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m. john harrison: entrevista exclusiva

Mundos imaginarios

Antes de su arribo a Buenos Aires para participar del Filba, que arranca esta semana, el escritor británico de ciencia ficción y fantasía M. John Harrison reflexiona sobre su cautivante visión del tiempo y del espacio pero, sobre todo, de la naturaleza humana y su futuro. 22 de septiembre, 2019

Parafraseando al gran H.P. Lovecraft –sin duda el padre y maestro de toda la literatura fantástica del siglo XX y de lo que va del nuestro–, podemos alarmar al lector que transite por cualquiera de los libros de M. John Harrison, afirmando que tendrá la permanente sensación de que hay algo que lo acecha en el umbral. Es que su literatura se inscribe dentro de lo que se ha dado en llamar New Weird (Nuevo Raro), término cuya creación se atribuye al propio Harrison, en el prólogo de la novela de China Miéville El azogue (Interzona 2002, Ayarmanot 2019) y que identifica a un género literario que tiende a romper las barreras entre la fantasía, la ciencia ficción y el horror sobrenatural, pero que, fundamentalmente, hace base en una visión sociopolítica de la realidad, corrida de su propia identidad. Es decir: la realidad, en verdad, no es solamente lo que percibimos o aquello que, por más que intentamos, no logramos asir. Imposibilitados, entonces, para negociar cualquier conocimiento con lo cotidiano que permita encontrar sentido en donde no lo hay, la línea a seguir será buscar día a día con la certeza de que nada se encontrará. André Breton dijo que no será el miedo a la locura lo que nos hará bajar las banderas de la imaginación. Paradójicamente, hoy por hoy, la imaginación, la ficción –y acá queda incluido también el razonamiento científico– es lo único que nos da la ilusión de recuperar la cordura. Lo que nos mantiene en acción para enfrentar un mundo absurdo.

Harrison, al igual que Miéville, pertenece a una raza de escritores que podemos denominar programáticos. Su obra construye una alucinada teoría del conocimiento, mientras responde a un programa político que tiene el objetivo de inducir, en la conciencia de quien lee, una profunda sensación de incertidumbre y desconcierto no solo con lo que está leyendo, sino con su propia vida.

Parece haber dos territorios en los cuales dicho programa es minuciosamente ejecutado y cuyos tonos de escritura son bien distintos: por un lado, está el de sus relatos y –especialmente– su novela El curso del corazón, extraño, espiritual, que transfigura lo cotidiano y en el cual el gnosticismo es indispensable; por el otro, aquel de su trilogía espacial: El Canal Kefauchi integrada por Luz, Nova Swing y Empty Space (esta última aún no traducida a nuestro idioma), situada en espacios futuros y lejanos, construidos a pura ficción, en los que todo “parece” posible y a los cuales las más diversas teorías físicas le sirven de sustento. Allí Harrison genera una literatura compleja dentro de una forma popular, paródica, incluso satírica, donde puede intuirse una expresa intención de llegar con ciertas ideas a lectores más variados. Pero en realidad, el escritor no ve una verdadera diferencia entre estos “mundos”. “Ambos son usados como el trasfondo de las mismas exploraciones del fracaso epistémico. Los personajes que se mueven contra esos trasfondos siempre están buscando, y no logran encontrar, explicaciones sobre su propia humanidad y su propia posición con respecto a ‘lo inexplicable que yace bajo la superficie’ del mundo. Como consecuencia, están en un estado constante de colapso explicativo”. Ahora bien: “Light fue un intento de presentar las ideas y humores típicos de novelas como The Course of the Heart y relatos cortos como The Incalling, en la forma de una ópera espacial, sí, pero no fue un intento consciente de llegar a un público mayor. Fue más un desafío en sí mismo. ¿Sería posible usar –y satirizar–toda forma que conozco, desde retratos de clase obrera y relatos de terror hasta la ciencia-ficción, en el mismo libro? En el instante en que uno se hace esa pregunta, ya comenzó a escribir. Me asombró que Light haya llegado a un público tan amplio”. Ahora, es seguro que “Light es tan gótica como The Course of the Heart; y The Course of the Heart es tan desoladamente absurda como Light”.

—Entonces, ¿son ambos, en verdad, planos yuxtapuestos?

—Creo que son métodos de investigación yuxtapuestos. O ángulos de ataque.

—¿También se asoma la “Divina Providencia” de Vico, que está en todos pero en nadie en particular?

—No tengo suficiente experiencia con Vico para discutir eso. Aunque –como tal vez sea evidente en Nova Swing– siempre me ha entretenido la fértil incomunicación y el diálogo entre el conocimiento abstracto y el empírico.

