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Veinte verdades

8 de febrero, 2020

La que entendió, según parece, lo que es el peronismo, fue tan luego Angela Merkel. Lo probó con esta sencilla sentencia: “La verdad es que no lo entiendo”. Una frase que el otro día le deslizó a Alberto Fernández. Y ante la cual el presidente argentino, que es muy sensato, no intentó responder o explicar (habría sido un error garrafal, y por cierto no lo cometió). Intuyo que le sonrió y ensayó algún gesto vago, y que ella, ante eso, advirtió que había acertado.

Algo hay de cartesiano en el asunto: ese punto de partida de Descartes en el Discurso del método, asumiendo que antes que nada hay que asumir lo que no se sabe, asumir que no se sabe. Lo de Merkel va en esa línea: asume que no lo entiende, y así es como empieza a entender. Porque entiende lo fundamental, que es que hay algo ahí de inentendible. Que ese algo desconcertante, que esa puntual perplejidad, cobra un carácter definitorio.

Cabría agregarle, si Merkel quiere, para pulir y profundizar su postura, una sesión de películas de Solanas y Leonardo Favio; otra con libros de Horacio González, de Alejandro Horowitz, de Murmis y Portantiero, de Juan Carlos Torre; un curso intensivo sobre Jauretche y Hernández Arregui; la escucha diaria de la marchita entonada eternamente por don Hugo del Carril. Y así Merkel entendería cada vez menos; es decir, cada vez más. Hasta llegar a no entender nada; es decir, a entenderlo todo.

Merkel abundó, en presencia de nuestro primer mandatario: que no sabe si el peronismo es de izquierda o de derecha. Inquietud que el propio Alberto no podría responder ni siquiera en nombre propio. ¿De izquierda? ¿De derecha? ¿Ni una cosa ni la otra? ¡Las dos cosas a la vez! ¡A un tiempo lo uno y lo otro! Ni oscilando ni en contradicción, y ni aun sucesivamente: todo a la vez, y meterle nomás para adelante.

El peronismo es una gran pasión, de la que participan, con igual fervor, peronistas y antiperonistas. Una misma fijación los anuda para siempre, ese todo los aglutina hasta ser la razón de sus vidas. El peronismo les debe mucho a los peronistas; pero también, y acaso más, a los antiperonistas, que en gran medida lo han moldeado, asentado y fortalecido. Al interior de esa pasión compartida se intercambian asperezas. Pero nadie los irrita tanto como los que prescinden de esa obstinación: ni de un lado ni del otro, y mucho menos en el medio; sino afuera, con otra visión, en otras políticas.


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