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Discípulo de Tales

Filosofía en 3 minutos: Anaximandro

Es el segundo filósofo de la historia -luego de Tales de Mileto-; se lo considera también ser el primer geógrafo, cartógrafo y biólogo evolucionista. Ver fotogalería 26 de diciembre, 2019

La historia de la filosofía dice, con alto consenso, que el segundo en filosofar después de Tales de Mileto –el primer filósofo– fue un discípulo suyo, Anaximandro (circa 610-547 a. C.), de cuya vida realmente no se sabe nada o lo que se conoce ha sido puesto en duda por los eruditos, a salvedad de su ciudad de nacimiento: Mileto (Jonia). Diversas fuentes doxográficas (Diógenes Laercio, Temistio, Hecateo y otros) le adjudican la creación del primer mapamundi y la introducción en Occidente del gnomon, un reloj solar e instrumento de astronomía (ya conocido por los babilonios, según Herodoto) que consiste en una vara vertical cuya sombra señala la dirección y la altura del sol, para marcar los solsticios y equinoccios. Los antiguos geógrafos griegos Agatemero y Estrabón lo reconocen entre los primeros que se dedicaron a la geografía. Según Temistio, fue el primero en escribir un tratado en prosa sobre la naturaleza (physis), el cual se ha perdido, pero Suidas (siglo X) le atribuye cuatro libros, uno sobre astronomía. Cicerón afirma que, de visita en Lacedemonia, predijo un terremoto. Otros lo consideran el primer geógrafo y cartógrafo, y el primer biólogo y evolucionista de la historia.

Aristóteles menciona a Anaximandro en varios pasajes de sus obras (Física, Acerca de la generación y la corrupción, Acerca del cielo), a veces implícitamente. El problema es que lo explica a partir de sus propias categorías, lo que más aclarar obliga a la interpretación. Como sucede con Tales de Mileto y otros, el pensamiento aristotélico lo ubica entre aquellos presocráticos que se ocuparon de “las primeras causas” de la physis –de las cosas físicas– a los que llama “fisiólogos”. De ese modo, Anaximandro también se pregunta por el principio (de arkhé, lo primero, lo principal, lo que gobierna), que para Tales era lo húmedo (o el agua), en cuanto causa de todo lo que existe y sin el cual nada existiría, solo que lo concibe como una multiplicidad en una mezcla originaria de la que los contrarios (lo frío y lo caliente, lo seco y lo húmedo, etc.) surgen por separación. Este principio material –físico– es lo ápeiron, palabra que se ha traducido como “lo indefinido”, “lo indeterminado”, “lo infinito” o “lo ilimitado”. Parece, aunque no hay ninguna certeza, que Anaximandro lo usa en su forma sustantivada, tó ápeiron.

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Hay varios comentaristas que confirman estas tesis, en el sentido que este principio es la causa de la generación y destrucción de todas las cosas, que son infinitas en número. Simplicio (siglo VI), un neoplatónico tardío, dice que para Anaximandro el principio y elemento de todo lo existente es lo ápeiron, y que fue el primero en emplear el término “principio” (arkhé). Afirma que este no es ninguno de los elementos naturales, sino alguna otra naturaleza, a partir de la cual se generan todos los infinitos mundos. Aristóteles en Acerca de la generación y la corrupción, consigna también que tó ápeiron nombra que aquello de donde proceden todas las cosas pero que no es ninguno de los cuatro elementos (aire, tierra, fuego, agua), ni tampoco de algo aparte de estos, tal como algo intermedio entre aire y agua o entre aire y fuego, más denso que estos, y más sutil que los otros, porque es imposible que algo intermedio se reduzca a uno sólo. Si alguno de los elementos fuera ápeiron, al comportarse estos contrariamente entre sí, destruiría al resto.

Posiblemente de este principio, que lo abarca todo según Aristóteles, Anaximandro derivó sus ideas acerca del cosmos, algunas sugerentes. Aecio (siglo I y II), citado por otras fuentes, afirma que Anaximandro pensaba que los astros son arrastrados por círculos y esferas sobre las cuales cabalgaban, y que los primeros seres vivientes nacieron en lo húmedo, rodeados por cortezas espinosas, pero al avanzar en edad, se trasladaron a lo más seco, y al romperse la corteza, vivieron solo durante un breve tiempo. Incluso opinaba, refiere el filósofo romano Censorino, que del agua y la tierra calientes se originaron unos peces o animales similares a ellos y que en éstos los hombres crecieron retenidos en su interior, como si fueran fetos, hasta la pubertad y sólo entonces se rompieron aquéllos y surgieron hombres y mujeres que ya podían alimentarse solos. Según Alejandro Polihistor, filósofo citado varias veces por Diógenes Laercio, también sostenía que el mar era un residuo de la humedad primitiva, ya que el espacio que rodeaba a la tierra era húmedo, aunque después una parte de la humedad se evaporó a causa del sol y se convirtió en vientos.

