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Entrevista a la doctora en Ciencias Sociales, Lucila Svampa.

Por una filosofía de la política

El suplemento Educación dialogó con Lucila Svampa, compiladora de ¿Qué hay de política en la filosofía? Ocho ensayos, un libro que resume el panorama de las controversias que habitan el vínculo de la filosofía y la política. 22 de septiembre, 2019

Lucila Svampa es doctora en Ciencias Sociales y licenciada en Ciencia Política, además de posdoctorante de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires (UBA). También es docente de Teoría Política y Filosofía (UBA) e investigadora del CONICET.

Entre otros aportes, la joven doctora publicó La historia en disputa. Memoria, olvido y usos del pasado (Prometeo, 2016) y ¿Qué hay de política en la filosofía? Ocho ensayos (CLACSO-IIGG, 2018), un texto en el que, como compiladora y una de las autoras, reúne un trabajo de investigación grupal que se llevó adelante en la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA.

El libro editado por CLACSO y el Instituto de Investigaciones Gino Germani ofrece diversos ensayos que problematizan la relación entre la filosofía y la política en la contemporaneidad. En diálogo con el suplemento Educación, Lucila Svampa resume el panorama de las controversias que habitan estos entrecruzamientos, al tiempo que aborda la intervención de la historia en el vínculo de la filosofía y la política.

 

Parafraseando el título de tu libro, ¿qué hay de política en la filosofía?

Los vínculos entre la política y la filosofía están habitados por tensiones, a las que las tradiciones intelectuales dan distintos tratamientos. Si bien en el libro se recorren principalmente perspectivas contemporáneas, éstas no dejan de remitirse a la antigüedad. La muerte de Sócrates aparece como un hito en la historia de la filosofía por representar una situación crítica en la que la polis amenaza la existencia de los pensadores, oponiendo así vida contemplativa y vida activa. Tal separación configura una dinámica de acuerdo, a la que política y filosofía no podrían habitar un mismo mundo en simultáneo, sino a costa de lidiar con los chispazos que surgen de la fricción de ambas. Más allá del grado de aproximación o alejamiento que expresen al respecto, podríamos decir que de este divorcio son herederas todas las teorizaciones ulteriores, así lo expresan las ideas de Jacques Rancière, Hannah Arendt, Leo Strauss y Claude Lefort, entre otros. Toda vez que ellos se ocupan de la democracia, la igualdad, el poder o la libertad, por ejemplo, se activan los vínculos conflictivos entre filosofía y política. De allí se desprenden múltiples debates en torno a la producción del conocimiento que ponen en el centro de la escena, de forma más o menos ostensible, el estatuto de la verdad y las amenazas del relativismo. En este contexto, el sentido de la política emerge como un eje en el que se concentran los intereses de estos pensadores, ante la disolución de los referentes de certeza, tal como observa Lefort en el texto que tradujimos y publicamos por primera vez en español en este volumen. 

 

¿Por qué la filosofía es importante para entender o proyectar la política actual?

Podría pensarse que la filosofía viene a auxiliar a la política, es decir, a asistir a los gobernantes en la resolución y la dilucidación de problemas que le son propios mediante la búsqueda de la verdad. La pregunta que se plantea aquí en general es si la filosofía puede asir la política. Pero esta primera aproximación no necesariamente acordaría con que, de por sí toda filosofía responde a una posición política. En tanto convengamos que la política implica siempre una polémica sobre los fines de la vida pública, lo anterior significa que se volvería problemático figurarnos una filosofía que se pretenda neutral al respecto. Pero como existen posiciones que pretenden defender una vocación de la filosofía por el saber absoluto, tal imbricación entre filosofía y política no va de suyo, sino que requiere una argumentación. Justamente, reconocer que no se trata de una obviedad implica dar cuenta de los efectos tangibles a nivel social que tienen ciertos postulados de la filosofía práctica. De lo contrario, defender un ejercicio especulativo que esté al margen de la materialidad de nuestras prácticas, implica no solo la posibilidad de la elaboración de un conocimiento neutral, sino, además, de una jerarquización a nivel epistémico en la que la filosofía tendría un lugar privilegiado frente a otras disciplinas.  

 

Los problemas clásicos derivados de la vida en común siempre están en la agenda programática. Estos implican, por ejemplo, la caracterización de democracia, las disquisiciones sobre el mejor tipo de gobierno, las definiciones de igualdad y de justicia, entre otros, que se inician en la antigüedad, pero también están presentes en la modernidad y la contemporaneidad”. 