(Téngase en cuenta que el protagonista de la novela se llama Vic, abreviatura de Vico, nombre popular en Scienza Nuova, lugar en donde nació, en clara alusión a la magna obra del filósofo napolitano).

Por un lado o por otro, siempre lo inmaterial resulta un punto de llegada –o el destino del ataque antes declarado–; en una literatura que imagina un “Dios apático que tiró la toalla”, un mundo en el cual “la información podría ser una sustancia”, se pregunta: “¿Y si todos somos códigos?” para responderse que “la biología molecular como un ‘lenguaje’ químico que los biólogos están aprendiendo a hablar está a meros pasos de la idea del universo entero como un acto de lenguaje emergiendo de la actividad algorítmica en otro nivel; si te gusta, el Logos, la estructura compleja espiritual que subyace a la superficie del mundo y que crea esa superficie del mundo”.

Su programa de lucha transforma entonces el lenguaje en algo así como un virus que nos habita lenta e inexorablemente, con dureza unicelular, mutante, provocando en el lector una sensación sinestésica mucho más asimilable a su definición neurofisiológica que a la figura retórica.

Sí. La información se vuelve sustancia y, como decía Hegel, la sustancia se vuelve sujeto. Todo más claro. O no.

Este sujeto, puro lenguaje si se quiere, con frecuencia en sus historias aparece en personajes portadores de una inquietud que hace recordar al Molloy de Beckett (“porque en mí, siempre ha habido, entre otros, dos payasos: el que solo aspira a quedarse donde está y el que imagina que un poco más lejos se encontraría mejor”). “Y bueno, sí. Beckett fue una influencia para mí a principios de mis veinte. Pero mientras que él coquetea con estos dilemas de una forma vastamente interesante, ahora siento que los procesos de la vida sean tal vez menos brutalmente reductivos de lo que él afirma. Si escribís personajes alienados, esencialmente estás escribiendo sobre la soledad, y eso es tal vez cómico de una manera triste, más que resentida. Por ejemplo: ¿qué hubiese producido Paul Bowles si alguien lo hubiese persuadido de escribir una comedia romántica de Hollywood? Las vidas pueden ser desoladas y gratificantes a la vez. Avanzamos queramos o no. Quizá no encontremos lo que queremos –creo que la mera idea de que el universo nos debe una explicación es un derecho (falso) percibido debido a nuestro sentido de centralidad universal casi genético– pero hay muchas otras cosas con las cuales toparse en el camino. Eso hace que escribir sobre la vida en términos beckettianos, o absurdos, o neurofisiológicos sea mucho más difícil. También hace más difícil responder la próxima pregunta”.

—De ser así: ¿dónde, cuándo es más lejos? (sobre todo si, como se dice en “Nova Swing”, oficialmente hemos dejado de saber dónde estamos).

—En mi opinión, hasta donde nos lleve nuestro combustible personal. Cuanto más uno busca, más encuentra. No necesitamos saber dónde estamos o llorar sobre lo que nunca sabremos: solo trabajar con lo que hay aquí y ahora para construir algo mejor.

Siguiendo, entonces, esta caprichosa línea de pensamiento y acción, resulta una necesidad física preguntarnos: ¿qué pretende hacernos M. John Harrison con la aparición, repentina y aleatoria, en varios de sus libros de un viejo maloliente que tiene tatuado en el revés de su muñeca la palabra “fuga”? Su presencia –aparición– tiene el tinte de un mensaje político, pero tal vez dice: “No es tanto una declaración política sino un símbolo de experiencia, o del producto final de una experiencia. Al principio era una amenaza o advertencia. Ahora que estoy viejo y finalmente me he convertido en él, no aparece tan a menudo de esa manera”.

A propósito:

—¿Cuál es su sensación o su pensamiento sobre la época que estamos transitando? O mejor, permítame parafrasearlo y hacerle “la única pregunta ‘política’ que vale la pena hacerse: ¿quién, en este momento, está soñando más intensamente, y el sueño de quién es la pesadilla de qué otro?”.

—En el Reino Unido en este momento toda política es política de Brexit. Creo que los dos sets de sueños y pesadillas son tan prominentes que ya son obvios. Estoy interesado en cuán implacablemente acertado estaba J.G. Ballard cuando predijo que el comportamiento irracional siempre irrumpiría en la sociedad racional. La Unión Europea fue una oportunidad para construir un alternativa decente y organizada a las fuerzas que generaron dos guerras catastróficas en Europa; y para tener una sociedad que cuida de la gente que la constituye. Vemos cómo esto se tira de lado y nos preguntamos qué seguirá.

