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Desigualdad

Quién produce la riqueza a distribuir

3 de enero, 2021

Nuestro país es el único donde la pobreza crece, mientras todos van en la dirección contraria. Y hace décadas Simon Kuznets ya había señalado otra particularidad nuestra: la de no alcanzar el desarrollo económico pese a contar con todos los recursos adecuados; contraponiéndolo a Japón, que con menos recursos lo había logrado con creces. De ahí su clásica definición: “Hay cuatro clases de países: desarrollados, en vías de desarrollo, Japón, y Argentina”.

Particularidades cuya superación requiere el cumplimiento de una condición necesaria aunque insuficiente: un desarrollo económico creador de riquezas y empleos genuinos. Condición que concreta sus aportes cuando esa riqueza se distribuya equitativamente.

Todo esto exige detectar por qué a los argentinos nos cuesta tanto encarar las acciones necesarias para producir riquezas. Y lo primero que se advierte es que hablamos mucho, y acaloradamente, de la riqueza, pero solo centrados en su distribución. Esto se observa en el discurso de la clase política, como en el de intelectuales, periodistas y hasta en el del ciudadano común. Se crítica una distribución que daría lugar a dos falencias: la desigualdad y la explotación; todo como consecuencia de un sistema capitalista que se quedaría con la parte que le corresponde al trabajador por el valor que agregaría a la mercancía (la plusvalía). Caricaturas de esta concepción ingenua han sido recogidas incluso por piezas de nuestro cancionero popular (tango y folklore).

Pero lo más grave de estas simplificaciones es que el rechazo a la forma de producción capitalista no va acompañado de propuestas alternativas. Y sin ideas que provoquen y guíen la acción no hay cambio posible. Nada se dice de cómo suplir a la empresa privada. Apenas se deja flotando la idea de que ésta sería responsabilidad del Estado, sin llegar a explicitarlo claramente.

Es que una posición que entregara al Estado esa responsabilidad supondría la socialización de los medios de producción, receta que no cuenta con teorías que la respalde ni de experiencias exitosas a lo largo de la historia. En cuanto a lo primero, el cambio de posición de Marx llegado a su madurez (Prefacio 1859) contradiciendo lo escrito en su juventud (Manifiesto Comunista 1848) dejó huérfana de respaldo esa simplificación. Por otro lado, la historia enseña que las experiencias que impusieron esa socialización terminaron en insuficiencia productiva y con gobiernos dictatoriales. Más aún, la experiencia reciente muestra un giro importante en la práctica de los partidos comunistas en relación con el modo de producción. En primer lugar China acogió la empresa privada para impulsar su desarrollo económico, con un éxito que la llevó a segunda potencia económica del mundo y sacando de la pobreza a millones de ciudadanos. Pero el golpe de gracia lo acaba de dar la emblemática revolución cubana, que ha decidido el ingreso de capitales privados a las empresas del Estado.

Estas enseñanzas de la historia debieran influir en la concepción ingenua de algunos intelectuales honestos, y a través de ellos en parte de la cultura política nuestra. Lo que también debiera ocurrir con nuestra clase política, aunque ello sea más difícil dado que la mayoría de la misma, por acción u omisión, viene siendo responsable de nuestro estancamiento económico y los niveles de pobreza.

La omisión es característica de fracciones socialdemócratas locales que si bien no combaten el capital, han privilegiado los aspectos institucionales de la democracia descuidando (a diferencia de la socialdemocracia europea) las políticas que crean condiciones para la atracción de inversiones privadas que lleven al desarrollo. Otras fuerzas en cambio buscan apropiarse del manejo del Estado para disfrutar de los beneficios del poder desalentando, por ideologías o por ineficiencia, cualquier proceso de producción de riquezas que lleven a un combate serio a la pobreza. Acciones que a menudo se parecen mucho a una estrategia para mantenerse en el poder creando las condiciones para una dependencia del Estado que lleve a las mayorías populares a enajenar su voto por temor a perder esa “asistencia”.   

*Sociólogo. Club Político Argentino.


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