 

¿Cómo analizas las transformaciones que autores como Lefort señalan que tienen lugar en las democracias modernas?

La preocupación por la democracia en la contemporaneidad fue variando en función de los acontecimientos mundiales que estructuraron las coordenadas de nuestras reflexiones. Es decir, que los desafíos y las preguntas que tenían pensadores como Lefort en Francia en los años ochenta no son los mismos que enfrentan sus compatriotas Alain Badiou o Jacques Rancière en el siglo XXI. La defensa de las democracias frente a la amenaza totalitaria no ocurre en el mismo contexto en que se producen críticas a ella, que tienen por preocupación de fondo la emancipación y la exclusión social. Ahora bien, hay que ser cautelosos, porque si nos quedamos con esta idea, que describe una teoría que se redirecciona en función de las prácticas, corremos el riesgo, entre otras cosas, de dividir tajantemente teoría y praxis, por un lado, y por otro, de abonar la idea de una teoría cuya única función sería la de representar la realidad, esto es, el conflicto político, ese escándalo teórico del que habla Rancière. Tomando prestado el vocabulario koselleckiano, implicaría concebir los conceptos como índices de una época y no como factores de cambio histórico. En otras palabras, que la teoría viene después de la práctica o que a la teoría no le cabe generar efectos sociales. De modo que habría que pensar esas transformaciones en torno a la democracia a partir de la confluencia de estos factores y, por qué no, a la luz de la historia de las ideas. 

 

4. ¿Qué significa que la educación superior piense la filosofía política?

Las polémicas sobre el vínculo de la filosofía con la universidad tienen una larga historia. Ya desde El conflicto en las facultades, en 1798, Kant situaba el problema de la autonomía, que tiene una vigencia enorme hoy. Cuando nos preguntamos por la relación de la universidad pública con el Estado, del financiamiento y la influencia de este sobre aquella, muy a menudo se encienden alarmas que alertan sobre el control de los gobiernos a las orientaciones intelectuales, temiendo una pérdida de su potencial crítico. En consecuencia, se piensa en una artillería ilustrada que defienda ese espíritu de las garras de los gobiernos de turno. Se enfrentan así, nuevamente, poder político y filosofía. Que los gobiernos influyen en el desarrollo científico, no cabe la menor duda. Con el macrismo, de hecho, venimos sufriendo el desfinanciamiento de organismos científicos, como el CONICET, y por ende la desarticulación de líneas de
investigación. Pero este razonamiento presupone, no sin inconvenientes, dos factores: por un lado, que esa influencia siempre tiende a menoscabar la tendencia emancipatoria del pensamiento, esquivando así la posibilidad de que una intervención estatal, en lugar de limitarla, la expanda. Por otro lado, que la influencia debe medirse unidireccionalmente y ex ante, sin dejar lugar para pensar la incidencia que puede tener la universidad y su clima intelectual en los derroteros políticos de una sociedad en general y en los rumbos de los gobiernos, en particular. Luego, habría que pensar para quién está destinada la filosofía en las universidades y sus peligrosas derivas elitistas.

Además de ser investigadora y escribir, te desempeñas como docente. ¿Cuáles consideras que son las inquietudes de los estudiantes universitarios sobre filosofía política?

Creo que hay una combinación muy interesante que articula problemas clásicos con actuales. Los problemas clásicos derivados de la vida en común siempre están en la agenda programática. Estos implican, por ejemplo, la caracterización de democracia, las disquisiciones sobre el mejor tipo de gobierno, las definiciones de igualdad y de justicia, entre otros, que se inician en la antigüedad, pero también están presentes en la modernidad y la contemporaneidad. Por otra parte, existe un gran interés por la actualización y la transformación de estos temas a la luz de nuevos contextos. Hoy en día hay una vinculación inevitable entre dichas preocupaciones y la vida pública de la universidad, que pone todos los días en evidencia la importancia de una política capaz de garantizar la educación superior como un derecho para todas y todos, como clama Rinesi. Si bien el anti-intelectualismo está usualmente asociado a movimientos de extrema derecha, que dieron lugar al fascismo, el reciente y explícito ataque de Bolsonaro a las carreras humanísticas en Brasil es un claro ejemplo de la vigencia de esta hostilidad, que tiene como protagonista a los estudiantes mismos y que, por ende, forma parte del universo de sus inquietudes.


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