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Pensamientos y periplos

22 de marzo, 2020

En el capítulo sobre Wordsworth, en Borges profesor. Curso de literatura inglesa en la Universidad de Buenos Aires (Sudamericana, Buenos Aires 2019, edición y notas de Martín Arias y Martín Hadis), se lee está frase: “Dice Wordsworth que a él lo había preocupado siempre un temor, el temor de que las dos obras máximas de la humanidad, las ciencias y las artes, pudieran desaparecer por obra de una catástrofe cósmica. Actualmente, nosotros tenemos más derecho a ese temor, dados los progresos de la ciencia. Pero entonces era una idea rara, pensar que la humanidad pudiera ser borrada del planeta, y con la humanidad la ciencia, la poesía, la arquitectura. Es decir, todo lo esencial de los hombres a lo largo de miles de años y de centenares de generaciones”.  Cuando Borges pronunció esa clase, en 1966, la idea de que la humanidad podía desaparecer había dejado de ser rara: detrás existía una larga cadena de novelas apocalípticas y distópicas, en diálogo con Auschwitz e  Hiroshima, por citar solo esos dos hitos como metáforas de la catástrofe. También detrás de Borges –poco importa si los había leído– estaban Benjamin y Adorno señalando la íntima relación entre barbarie y cultura. Y luego, después de Borges, mucho más recientemente, la frase atribuida a Jameson: “Hoy es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo”.

Con esos temas en la cabeza, o mejor dicho, para dejar de pensar en esos temas (Groucho Marx: “Ya que no se puede cambiar el mundo, al menos cambiemos de tema de conversación”)  se me ocurrió hacer un tour de librerías de viejo por la Avenida Corrientes y alrededores. Cuando llegué diluviaba y me vi obligado a entrar, para guarecerme, en una librería de saldos a la altura del 1700 (no hace falta aclarar que en nada se parece una librería de saldos a una de viejos). Entonces reparé en que Penguin Random House ya está saldando muchos de los libros –publicados hace menos de tres años– de los autores argentinos y latinoamericanos que suele robarle a las editoriales impedientes. Es como si esa mesa de saldos fuera el lado B de la Feria de Editores, donde se consigue lo mejor de la edición independiente: Penguin publica los libros malos de los autores buenos. Cuando dejó de llover, comencé  mi periplo y entre muchos otros libros –sobre los que versaré en otra ocasión– me hice de El regreso del hijo pródigo, de André Gide, en traducción de Xavier Villaurrutia (Editorial Séneca, México, 1942).  No soy un gran lector de Gide, en verdad lo compré por la traducción de Villaurrutia (en otra librería compré por 25 pesines una antología de poetas rusos de vanguardia, algunos traducidos por Nicanor Parra, imagino que del francés, no del ruso).  ¿Seré el último (o el anteúltimo: siempre hay alguien más) que compra libros por el traductor? Villaurrutia es uno de los más grandes poetas mexicanos del siglo XX. Menos conocidas –al menos para mí– son sus traducciones. Había leído su versión de El matrimonio del cielo y el infierno, de Willam Blake, traducido en 1929, editado por Contemporáneos (una vez vi la primera edición, pero a un precio tan caro, que me dio vergüenza: los libros de viejos tienen que ser baratos. Dejemos el fetichismo para los amantes de otras disciplinas). Pero nunca había leído una traducción suya del francés. Después les cuento.


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