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Muerte de un bebedor

Scruton oscila entre el tono burlón de quien se ha tomado una copa y la seriedad del filósofo analítico. 16 de febrero, 2020

Hace un mes murió el filósofo inglés Roger Scruton y la red se pobló de citas suyas. Scruton era el símbolo del conservadurismo y de la defensa de la civilización occidental contra sus enemigos. Boris Johnson tuiteó: “Fue el mayor pensador conservador moderno. No solo tuvo agallas para decir lo que pensaba, sino que lo hizo de un modo hermoso”. Aficionado a la caza del zorro, Scruton escribió sobre estética, música, religión, arquitectura, sexo y hasta sobre los derechos de los animales. Varios de sus libros están traducidos al castellano, como por ejemplo el reciente Locos, impostores y agitadores, en el que deconstruye a los pensadores de la nueva izquierda. En cambio creo que I Drink Therefore I am, subtitulado como A Philosopher’s Guide to Wine aguarda una merecida versión española.

Su “Bebo, luego existo” no deja de ser una guía de vinos, pero es mucho más: una autobiografía, una historia abreviada de la filosofía y una invitación a comprender esta frase: “El vino, bebido en el lugar y la compañía adecuados, es el camino de la meditación y el heraldo de la paz”. Nada menos.

El libro empieza con un capítulo brillante que se llama “El tour de France”, donde Scruton cuenta cómo se convirtió en un aficionado y cómo distintos vinos franceses acompañaron momentos decisivos de su vida. Scruton recorre Francia, pero no necesariamente en un sentido físico. Tiene la teoría de que “viajar no ensancha la mente, al contrario: cuanto más lejos se va, más angosta se vuelve”. En cambio, considera importante saber lo más posible sobre cada vino que se bebe. No solo sobre el suelo que lo produce sino sobre la historia y la geografía del lugar, las ceremonias y los dioses que lo propiciaron. En el último capítulo hace una lista de pensadores y discute con qué vino debería acompañarse la lectura de cada uno. A la hora de maridar a Kant, indica lo siguiente: “Recomendaría una botella de malbec argentino; no es una mala idea combinar la Crítica de la razón pura con las historias de Borges, tan pobladas de paradojas kantianas”. Y remata, aplicando su teoría sobre el turismo: “De paso, recordamos que no es necesario viajar a la Argentina”.

Scruton no es un esnob y alerta a los bebedores contra los precios: “Lo más importante que hay que saber antes de explorar la Borgoña es que el mundo está lleno de gente muy rica y muy estúpida, dispuesta a gastar sumas ilimitadas de dinero en productos sobre los que no sabe nada, excepto que otra gente igualmente rica y estúpida está gastando sumas ilimitadas en ellos”.

Scruton oscila entre el tono burlón de quien se ha tomado una copa y la seriedad del filósofo analítico, amante de las grandes disquisiciones. En ese registro, explica por qué el vino es superior a cualquier otra bebida, sobre todo a las que se beben para emborracharse, una costumbre bárbara que repudia con energía citando a Chesterton: “El dipsómano y el abstemio no solo están ambos equivocados, sino que cometen el mismo error: piensan en el vino como una droga”. El vino, asegura Scruton, invita a una intoxicación moderada e iluminadora, cuya práctica desafía el puritanismo y es la solución para los problemas del mundo. Es por eso, dice, que “no solo debemos enseñarles a los musulmanes a beber sino aprender nosotros a beber mejor”. Es toda una idea.


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