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Recambio generacional

10 de mayo, 2020

La pandemia reubicó muchos temas, entre otros, el de los viejos. Se escucharon discusiones bolicheras sobre a quiénes adjudicar los respiradores, si llegara un momento de escasez. Se intentó imponer una cuarentena especial a los mayores, que fue rechazada. Fueron manifestaciones de algo que conviene plantear con la mayor claridad posible. Se repite la pregunta sobre el futuro. Es justo remitirla a lo sucedido en diferentes pasados, para no divagar sino lo indispensable.

Ha concluido un recambio generacional que se inició con el ciclo kirchnerista. Duhalde, que nació en febrero de 1941, fue el último presidente, y Lavagna, de 1942, el último ministro de Economía nacidos antes de 1950. Juntos pasaron la crisis de 2001. Kirchner nació en febrero de 1950, en el filo del cambio de década. Cristina, un par de años después. Ambos cultivaron a los jóvenes que se convirtieron, en el curso de la primera década de este siglo, en tropa y oficiales del kirchnerismo. Podría decirse que son la generación de 2000. Para serlo, claro está, debieron tener actuación pública anterior en provincias y cargos legislativos. Pero el cambio fue evidente.

Los que gobernaron los últimos 20 años hoy organizan su retirada, aunque mantengan poder

Un poco de pasado. Sucedió otras veces en la historia de este país. La generación de 1837 trajo también un recambio de intelectuales y políticos. Así se identificaron Alberdi y Sarmiento, nacidos en 1810 y 1811. Echeverría, un joven poeta recién llegado de Francia, se convirtió en jefe del romanticismo político y social. Era cinco años mayor que sus amigos y seguidores, que no habían cumplido 30. No es necesario demostrar que lo que promovieron en 1837 queda unido, por acuerdos y grandes polémicas, a lo que sucedería en la segunda mitad del siglo XIX: la organización nacional, que puede criticarse, pero no pasarse por alto ya que entonces se plantó la semilla de la Argentina futura, con su lista de injusticias y aciertos. Cada uno hará su balance. Alberdi, que tenia 27 años en 1837, publicó las Bases en 1852, cuando tenía poco más de 40. Flor de juventud, si se permite la comparación con otras juventudes, cuyas huellas son menos duraderas.

En un gran poema, Victor Hugo escribió que el siglo XIX tenía dos años cuando él vino al mundo. Un año pletórico de acontecimientos, entre ellos, la nueva Constitución francesa que incorporaba disposiciones innovadoras del Código Napoleón. Europa cambiaba al son de los clarines bélicos de Bonaparte y de las ideas. Sarmiento escribió que nació bajo el signo de la Revolución de Mayo, cuya importancia desbordó lo que es hoy el territorio nacional.

Perón y el peronismo. Quienes nacieron en Argentina entre 1940 y 1950 no tuvieron a Bonaparte, ni para amarlo ni para odiarlo, pero tuvieron a Perón, que produjo pasiones  encontradas. Ninguno de ellos pudo pasar por alto que, en su adolescencia y juventud, debió tomar partido sobre los actos y palabras del líder, que fueron juzgados de modos diferentes.

Sus maestros ocuparon posiciones también diferentes: el nacionalista criollo Arturo Jauretche; los marxistas nacionalistas Juan José Hernández Arregui, Jorge Abelardo Ramos; Héctor P. Agosti y Ernesto Giudice del lado de Partido Comunista, donde persistieron o abandonaron. Fueron grandes entrenadores, junto a intelectuales independientes como Oscar Masotta, Juan José Sebreli y el fundador de pequeños partidos Ismael Viñas. Conocí bien esa generación y puedo entender los cursos de sus vidas así como ellos entendieron la mía.

La guerrilla de los 70 tuvo otros jefes. Y tuvo también la capacidad de enrolar gente diez o veinte años más joven. Cuenta la leyenda que Néstor y Cristina fueron simpatizantes de la fracción peronista de esa guerrilla. A quienes los conocieron como estudiantes de la Universidad de La Plata, eso no les consta con igual certeza. Algunos lo afirman y otros responden con interjecciones dubitativas.

Retirada y recambio. He recorrido este pasado para presentar mi hipótesis: los que gobernaron las dos primeras décadas de este siglo hoy organizan su retirada, aunque conserven mucho poder. Ese es el caso de Cristina, que en el próximo recambio presidencial tendrá 71 años, una edad más adecuada al Parlamento que al Ejecutivo, según los principios juvenilistas que siempre observó el kirchnerismo, después de que el peronismo se vio en la encerrona de elegir presidente a Perón para evitar, según fantasmas y posibilidades ciertas, que los montoneros gobernaran a través de Héctor Cámpora. Hoy nadie votaría como solución un candidato de 78 años, como fue el caso de Perón en 1973.    

Este proceso tiene un protagonista que es su concreta y simbólica concreción: Máximo Kirchner

Dos factores hacen imposible un retorno de los viejos. El primero son los datos enumerados: no les fue bien en segundas vueltas. Pero el segundo es más importante, porque viene de lo cultural que, se crea o no, trabaja con fuerza por debajo de las declaraciones.

Ha sonado la campana final de una configuración en la cual todavía los viejos podían ofrecer algún aporte valioso en el presente. La ideología circulante en las redes sociales muestra esto con una evidencia acentuada por la brutalidad del tono. A los viejos se los increpa con una inquina que hoy no sería aceptada si se tratara de mujeres. Deben callar y retirarse. Deben aceptar el recambio generacional. Los modales del presente no admiten la cortés displicencia que la generación de Echeverría regalaba a quienes los habían precedido una o dos décadas.

Un rasgo del presente acentúa la libertad de insulto en las redes: no se valora la formación salvo que sea ejercida por un joven que desautoriza a un viejo. Las redes, en su conjunto, tienden a la incultura, aunque al mismo tiempo difunden textos e intervenciones indispensables, sobre todo hoy, que vivimos lejos del papel impreso, a no ser que lo hayamos guardado en nuestras bibliotecas o lo recibamos, bajo la forma de diarios y revistas, gracias al trabajo de periodistas y obreros gráficos. Allí el juvenilismo antiviejista es más débil, porque todavía se otorga alguna importancia a treinta años de experiencia en redacciones y talleres. Pero dejo este rubro, para volver al principal, del que el periodismo es solo un capítulo.

Juvenilismo. Se podrá decir que las luchas por el recambio protagonizadas por jóvenes que reemplazan viejos son tan antiguas como las batallas del romanticismo mencionadas al comienzo. Pero lo que hoy sucede tiene otras dimensiones: por definición, por esencia, lo joven es superior a lo viejo. La juventud no es solo una etapa más vital, sino más creativa, más inventiva, más dinámica. La experiencia es un lastre, no una dimensión donde pueda producirse conocimiento.

Por lo tanto, en la perspectiva del recambio es innecesario tolerar a los viejos, que se tragan más presupuesto de salud, desangran a la Anses, ocupan espacios que podrían destinarse a escuelas y distraen mano de obra y aparatos en su cuidado. Son, por otra parte, feos, malhumorados, lentos, y van perdiendo capacidades.

El recambio generacional tiene un protagonista que es su concreta y simbólica concreción: Máximo Kirchner, hijo de Néstor y Cristina. Esta sucesión remite a las monarquías republicanas, donde se prepara al descendiente para el camino que le tocará recorrer. Máximo administraba propiedades familiares en Río Gallegos y hoy administra cargos y decisiones en la Cámara de Diputados. Es mucho menos ostentoso que su madre y se dice que heredó la astucia de su padre.

Recambio generacional completo, herencia incluida. El cielo es el límite.


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