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Desarmar el club de la pelea política

Los estallidos callejeros en países de la región y la sucesión presidencial en el país son dos situaciones diferentes pero igualmente desafiantes: el diálogo no solo es un imperativo ético; es una necesidad social. 1 de diciembre, 2019

El 9 de diciembre próximo se cumplirán 15 años de la creación de la Comunidad Sudamericana de Naciones, que andando el tiempo se convertiría en la Unasur. La fecha no fue elegida al azar. Ese día se conmemoraba el 180º aniversario de la batalla de Ayacucho, que fue el último gran enfrentamiento de las guerras de independencia hispanoamericanas y significó el final definitivo del dominio español en América del Sur.

Allí, en Perú, se reunieron los jefes de Estado de las diez naciones sudamericanas y formalizaron la integración política, social, cultural y económica en el acuerdo de mayor envergadura a nivel regional llevado a cabo hasta hoy.  

Como presidente de la Comisión de Representantes Permanentes del Mercosur me tocó llevar adelante el proceso de unidad que culminó aquel 9 de diciembre. Fue una de las tareas más apasionantes que llevé adelante en mi extensa carrera política. Los países del Mercosur proyectábamos nuestra experiencia lanzándonos a una aventura mayor, siguiendo el ejemplo de la vieja Europa y un mandato histórico que viene desde nuestro origen libertario: la Patria Grande.

En un momento tan crítico como el que vivimos actualmente en nuestra región es importante reflexionar en torno de aquella experiencia –hoy frustrada– que iniciamos en el Cuzco.

Aquel proceso de unidad se fundaba en un principio básico, que lo hizo posible: la unidad de las naciones hermanas está por encima de las diferencias ideológicas que imperen en cada país. La unidad no se subordina a un pensamiento político. Con ese criterio nos unimos las diez naciones a partir de una experiencia de diálogo franco entre hermanos.

En pocos días más asume un nuevo gobierno y es posible renovar el optimismo y que el diálogo se imponga a la bendita pelea. Imagino un próximo consenso legislativo más allá de las diferencias

Pero la ideología metió la cola. Y con ella los enfrentamientos. La Unasur se convirtió, lamentablemente, en el Club de la Pelea y desperdiciamos una oportunidad histórica. Las diferencias ideológicas de los dirigentes imperaron por sobre los intereses comunes de los países y de los pueblos.

La pelea está en el centro, en el corazón del drama latinoamericano. Sus consecuencias son terribles: se pierden de vista los objetivos generales, la visión del mundo real se obnubila, las facciones en lucha se colocan por encima de los intereses populares. Parece fatal, pero sin dudas no lo es. Las cosas podrían ser muy diferentes si primaran el sentido común sobre la insensatez y el pensamiento solidario frente a la pequeñez egoísta de las egolatrías.

El ejemplo europeo es iluminador al respecto. Pueblos enfrentados en guerras ancestrales y recientes, con más de 40 millones de víctimas, se unieron para enterrar ese pasado de enfrentamientos y sellar la paz que permitiera el desarrollo armónico de los países y los pueblos. Así, Europa se alzó sobre sus ruinas y se reconstruyó en Estados donde la convivencia y el bienestar son el común denominador.

Hoy vivimos, en nuestra región, un momento de crisis agudas de distinto orden. En Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú, Chile, Bolivia y Argentina, los enfrentamientos internos imperan y provocan el debilitamiento de la gobernanza y el deterioro creciente de las instituciones de la democracia, empezando por los partidos políticos. Toda la energía está puesta en pelearnos entre nosotros.

Y así nos devoran los de afuera.

Nuestro propio Club de la Pelea. Las recientes elecciones en Argentina volvieron a poner de manifiesto que la pelea domina la política y anula el pensamiento. Pelearse es priorizar los muros y despreciar los puentes. Es jerarquizar el insulto y rechazar el diálogo. No es un fenómeno para nada nuevo. Antes bien, es un hecho cultural que atraviesa toda la historia del país y ha definido el formato de nuestra acción política. Esta es una explicación del fenómeno que ayuda a comprender las manifestaciones de la pelea en la actualidad, pero no la justifica, en absoluto.

En un artículo publicado en Perfil a mediados del año pasado, Luciano Elizalde, decano de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral, decía que “la “grieta” es el resultado de la acción constante de gobiernos, referentes ideológicos, grupos de seguidores, fanáticos y militantes, que quieren o necesitan producir una ruptura, una escisión en la ciudadanía que debe elegir algo”.

Es un accionar político que quizás sirva a los intereses de los grupos enfrentados, sobre todo de quienes los dirigen, pero que sin dudas impide al conjunto la superación de los dramas atávicos que vivimos. Argentina está peor que hace medio siglo. Quien lo niegue no quiere ver la realidad. Estamos pisando el 40% de pobreza. Estamos viviendo un proceso de exclusión social nunca antes visto. Estamos condenando a las nuevas generaciones a la frustración, a la marginalidad, al delito. El mundo financiero destruye impunemente el aparato productivo y sepulta la cultura del trabajo que en otros tiempos moldeaba la conducta ética de la sociedad y el Estado. Y estamos devorados por la corrupción estructural, que atraviesa verticalmente la sociedad y, como no podía ser de otra manera, se ceba en los que menos tienen.

Optimismo. La responsabilidad reside, como señala Elizalde, en esa clase dirigente que encuentra su lugar de confort en el Club de la Pelea y vive ausente del mundo real. Esa clase dirigente que se ha acostumbrado –como dice el tango – a andar sin pensamiento.

En pocos días más asume un nuevo gobierno y renuevo mi optimismo en que el diálogo se imponga a la bendita –maldita, en realidad– pelea. Imagino un próximo consenso legislativo que baje la intensidad de las diferencias ideológicas y ponga el foco en las soluciones de fondo. Que recupere el pensamiento, que ponga los ojos en el mundo real argentino y regional. Que retome la idea de la unidad latinoamericana y la lleve adelante. Que defina las reformas legislativas que el país necesita para salir del infierno, las someta a votación y las ponga en acción. Que trabaje de la mano con el Poder Ejecutivo y con la Justicia, que debe recuperar su independencia y su prestigio, hoy cuestionado.

¿Es un exceso de optimismo el que me embarga? No lo creo. ¿Es difícil? Pero claro que es difícil. Sin embargo, estoy convencido de que un consenso amplio no solo es posible sino imprescindible para terminar con el ciclo de la agonía.

 

*Ex presidente de la Nación.


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