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Silencio

A principios de siglo el hotel fue una pensión para mujeres viajantes: allí podían hospedarse tranquilas mujeres solas, y estaban a salvo de los peligros de estar lejos de casa. 9 de marzo, 2019

Llegamos a Zurich cerca del mediodía de un invierno inusual: templado, casi una primavera discreta. La chica que nos va a buscar al aeropuerto habla poco español así que en un castellano mezclado con inglés nos cuenta que está ahorrando plata para irse a vivir a Grecia. Ella es artista visual, según entiendo hace videoinstalaciones y según parece la Grecia devastada por la crisis económica es ahora el nuevo Soho europeo. Por ello trabaja mucho, en muchas cosas y ahorra. Por eso está conduciendo su auto y acarreando a los invitados del festival desde el aeropuerto al hotel.

El hotel está en el casco viejo de la ciudad y tiene nombre de mujer, se llama Marta. Marta sí, como Marta Toledo, o como una tía o una vecina y también como esa expresión bastante desafortunada que dice pegame y decime Marta. Parece que a principios de siglo el hotel fue una pensión para mujeres viajantes: allí podían hospedarse tranquilas mujeres solas, allí estaban a salvo de los peligros de estar lejos de casa. Como la habitación no está lista salimos a dar unas vueltas y a comer algo. El centro de la ciudad es como una maqueta: callecitas empedradas que suben y bajan, una fuente en cada esquina, edificios con techos de tejas y balcones con mesas y sillas o reposeras adonde tomar un poco de sol en los días de invierno crudo. Después veremos que casi todas las casas tienen estos balcones, algunos abiertos y otros con cerramiento de vidrio, muchos anexados a las casas, una prolongación sostenida por estructuras de metal.

Zurich es carísima. Pero creo que lo que más me impresiona de la ciudad no son los precios sino el silencio. Es una ciudad absolutamente silenciosa y casi no hay gente caminando en las calles. En el centro histórico sí, turistas y más turistas. Pero apenas nos alejamos un poco, en los lugares donde vive la gente de verdad las calles están desiertas y el silencio al principio hace zumbar la cabeza, pero al cabo de un rato una se acostumbra y es hermoso. No es el silencio de las iglesias ni el silencio de los hospitales. Se parece más al silencio de los cementerios los domingos soleados. Un silencio que trasmite una alegría serena.

Una de esas mañanas vamos a la redacción de la revista Strapazin, que es la revista de cómic más antigua de Suiza. Una redacción de una revista de estas características en Argentina sería un bolo de ruidos incesantes: programas de radio, música, personas hablando fuerte, risas… en cambio Strapazin también es silenciosa, las personas trabajan en sus escritorios frente a ventanas que dan a las calles de un barrio de monoblocks. Si alguien quiere decirle algo a un compañero, se levanta y va hasta el puesto de trabajo del otro y charlan en voz baja. Aunque pareciera que no, no en los términos en que entendemos los argentinos las pasiones, son artistas apasionados por lo que hacen: una revista extraordinaria y libros de novela gráfica preciosos. Christopher, el director de la revista, todos los días cocina allí el almuerzo para todos. En la editorial Unionsverlag, adonde nos llevan después cual tour de la escuela, también hay una cocina y una mujer grandota y rubia llamada Ulla que es la encargada de prensa y una excelente cocinera. Comemos su chili con carne que es el más rico del mundo. Sí, chili con carne en Zurich, tal vez suena un poco extravagante. Mientras como el guiso miro por una de las ventanas. Está nublado y los árboles ya están hechando brotes. En la mesa todos hablan en inglés y yo pienso que nunca pensé en estar aquí. No quiere decir nada. Solamente eso.


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