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Reina Cristina

Sería bueno que los políticos cuidaran su retórica para moderar las incontinencias verbales. 8 de diciembre, 2019

No nos podemos quejar de la semana. Tenemos gabinete después del prolongado cónclave del Presidente y la vicepresidenta, que ejerció el poder de veto. Tuvimos manifestaciones en las calles despidiendo al que se va y saludando al que llega. Pero hubo más en el suspenso de estos siete días, que combinaron sentimentalismo, furia temperamental, tejemanejes para consolidar bloques parlamentarios, conflictos resueltos que anuncian futuros conflictos, esperanzas cumplidas o frustradas.

La reina Cristina, con desesperada insolencia, le dio una larga lección a los jueces que la habían llamado a indagatoria, y terminó con una frase pronunciada por Fidel Castro, en 1953, ante el tribunal que respondía a las órdenes de la dictadura de Fulgencio Batista: “La historia me absolverá”. La reina Cristina, más segura de su futuro que Fidel, dijo: “La historia ya me absolvió”. Eso se llama ser vidente.

La distancia entre el hecho por el que se juzgaba a Fidel Castro y el objeto de los expedientes protagonizados por CFK es abismal. En 1953, Castro era juzgado por los tribunales de una dictadura que él había intentado combatir con la toma del cuartel Moncada; lo condenaron, fue preso, luego se exilió en México, de donde regresó clandestinamente a Cuba para luchar contra Batista. La frase sobre la absolución histórica pertenece a una épica donde se arriesgó todo, en primer lugar, la vida. Castro no esperaba la absolución histórica de un latrocinio sino de un acto revolucionario. Aunque sean infundadas todas las acusaciones que pesan sobre la reina Cristina, se trata de sucesos despreciables.

En efecto: son acusaciones, con pruebas o sin ellas, que clasifican bajo la etiqueta de corrupción. CFK amenazó a los jueces. Les dijo que ella no contestaba preguntas porque “preguntas van a tener que contestar ustedes”. Del lado de Castro estaba el heroísmo desesperado de un pequeño grupo. Del lado de Cristina, un temperamento enfurecido, aunque el catedrático de derecho penal Alberto Fernández haya dicho que fue impecable la presentación de la encausada.

Sería bueno que los políticos moderaran su retórica para moderar las incontinencias verbales

Los virreyes del imperio colonial español, terminadas sus funciones, eran sometidos a un “juicio de residencia”, que examinaba sus actos. Pero Cristina no es virreina sino reina.

Responsabilidades. En la nueva Agentina, la responsabilidad política y ética vale menos que cero. Tan poco valor tiene que la reina Cristina no vaciló en transferir esa responsabilidad a quienes habían sido jefes de Gabinete del kirchnerismo. Que vayan aprendiendo los que se pelean por un ministerio o secretaría, porque si un acto, medida o decisión que los concierna llegara a los tribunales, el Presidente que los designó los dejará en la estacada. Los presidentes no son responsables ni siquiera de esas designaciones. Viven en el sacro estado de no imputabilidad.

¿Qué hubiera sucedido si el tribunal que juzgó a Videla, Massera y Viola hubiera aceptado una teoría de indulgencia plenaria? Solo estarían presos las segundas líneas, salvando a los comandantes de sus responsabilidades. El gran Juicio a las Juntas Militares, fundador de la transición democrática en 1985, no habría tenido lugar. Hoy, en Estados Unidos, se equivocan quienes buscan el juicio político de Trump. Deberían seguir la ruta argentina y juzgar solo a los ejecutores de sus políticas.

Esto nos lo enseñó Fernández durante la semana. Como todos se “trumpizaron” y hacen política en las redes sociales a la madrugada, Hugo Alconada Mon, periodista de La Nación, ya recibió por Twitter la advertencia del presidente electo: “Sabélo, Alconada”. La frase es imperativa. Se usa el imperativo cuando se imparte una orden o una advertencia muy fuerte. Esto es así en la gramática hasta que no cambie el régimen modal y esos cambios requieren largo tiempo.

Si Twitter convierte a todo en perentorio, no hay que echarle la culpa a esa red, sino a los políticos que la usan sin reparar que sus dichos en modo imperativo tienen el carácter de una orden. O, si se quiere, de una amenaza: “Sabélo Alconada”. Lo no dicho es qué le sucederá a Alconada si no lo aprende rápido, como se lo indica el imperativo de Alberto Fernández. Si no quiere darle una orden al periodista, va a tener que prescindir, en lo sucesivo, de los imperativos, que dejan la frase en suspenso: sabélo, Alconada, porque si no…

Sería bueno que los políticos cuidaran su retórica para moderar las incontinencias verbales. Macron u Obama hablan ajustándose a lo que quieren decir porque ambos son oradores formados. Pero los que tienen un estilo “Trump” usan frases de resonancia lumpen, aunque hayan sido docentes en la UBA. Quienes son profesores o lo hemos sido debemos aprender a gobernar nuestros impulsos verbales (y nos cuesta, lo digo por experiencia). Algo que Trump no aprendió en lo que lleva gobernando. Y la reina Cristina tampoco cree indispensable, porque su oratoria tiene un colorido que abre una doble vía: hacia la admiración o hacia el disgusto que produce su encabritada intolerancia.

En este comienzo, le pedimos a Alberto Fernández un manejo más perfeccionado de sus capacidades retóricas. Sabélo Alberto.


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