intercambios desiguales que son consustanciales al capitalismo. 

De todos modos, Sorj nos advierte que si bien en la segunda mitad del siglo XX el desarrollo del Estado de bienestar estuvo asociado a las políticas keynesianas y el ideario de la socialdemocracia europea, no se debe concluir que el fenómeno siempre tuvo un carácter progresista, ya que a menudo fue empañado por la corrupción pública. Se podría agregar, en ese sentido, que en América Latina, desde México a la Argentina, las privatizaciones que se dispusieron a partir de la última década de aquel siglo no lograron corregir el problema, pues en muchos casos las empresas privatizadas se constituyeron en una fuente alternativa de corrupción.

Partidos. Otra área de reflexión del texto es la de los sistemas de partidos políticos. Sorj analiza dos tendencias que le preocupan: la fragmentación de esos sistemas y el ascenso de la derecha autoritaria. En relación con el primer tema, señala que la consecuencia paradójica de la fragmentación es la polarización. El segundo tema es una preocupación central del autor; si bien apunta que la democracia liberal es también atacada desde de la izquierda, como en el caso del chavismo, es la derecha autoritaria la tendencia prevaleciente tanto en América Latina, como en otras regiones del mundo. 

Bolsonaro y Trump son analizados como las manifestaciones más graves de la combinación de visiones racistas y maniqueas que se canalizan en nacionalismos xenofóbicos que, a diferencia del pasado, no conducen a golpes militares sino a la ejecución de ataques graduales a las instituciones representativas, un proceso de backsliding democrático que a menudo se combina con agendas económicas neoliberales, aunque al mismo tiempo cuestionan la globalización. En nuestra región, de todos modos, el fenómeno es agravado porque no es ajeno a la fragilidad institucional que la ha afectado históricamente. 

En los capítulos finales del libro, Sorj repasa las consecuencias negativas de la conformación de “sociedades de la información” como son el predominio de las fake news y la proliferación de Estados vigilantes y la disolución de las fronteras de los subsistemas sociales con la consiguiente destrucción del espacio público. De estos capítulos se incluyen a continuación algunas secciones especialmente provocativas.

*Consejero de Cadal.

Marcelo Cavarozzi*

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