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Una reunión inesperada

Lejos estamos hoy de ser los vecinos privilegiados del poder. 22 de diciembre, 2018

Mientras la organización sindical del trabajo atraviesa su peor momento, uno en el que los trabajadores dejan de ser obreros explotados para convertirse en autónomos con CUIT, en proveedores a la deriva, en entidades exentas de toda plusvalía, los directores de teatro, verdaderos autónomos por definición histórica y acaso llaneros solitarios de un campo devastado, hoy, aquí, ahora, a contrapelo del mundo y del momento, en un gesto que me llena de orgullo, deciden colegiarse a pelear por sus derechos nunca reconocidos totalmente.

Los dramaturgos, actores, músicos y hasta coreógrafos son considerados “autores” ante la ley y tienen derechos sobre la autoría intelectual de su producto. Los directores, no. La concepción y puesta en escena de teatro quedan en un limbo legal no reconocido por nadie, salvo por la propia compañía que los contrata o la cooperativa que se reparte las ganancias. Es una omisión interesante de la cual hay mucho por dilucidar. La figura del director nació de un asunto álgido y político. En la Italia de la Commedia dell’Arte, donde los actores autoorganizaban la creación, explotación y distribución del teatro, como células anarcas donde reinaba el espíritu cooperativista, el fascismo vino a imponer al director con sus investiduras mágicas: un patrón, un propietario, una autoridad única con la que era más fácil sentarse a negociar todo, desde el contenido permitido hasta el precio de ese trabajo.

Lejos estamos hoy de ser los vecinos privilegiados del poder. Un signo claro: existió aquí una asociación de directores, la ADIT, a quien un señor Roberto Táliche y el espíritu dictatorial de 1977 invitaron a retirarse de Argentores, donde tenía su sede.

La flamante Apdea acaba de formarse espontáneamente, como una reparación. La empujan casi el 90% de todos los directores de Buenos Aires con más de una diferencia estética e intelectual e invitan a los demás a darse una vuelta por lo que –hasta ahora– son asambleas ruidosas y encarnizadas. Ojalá.


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