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Las etiquetas no sirven

. 7 de junio, 2019

El anuncio de la fórmula Alberto Fernández- Cristina Fernández de Kirchner dejó al discurso sobre el país dividido en tiempo de definiciones. En las conversaciones de café, en los medios y en las redes sociales desfiló la impresión de que algo se había movido y eso que llamábamos grieta ya no volvería a ser exactamente lo mismo.

Ningún sentido social en circulación desaparece por completo de un día para otro. Y frente a la ansiedad por decretar si la polarización ha muerto, o no, es bueno mirar el espejo de Europa, donde se desvaneció la frontera entre izquierda y derecha. En el viejo continente la pérdida de agenda propia de la socialdemocracia hizo crecer a la ultraderecha, cuando muchos trabajadores que dejaron de sentirse representados encontraron en el extremo a alguien que hablaba en nombre del pueblo.

En nuestro país en cambio, al compás de las experiencias progresistas latinoamericanas, surgió una expresión radicalizada de la política que puso un hiato, diferenció con claridad –dependiendo qué lado se elija– populismo e institucionalidad, o gobiernos populares y de derecha. De esta expresión que fue caracterizada como “la grieta” no surgió, sin embargo, ningún emergente de los extremos al modo europeo.

Nuestra grieta tiene sus palabras y sus imágenes, y supo ser un potente dador de significados sociales. Su hito fundacional, cuando el gobierno de Cristina Kirchner se enfrentó con las patronales agrarias en 2008, aglutinó demandas variadas e intereses bien distintos.

Muchos interpretaron el enfrentamiento que generó la Resolución 125 como el producto del corrimiento del velo social. Al fin se veía la verdad.

Sin embargo, hasta ese momento, el campo no era el actor político central. Más allá de tensiones latentes, no era obvio que iba a ser el socio fundador de un conflicto tan resonante, de forma propia, particular e irrepetible. No fue una resolución de rango ministerial sino la política la que imprimió el sentido final.

Este fue el puntapié del aspecto productivo de la grieta, en el que el discurso tuvo capacidad performativa y delimitó con precisión una diferencia política. En una etapa histórica de dispersión social, en lugar de licuar, se dio nitidez a las posiciones y se generaron espacios de identificación colectiva.

¿Vida eterna a la grieta entonces? La grieta que comenzó la Resolución 125 no es un dato geográfico, una fisura que divide la Ciudad de Buenos Aires justo a la altura del Monumento a los Españoles, sino que fue una construcción contingente, un sin querer queriendo. Una creación que se inscribió en el discurso y en la forma de articular política del kirchnerismo y de la oposición de entonces.

 Sin embargo, a partir de ahí, oficialismo y oposición llegaron sin saberlo a un nuevo punto de estabilización y acuerdo. Todos comenzaron a normalizarla, a tratarla como un fenómeno preexistente, autónomo, situado fuera de los límites de lo que el discurso es capaz de anudar. Como si la diferencia entre sectores políticos no fuera algo dinámico capaz de emerger a través de mil nombres, se empezó a buscar grietas en cada política pública, en cada acción y en cada gesto.

 Ahí se renunció a la posibilidad de que el lenguaje juegue su rol de rearticulador, se relegó la faz activa de la política, su potencia y su capacidad productiva. Una capacidad que parece haber reaparecido en la oposición con el anuncio de Cristina Kirchner de una fórmula presidencial que corrió el eje y movilizó a todo el tablero político.

 Las etiquetas no solo no ayudan a construir un proyecto de futuro que acepte la diferencia, sino que pueden acercar al país peligrosa y paradójicamente al desencanto político que atraviesa la actualidad europea y que deberíamos evitar. No se trata de si la grieta sí o la grieta no, sino de que el uso o la negación de un significante no encierre a los proyectos políticos.

Cuando digan que la grieta ya fue, deberíamos contestar “depende”.

 

*Especialista en Comunicación Política. Maestranda en Universidad Austral.    

Julieta Waisgold *

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