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Un vínculo raro

En los 2000, el teatro porteño estuvo bastante dominado por lo familiar: familias funcionales y no tanto con asuntos de toda laya ocuparon salas pequeñas y medianas, como si esas dimensiones se acomodaran a un asunto no totalmente universal. 1|06|18

En los 2000, el teatro porteño estuvo bastante dominado por lo familiar: familias funcionales y no tanto con asuntos de toda laya ocuparon salas pequeñas y medianas, como si esas dimensiones se acomodaran a un asunto no totalmente universal. Si en otros siglos el teatro mostró familias lo hizo con focos más universales: deseo, amor, conflicto social.

La década de 2010 parece haberse desplazado a otro asunto: el trabajo. Con un país laboralmente quebradizo, el teatro elige la anormalidad de las fuerzas productivas como leitmotiv. Así fue con El ritmo, de Matías Feldman, entre otras. Este año, Casa Linguee, de Christian García, da el ejemplo: todo lo que conocíamos del trabajo, sus órdenes, recompensas y exclusiones, ha entrado en una zona indiscernible. Un hombre busca trabajo en una funeraria a través de una recomendación. La faena está vinculada con la muerte, pero se aletarga en operaciones burocráticas principales y anteriores al deceso. La recomendación es lo mismo que la nada; el recomendante está inactivo. Los documentos que habilitan para trabajar son flojos, gelatinosos. El trabajo informal –la venta de otras cosas, o la vocación del canto– ocupa el mismo plano que el formal. Los sindicatos, estériles, se multiplican, casi siempre por uno. Pero lo nodal es que para el trabajo, esa práctica ancestral que agoniza, hace falta cambiarse. Mudar de piel, vestirse de profesional, de auxiliar, de lo que haya. García y sus mil actores (que llevados por el horror vacui ocupan cada grieta del Camarín de las Musas) se desvisten y se visten de otros en una farsa zombie, alienada, una bravuconada en voz muy baja: el trabajo, el ardid de producción de cosas y servicios, es, antes que nada, un vínculo raro que determina la forma de una sociedad. Y una obra escrita entre todos supone otra forma de trabajo.

Con la flexibilización habrá pérdidas. Y también cambios en las relaciones. El teatro –con su naturaleza cooperativa– ya lo sabe de hace rato.


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