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Clásico de la semana: "Sudeste", de Haroldo Conti

Boga es el personaje que sostiene esta historia en la que el agua, el barro, los peces, los juntos y la orilla son también protagonistas. Ver fotogalería 19 de mayo, 2020

Haroldo Conti descubrió el Delta del Paraná volando. Sudeste (1962), su primera novela, fue el modo de bajar a esa geografía y a su literatura de manera simultánea. Allí encontró el catálogo por el que los escritores que flotan entre el deseo de conocimiento etnológico y paisajístico pierden la cabeza: el catálogo de la naturaleza. Que en su caso es doble, porque implica la naturaleza de los hombres y la del río, en la que los hombres se pierden como una gota de agua.

Entre el paisaje y la cultura que forman el universo anfibio de Conti (digamos: entre el agua y la pesca) hay un pacto silencioso de intercambios que suceden sin una orden específica. Más bien suceden, impulsados suavemente por la fuerza irreversible del río. Porque nadie podrá hallar, ni siquiera en la obra de Juan José Saer que le debe a Conti lo mismo que a J.L. Ortiz (que lo estuvieran esperando con una literatura en esos paisajes hacia los que Saer iba), una novela más heracliteana que Sudeste, donde el hombre es el río y el río es el hombre, y ambos son el tiempo.

Lo que significa que Sudeste no es solamemente una historia de folclore fluvial, ni una temporada de pesca o navegación con asiento en la literatura. Es el más allá del río, y ese más allá es interior, tan interior que el narrador dominante de Conti no puede penetrar jamás en sus personajes que funcionan como el destino. Sólo los conoce por lo que hacen, y es incapaz de anticiparse a los hechos.

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La prosa de Haroldo Conti, que tributa en las lecturas de Hemingway y Faulkner los desempeños minimalistas y barrocos de Sudeste (se reserva el minimalismo para la descripción y el barroco para la intervención poética, en una proporción de 90% a 10%, respectivamente) lucha a brazo partido por “no decir”, por lo tanto lucha contra su propio narcisismo y, por lo general, lo vence. Como si no se tratara de contar una historia en el sentido de realizar una actvidad sino de prestar la debida atención para percibirla allí donde esté, Sudeste se presenta menos como una ficción que como un hecho que la literatura detecta en las manifestaciones de las naturalezas humanas y selváticas.   

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Boga, el personaje que sostiene la historia, y que como casi todos los personajes no parece tener una identidad civil (los nombres que Conti les da a sus criaturas son nombres secos, especies de patronímicos biográficos al mismo tiempo precisos y ambiguos), es un habitante móvil. Como un animal que anida en la frontera del agua y la tierra, cosa que lo adapta al barro, su despliegue está orientado por la supervivencia. Toma agua del río, pesca, intercambia mercaderías en las encrucijadas del Delta y, de pronto, sin quererlo pero sin evitarlo, salta del relato naturalista que protagoniza con discreción a un episodio policial. ¿Que ha ocurrido? Nada fuera del sistema en el que se mueve. Se ha dejado llevar una vez más, en este caso hacia un peligro que es el primer peligro del hombre frente a la naturaleza: el de los otros hombres, que cortan su soledad y lo arrastran a un escenario de apocalipsis ínfimo pero mortal.

Quien escribe como un clásico se conserva como un clásico. Conti entendió esa lección, que es de Borges, por lo que Sudeste mantienen al mismo tiempo su frescura y su antigüedad.     

 

Juan José Becerra

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