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Sueños

Tres argumentos

. 2 de noviembre, 2019

Una versión feminista del cuento La intrusa, de Borges: dos hermanas se enamoran del mismo prostituto. Lo comparten alegremente. Al pobre hombre, la exigencia constante termina agotándolo, así que ellas contratan a su hermano. Luego, se casan con ellos. Arte combinatoria elemental, juegan a los intercambios y todos felices. (Nota: es llamativo que Borges atribuyera la autoría de la última frase de su cuento, que revela el crimen y la inevitable y trágica lujuria de los hermanos, a su madre, una señora mayor. Qué pareja. Qué ejemplo de subordinación filial).

Un escritor sin esperanza, cuya obra pasó siempre inadvertida para la crítica y los lectores, recibe de pronto un llamado desde Suecia para avisarle que le entregarán el Premio Nobel. Lo suyo fue siempre la oscuridad, la resistencia, la certeza de que nunca sería comprendido y, mucho menos, reconocido. El premio le ofrece aquello que deseó creyendo que no lo conseguiría. Ahora que está a punto de obtenerlo, siente un visceral rechazo y decide brindar al mundo un gesto definitivo. Acepta el premio, viaja a Estocolmo, asiste al acto de entrega, pronuncia su discurso, le dan la estatuilla y el cheque. Fotos, aplausos.

Cuando queda solo en la habitación del hotel cinco estrellas (debe cambiarse el traje de etiqueta por uno adecuado para la cena de agasajo), decide cumplir con su propósito: suicidarse. Luego contempla el brillo de los gemelos de su camisa de seda.

El sueña con un destino particular con su pareja. Se lo comenta, temiendo que ella lo rechace. Ella escucha y calla. El cree que en esa meditación silenciosa se esconde una negativa que la mujer no se anima a manifestar por miedo a herirlo. En algún momento, ella empieza a decir que ha soñado lo mismo que él, que quiere compartir el destino que imaginó para ambos. El se da cuenta de que solo deseaba decir su sueño, no cumplirlo.


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