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Algunos doxógrafos (Hipólito, el Pseudo-Plutarco) relatan que Anaximandro planteaba que la tierra era circular –más exactamente, un cilindro circular– y estaba suspendida en el aire, sin sostenerse en nada, permaneciendo en su sitio a causa de su equidistancia de todas las cosas. Decía también que, en la generación de este kosmos, el germen de lo caliente y lo frío fue apartado de lo eterno (tó ápeiron), y que de ello surgió una esfera de llamas en torno al aire que circunda a la tierra, como una corteza en torno al árbol, y al romperse la esfera y quedar encerradas sus llamas en algunos círculos, se formaron el sol, la luna y los astros. Por su parte San Agustín, en La ciudad de Dios, comenta que Anaximandro no pensó que cada cosa naciera de una sola, como Tales, sino de sus propios principios, y que estos eran infinitos y daban origen a mundos incalculables y sostuvo que estos mundos, se disolvían y nacían otra vez, según la edad a la que cada uno pudo sobrevivir. Teofastro, discípulo de Platón y Aristóteles, cree que lo ápeiron se mueve infinitamente. En cuanto a esto se han propuesto tres hipótesis dudosas para los especialistas: se trataría de un movimiento en remolino, circular o semejante al que se realiza al cribar.

Pero hay algo más, algo que ha provocado desde que se descubrió sino infinitos comentarios al menos innumerables. A fines del siglo XIX, el helenista e historiador de la filosofía alemana Hermann Diels encontró una frase entera de Anaximandro, lo cual es extremadamente raro para un presocrático, en el interior del comentario de Simplicio a la Física de Aristóteles, cuando cita un pasaje de un libro de Teofastro que se ha perdido en el cual éste cita, a su vez, un fragmento entero de Anaximandro. El texto, en una posible traducción, dice: Aquello a partir de lo cual se produce la generación para las cosas es también aquello donde se produce su destrucción, según la necesidad, pues ellas se rinden mutuamente justicia y castigo por las injusticias, según el orden del tiempo. Otra versión, de la segunda parte del enunciado, es que las cosas se pagan mutuamente pena y retribución por su injusticia según la disposición del tiempo. Desde luego, a partir de este hallazgo, las traducciones e interpretaciones filosóficas y filológicas, historiográficas y mitológicas, no han sido pocas, lo que no implica necesariamente que Teofastro, a quien la frase le resulta poética, conocía el libro completo de Anaximandro.

Algunos críticos consideran que la mejor interpretación del fragmento es la que entiende que allí se establece que lo ápeiron no sólo resulta el principio generador del que proviene la totalidad del cosmos, sino también el sin fondo en el que finalmente se extingue. Sin embargo, es una tautología que no agrega nada a lo que informan las doxografías y comentaristas. Si se lee bien texto hallado por Diels manifiesta que tó ápeiron se realiza según la “disposición” o “el orden” del tiempo”, el cual administra la justicia que se encarga de las injusticias. Eso dice. Se ha observado que la palabra taxis (tasa) del fragmento sugiere la sentencia de un juez, o mejor, el pago de un tributo o un impuesto. Lo que se ordena, en tales situaciones, es el valor de una retribución limitada temporalmente, además de una multa proporcionada si no se cumple. Por lo tanto, no se trata de un período determinado, ya que el tiempo fija la tasa adecuada respecto de cada caso, tarde o temprano. Sin duda, es una vieja idea (y un consuelo), que quizá tiene su origen en Anaximandro, o él la transmitió, elevándola a una jerarquía cosmológica y ontológica, que el tiempo finalmente todo lo juzga, como justo o injusto, según la necesidad en la que todas las cosas se rinden mutuamente, las unas respecto de la otras, justicia. No hay que olvidar, claro está, un detalle: es el modo en que el inconmensurable ápeiron las destruye.

*Doctor en filosofía, escritor y periodista

@riosrubenh

Blog: https://riosrubenh.wixsite.com/rubenhriosblog


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