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Qué leer en cuarentena

15 de marzo, 2020

Recuerdo con especial simpatía mi cuarentena a fines de los años 80. Eran otros tiempos, las cuarentenas duraban cuarenta días, no quince, y la razón de aquella fue menos perturbadora y temible que estas a las que están sometiendo a algunos compatriotas menos afortunados que nosotros, los que seguimos deambulando por el mundo infectándolo por otras vías y por otras razones. En aquel momento yo sufría de hepatitis, y luego de tantos años puedo confesar que fueron los cuarenta días más felices de mi vida. No solo fueron los más felices, sino que cambiaron radicalmente el rumbo de mi vida –tal vez exagero: el cambio no fue tan radical. Dado que como todo enfermo hepático debía hacer reposo y comer ilimitadas cantidades de jalea de membrillo, al parecer el más efectivo reconstituyente hepático existente, y dado que entonces la veda eléctrica alfonsinista habilitaba la transmisión televisiva a partir de las 6 de la tarde, como un náufrago cualquiera me dediqué a leer y a escribir (de entonces datan mis primeras colaboraciones con la revista Babel).

De modo que mi experiencia me habilita para recomendar lecturas que podrían aliviar las cuarentenas futuras, porque leyendo y comiendo galletitas con jalea de membrillo cuarenta días duran algo menos, exactamente 32 días.

La Biblia es un buen comienzo, pero dado que su lectura es tan tediosa propongo interrumpirla una vez finalizados los libros de Samuel, en los que se cuenta la historia del único personaje encantador que circula por ahí: David.

Una vez finalizado el segundo libro de Samuel, sin pasar al Cantar de los Cantares, que goza de una fama inmerecida, aconsejo leer Dios sabe, de Joseph Heller. Y aconsejo leerlo inmediatamente después de leer los libros de Samuel porque lo que Heller hace (hablar en presente de los escritores muertos), lo que Heller hace, decía, es tomar en clave humorística la historia de David, haciendo que determinados hechos importantes de su biografía tomen rumbos inesperados, que ciertos diálogos tomados de la Biblia resulten parafraseados y ridiculizados, y que en cierto punto ciertas actitudes del rey de Israel, narradas por Heller, resulten más humanas y más cercanas y familiares, al punto de convencernos de que nosotros mismos muchas veces hicimos ciertas cosas que David hizo, o que David tranquilamente pudo haber hecho. De ese modo, la distancia de tres mil años que nos separan del Ungido se minimizan, David nos habla como si fuera un contemporáneo. De hecho, aunque Heller nunca se toma el trabajo de aclararlo, pareciera que es el alma inmortal de David la que nos habla, porque entre sus referencias y citas obligadas se encuentran Sigmund Freud y otros aforistas célebres y celebérrimos.

David pone en duda varias cosas que la Biblia da por buenas, como por ejemplo la inteligencia superlativa de Salomón, el hijo que David tuvo con Betsabé. A la famosa escena del bebé reclamado por dos madres y la solución salomónica mil veces contada, David opone una idea contraria, incluso blasfema: cuando Salomón propuso partir al niño en dos hablaba en serio, era un reverendo idiota.

En cualquier caso, y en defensa de Heller y de su David, debo decir que no volví a releer las páginas de Dios sabe, y sin embargo conservo en mi memoria pasajes enteros, que me divierte rememorar cuando tengo necesidad de un poco de herejía. Por eso considero esa dupla (Dios-Heller) como bastante competitiva, reñida y satisfactoria. Aunque para mi gusto gana Heller.


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