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Magnos vocabularios…

. 5 de enero, 2019

En los versos de la Ilíada encontramos en el espacio circular que Efestos forja para Aquiles las representaciones armónicas de las listas que instituyen la epifanía de la forma. En El nombre de la rosa, Salvatore nos lleva a imaginar a través de sus relatos una interminable lista de personajes en su recorrido por el mundo. En The Canterbury Tales, en una lista de veinticuatro cuentos, Chaucer nos acerca a la popularización del inglés vernáculo. Una representación figurativa podría pensarse como una totalidad que tal vez no se enumera fácilmente, como es el caso de la batalla de Alejandro en Issos o la incapacidad del Dante en nombrar todas las criaturas angelicales.
En una mirada retrospectiva, en los primeros mil quinientos años de historia documentada del sapiens, registros escriturales en forma de listas aparecen de modo muy diferente al del habla común, característica del discurso escrito, rara vez en el oral, excepto bajo la forma ritualizada.  

Aquí ha llegado el momento de realizar una distinción: la lista poética y la lista práctica como lo plantea Eco, y enfatizar el cambio significativo en los modos de pensamiento en términos de operaciones formales, cognitivas y lingüísticas ante la presencia de esta nueva tecnología puesto que el datum debe ser procesado de manera diferente.

Como señala Goody, “la lista descansa sobre la discontinuidad más que sobre la continuidad; depende de su desplazamiento físico, de su localización; leída en distintas direcciones anima a un reordenamiento de los elementos por su sonido inicial, por su número y categoría” provocando una mayor visibilidad haciéndolos cada vez más abstractos. Así, la información podría ser ordenada cronológicamente usándose un emplazamiento vertical en una columna, un acontecimiento puede ser reordenado con diferentes criterios o siguiendo una forma de temporalización de esos mismos sucesos: un ritual y sacrificio a varios dioses o el registro de transacciones de los artículos ofrecidos en el sacrificio.

La formalización en campos semánticos parece ser una precondición. Podríamos materializar una ontología, una clasificación, una enumeración en una matriz de columnas y filas. En una lista de léxico o lexicón se virtualizan problemas de clasificación que nos permiten explorar la semántica estructural, esto es, la relación entre palabras en niveles sintagmáticos y paradigmáticos como en las onomásticas egipcias del Rame seum o el Amenofis.
Sin embargo, el conocimiento lingüístico del sapiens es diferente al de la “máquina”, de modo que un lexicón a mano difiere del generado de manera automática o semiautomática. En este sentido, la representación del conocimiento léxico se enmarca en el paradigma de los sistemas de información. Hablamos entonces de lexicografías computacionales. Un listado que nos ofrece palabras o tokens contextualmente dependientes con un cierto habitus, ordenadas estadísticamente asignándoles un score, normalizándolas detallando su comportamiento sintáctico y morfológico dentro de un framework. Y tal como el lenguaje, el lexicón computacional debe pensarse como un objeto dinámico que evoluciona todo el tiempo.

 Así como en las tablillas cuneiformes es preciso desencriptar el mensaje codificado, en los distintos corpora textuales computacionales las técnicas de procesamiento de lenguaje natural cristalizan mediante representaciones semánticas el mensaje críptico que quiebra la unidad natural del mundo como es.
*Lingüista.


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