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De Maquiavelo a Macri

El actual mandario y sus posibilidades de reelección. 17 de abril, 2019

Más allá de la valoración negativa que trae aparejada su idea de separar la acción política de la esfera moral, la obra de Nicolás Maquiavelo resulta fundamental y, en pleno siglo XXI, tiene una apreciable vigencia.

Pensando en la unificación de Italia, este precursor de la ciencia política afirma que los Estados pueden conquistarse gracias a la fortuna o por medio de la virtud. En tal sentido, la primera remite a los acontecimientos y circunstancias que escapan a la voluntad humana. La segunda, en tanto, refiere a la capacidad del gobernante para dominar los hechos y alcanzar los fines propuestos.

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Desde un enfoque pragmático, sin embargo, el diplomático renacentista conjuga ambos conceptos. En su célebre tratado El Príncipe, dedicado a Lorenzo de Médici y definido por el historiador norteamericano Miles J. Unger como “una de las más desatinadas solicitudes de trabajo de todos los tiempos”, el secretario florentino sostiene que la fortuna se impone “cuando no hay una virtud organizada y preparada para hacerle frente”. Asimismo, en Discursos sobre la primera década de Tito Livio, el autor destaca: “Donde los hombres tienen poca virtud, la fortuna muestra más su poder”. Con el auxilio de tales definiciones, es posible mirar el presente.

El gobierno de Mauricio Macri, entre otras cosas, quiere ser la primera administración no peronista en finalizar un mandato constitucional en más de 90 años. Este hecho, valioso por infrecuente, tiene su antecedente más inmediato en 1928, con la presidencia de Marcelo T. de Alvear. Con igual rareza se presentan los diciembres pacíficos. En efecto, a fuerza de negociación y desembolso de dinero a los movimientos sociales, la paz pública es, hasta hoy, un signo distintivo de Cambiemos. En paralelo, y marcando diferencias con el pasado, el monopolio de la fuerza legitima en manos del Estado tiene, desde 2015 y por ahora, una aplicación racional. Se observa entonces una virtud legal e institucional.

El gobierno de Mauricio Macri, entre otras cosas, quiere ser la primera administración no peronista en finalizar un mandato constitucional en más de 90 años

Por otra parte, reparando en la faz agonal de lucha por el poder que hace años planteó Carlos Fayt, el oficialismo luce condicionado por factores exógenos. En otras palabras: mientras la crisis económica socava la credibilidad del gobierno y el apoyo ciudadano al mismo, la pretendida reelección del Presidente aparece ligada al azar del que habla Maquiavelo.

Al margen de polarización como recurso electoral y los sondeos de opinión pública, hay variables políticas que el PRO no controla, a saber: la posible unificación del peronismo; una eventual candidatura de Cristina Fernández de Kirchner; el potencial armado de Roberto Lavagna; la estrategia trazada por los gobernadores que separaron las elecciones locales de la nacional. Todos estos elementos, sumados al comportamiento de los mercados y la evolución de las variables macroeconómicas, determinarán la suerte de Cambiemos. Además, en el plano interno se advierte otro problema: la organicidad de la UCR no parece depender solamente de nombres y fórmulas compartidas con miras a octubre.

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En clave maquiavélica pura, Mauricio Macri no domina los acontecimientos de los que depende la conservación del poder. A esta falencia, hay que agregarle una cuestión instrumental: quien influye sobre el pensamiento del príncipe no puede ser el mismo que, simultáneamente, ejecuta y vigila todos los actos de gestión. Esta superposición de roles entre consejero y funcionario conspira abiertamente contra el buen gobierno.

Según precisó Oscar Muiño en una reciente columna publicada en El Economista, en los comicios venideros el Presidente “intentará ganar e imponer que lo suceda Marcos Peña en 2023, el único en quien confía plenamente para conservar su legado”. Hoy, ese deseo se torna inviable para un gobernante cuyo poder político futuro depende más de la fortuna que de la virtud.

(*) Periodista y analista político, columnista invitado.

CP

Damian Toschi (*)

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