 

Así escribe

Lo cierto es que estuvo consciente hasta el final. Escuchó todo lo que decían a media voz. Olió el humo de los cigarrillos. Pero no hizo ningún intento de difundir el secreto que conocía. En cambio, pensó en los músicos del Café de la Espuma. Pensó en la espuma negra a lo largo de las playas nocturnas, la espuma negra que al elevarse las olas cobra un oleoso matiz violeta. Ola tras ola de habitantes nuevos. “Vivir en la rompiente”, pensó en decirles a los detectives reunidos. “Así dicen los surfistas. Busquen ahí en la rompiente”. Pensó en el poema. Pensó en su crimen. Pensó en su mujer esperando que todos fueran a verla en la cueva del Minotauro; y en la puta de Carmodia, que iba desde su pieza hacia todos caminando por la cuerda floja.

“Nunca vemos la verdad”, pensó, “¿pero qué importa en este nivel de las cosas, cuando lo único que cuenta es lo que se ve?”. Aunque se estaba muriendo, aunque apenas podía levantar la cabeza, miró las luces del otro lado de la bahía y pensó: “Por ejemplo: yo he estado aquí y he visto esto”.

(Fragmento del relato Los asesinos del corazón de neón. Los acontecimientos de este cuento, incluido en el libro Preparativos de viaje, son una primera referencia de lo que luego sería la trilogía El Canal Kefauchi).

 

Agenda Harrison en el Filba

Del miércoles 25 al domingo 29, el escritor británico M. John Harrison vendrá a Buenos Aires para participar de diferentes actividades (entrada gratuita) en el marco del 11º Filba (Festival Internacional de Literatura de Buenos Aires).

Todos los años, los festivales Filba se proyectan a partir de un tema. Esta edición indaga sobre la noción de límite: frontera que divide territorios, el límite es también un punto final, una línea simbólica o imaginaria que invita a no pasar. Un basta. ¿Pero qué sucede cuando ese límite es el territorio que se habita? ¿Se puede ocupar ese borde como quien transita un abismo? ¿Y qué pasa cuando estamos al límite? Después de todo, los límites pueden construirse, pero también romperse, y atravesar ese umbral es generar un espacio desconocido, donde empieza un viaje en el que no solo están los otros, sino que también vivimos todos nosotros.  

Jueves 26, a las 20 en el Centro Cultural Kirchner - Auditorio 513. M. John Harrison en primera persona dialogará con el periodista Martín Pérez.

Viernes 27, a las 20 en el Centro Cultural Kirchner - Sala Federal. Lectura: M. John Harrison lee a M. John Harrison. Marcelo Cohen, su traductor y uno de sus primeros lectores, presenta y contextualiza su obra.

Sábado 28, a las 20 en el Malba. Diálogo: Harrison & Lethem. En este diálogo, recorren sus obras, influencias y su común fascinación por la ciencia ficción. Modera: Ricardo Romero.

Más información y la programación completa del festival en https://filba.org.ar/.

 

Borges, Cortázar y Mariana Enríquez

—Sus “Reseñas imaginarias”, de la antología “La invocación y otras historias”, publicada en Buenos Aires, parecen remitir al Borges más radical. ¿Puede hablarme de ello?

—Uno de los chistes de esas reseñas “imaginarias” es que muchas no son imaginarias. No diré más, porque eso lo arruinaría para el lector investigativo, el detective de los libros. Amé a Borges en cuanto lo leí. El me hizo entender que la escritura está escrita. No estás tomando dictado cuando escribís. No podés crear una historia leyéndola como si estuvieses transcribiendo una película que sucede en tu cabeza. Esa gratificación te es negada, pero hay muchas otras que son ofertadas. El entendió que escribir, además de ser la cosa más seria del mundo, era el mejor chiste. Pero Cortázar también ayudó a abrirme los ojos a eso, tanto como Dino Buzzati.

—Por otra parte, sé que es, al igual que Borges, un apasionado lector. ¿Cuáles fueron y son los libros y/o autores que lo han influenciado y/o que aún lo influencian a la hora de escribir?

—Responder esta pregunta enteramente requeriría de más espacio. Pero en orden más o menos bruscamente cronológico de lectura, comenzando a los trece años: Charles Williams […] Deni Johnson. Luego, más recientemente, he vuelto a escritores como Joan Didion y Maeve Brennan, y me he actualizado con Katherine Faw, Ottessa Moshfegh, Olivia Laing y Julia Armfield. Por supuesto, estos son solo un ejemplo pequeñísimo tomado de casi sesenta años de lectura.

—¿Conoce algo de la literatura del género en Argentina?

—Muy poco, lamentablemente. En el Filba estaré buscando recomendaciones que tengan traducciones al inglés. Pero mi autora preferida contemporánea argentina es Mariana Enríquez, cuya colección Las cosas que perdimos en el fuego leí con deleite fascinado el año pasado.

 

Traducción: Manuel Zolezzi

Raul Zolezzi

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