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Rubios de acero

. 2 de noviembre, 2019

Parece broma y no: el legendario Grupo Krapp, reconocible y desconocido, estrenó Rubios, y en el programa de mano ofrece, a modo de explicación, la siguiente adivinanza: “Cuerpos impunes sin memoria, sin consecuencias, cercanos a una lógica salvaje”. La esfinge va dispuesta a devorarnos; Macri –otro coreógrafo– dejó el micrófono en la falda de Michetti como si fuera una mesita ratona y dale que va.

Empujados por fuerzas contrarias (la ingenuidad aniñada de Jacques Tati y la violencia suicida del neoliberalismo, si se quiere; la indigencia del teatro y la parafernalia ensordecedora del cine), estos cuarentones (cincuentones) no responden al ideal apolíneo del bailarín y calzan pelucas de gente rubia, de alienígenas muy tontos y muy malos, e invaden Córdoba como gremlins, en un cacareo irrefrenable: son la fuerza idiota de la selfie, del puro momento, quiero teta, son un infierno enredado como un yoyó o un tiki-taka.

Ha querido Fortuna, esquiva, que su obra (íntima y autorreferencial) se sobreimprima con la represión en Chile, videos urgentes que claman por durar en nuestros celulares cuando la verdad indigerible es borrada por el poder, unas microcoreografías mal filmadas donde otros cuerpos en fajina, sin memoria ni responsabilidad ni empatía ni perdón, reparten balas y golpizas.

No hay edad para lo que Krapp trae a escena. Fui con mis hijos, que son chiquitos, para enseñarles qué es (qué no es) la danza, y parecen haberlo entendido para siempre. En la danza hay un goce sin palabras que solo entienden los cuerpos, deshablados; en la danza toda idiotez es utopía.


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