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Una expectativa modesta

8 de diciembre, 2019

Chomsky & Mujica, el documental “para millennials y centennials”, del mexicano Saúl Alvídrez, filmado durante un fin de semana en Montevideo y en el que  Noam Chomsky habla con el ex presidente uruguayo y que está en proceso de posproducción, revela, aun antes de su estreno, un dato desconcertante. La película de 90 minutos que pretendía celebrar el encuentro histórico entre un gran teórico y un gran práctico de la izquierda tercermundista muestra que Chomsky no habla una palabra de español.

Que Pepe Mujica no sepa inglés no escandaliza a nadie. La sorpresa la da Chomsky: docente emérito de lingüística en el Massachusetts Institute of Technology, reconocido fundador de la gramática generativa transformacional, que a menudo es señalada como la más relevante contribución a la lingüística del siglo XX; agitador no global; teórico del “otro mundo es posible”; admirador de Fidel Castro y de Hugo Chávez; partidario de los Jemeres Rojos, cuando se hicieron con el poder en Camboya en 1975 –aunque después, a la luz de los hechos, se arrepintió–; adversario jurado de Israel, aun siendo judío; acusador eterno de los Estados Unidos, aun siendo estadounidense; de quien Bernard Lewis dijo una vez “sabe tanto de Medio Oriente como yo de lingüística” –frase que, convengamos, recuerda el tono despreciativo con que Raymond Aron, a quien le preguntó cómo se había atrevido a definir al comunismo como “el opio de los intelectuales”, dado que Picasso también era comunista, le respondió: “Picasso contará en la historia de las ideas como mis dibujos en la historia de la pintura”–; Chomsky, en suma, no sabe español.

George Mounin se reía del Chomsky lingüista: en 1968 demolió su teoría del “modelo generativo”, según el cual el hombre vendría al mundo con los mecanismos cerebrales que le permiten generar formalmente todas las frases posibles a partir de un pequeño número de unidades lexicales –una reformulación del viejo innatismo de Kant–. “Eso explica por qué la gente más estúpida aprende a hablar, mientras que los monos más inteligentes no lo consiguen nunca”, decía Chomsky, a lo que Mounin acotaba: “No es un problema más o menos misterioso que el de saber por qué los cocodrilos más longevos nunca llegan a caminar erectos sobre sus patas posteriores, mientras que todos los niños lo consiguen a partir de los trece meses”.

Chomsky ya había recibido una puñalada en 2007, cuando el lingüista Dan Everett, después de haber pasado veintinueve años en el Amazonas estudiando la lengua del pueblo pirahã, explicó que esa etnia de apenas 360 individuos bastaba para refutar la teoría de la “recursión”. Según Chomsky, todas las lenguas deberían permitir la construcción de frases subordinadas, porque es algo inherente al modo de pensar de los hombres. Los pirahã, según Everett, no dicen “cuando haya terminado de comer, me gustaría hablar contigo”, sino simplemente: “termino de comer, hablo contigo”. Agregando que probablemente no es la única etnia que tiene un lenguaje así, pero que la aceptación acrítica del dogma de Chomsky habría impedido a los estudiosos darse cuenta. En suma: el gran señalizador en el Tercer Mundo del peligro del “pensamiento único” eurocéntrico en realidad había impuesto un “pensamiento único” eurocéntrico de su propia autoría. Que les impidió a sus colegas comprender el Tercer Mundo.

Esperemos que entre los consejos a los millennials no esté: “Aprendan las lenguas antes de explicar cómo funcionan y antes de teorizar sobre los países donde esas lenguas se hablan”. Es una expectativa modesta.


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