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trampa del feminismo

Perspectiva de clase

16 de febrero, 2020

En la medida en que la crisis financiera de Argentina se ve como un problema cuyas consecuencias difícilmente desaparezcan a corto plazo, el protagonismo de las mujeres a nivel político, mediático y cultural es quizás la única gran novedad de los últimos años, el único factor que marca una diferencia significativa respecto de un pasado cercano signado por la grieta. El feminismo, otrora representado por militantes aisladas que le pusieron el cuerpo a una causa que no contaba con apoyo popular ni los favores de la prensa, se convirtió en un sello prestigioso, en estandarte de la corrección política y en el tamiz por el que casi toda actividad humana debe pasar, perspectiva de género mediante, para ser digna de ser ejercida. Columbrar el peso de esta responsabilidad en un país periférico con grandes tasas de pobreza, marginación, inseguridad y una evidente desigualdad de oportunidades, resulta indispensable para este nuevo actor que tanto talla en las decisiones (y más aún en los discursos) de la clase dirigente. Sin embargo, muchas de las referentes más taquilleras del movimiento insisten en postular principios que parecen diseñados para regiones del mundo en las que todo marcha mejor que acá, dejando sin representación real a los sectores más vulnerables, que son aludidos en algunas arengas, pero ninguneados al momento de expresarse por sí mismos. El marco que propicia esta suerte de enajenación fue definido por la pensadora norteamericana Nancy Fraser como “neoliberalismo progresista” una doctrina política híbrida en la que se “pudo crear una especie de cubierta progresista para políticas que, en realidad, están destruyendo el sustento y los modos de vida de las familias y las comunidades de clase trabajadora y de los pobres, en tanto corroen la vida de la clase media”. 

El Estado no queda fuera de esta dinámica que a lo lejos podría ser vista como propia de la iniciativa privada, ya que buena parte del feminismo local tiende a verlo como un benefactor omnipresente, lo mismo que al Poder Judicial. “Mis preocupaciones contemporáneas están volcadas a pensar que la resolución de todos los conflictos –dijo en este sentido la antropóloga Catalina Trebisacce– van a tener que ver con la intervención del Estado en primera instancia y, en segunda instancia, que esa intervención tiene que ser punitiva (...) Cierta militancia más mainstream dentro del feminismo en el último lustro, ha volcado especial deseo en pedir intervenciones penales, una judialización de las vidas y de los vínculos”. En una línea de pensamiento similar, Rita Segato, loada por la mayoría de las feministas argentinas hasta que habló mal de Evo Morales dividiendo aguas, había dicho en la cuarta edición del Encuentro Latinoamericano de Feminismos: “La política del enemigo es la que construye el fascismo. Para hacer política tenemos que ser mayores que eso (...) Los monopolios que consideran que hay una única forma del bien, de la Justicia, de la verdad, esos son mis antagonistas”.

Muchas de las mujeres que en el pasado abrieron el camino a la emancipación renegaban de la dependencia del hombre encarnado en el padre o marido proveedor, en tanto mantenían reservas en transpolar esa dependencia al Estado, la policía y los jueces. También comprendían que la pertenencia a un estrato social es determinante en la construcción de identidad. Hoy, buena parte del feminismo está cercenándose la posibilidad de asumir con éxito la revolución que declama porque cayó en la trampa de creer que la perspectiva de género puede más que la de clase. “Si vos solamente contemplás la variable de género, la medida de las cosas son las clases medias”, dijo también Trebisacce en una síntesis fundamental para una región en la que las diferencias de acceso al techo, al trabajo, la salud y la educación están lejos de equilibrarse, más allá de ser mujer, hombre o no binario.   

 

*Periodista y guionista.


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