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Las buenas conciencias

8 de febrero, 2020

Se nos acerca, en el bar, una chica bien vestida y mal llevada: vende prendedores, ganchitos para el pelo, pequeñas vinchas, clips, medias, pañuelos de papel. Imagino que nos va a decir lo que dicen todos los vendedores callejeros: que es para comprar la leche de sus hijos, que es para pagar la pensión donde dormirán esta noche, pero no: dice que tiene uno solo y que está embarazada y que el padre de la criatura acaba de patearle la panza porque está enojado, y está enojado porque ella en su momento no quiso tomar la pastilla abortiva del día después. Le decimos que haga la denuncia y nos cuenta que fue a la comisaría y le dijeron que no podían tomarla porque ella no es de Capital. Le decimos que la denuncia la tienen que tomar donde sea, pero ella no quiere que le expliquemos cómo deberían funcionar las cosas.

Cuenta que en el hospital le dijeron que el golpe no tuvo consecuencias y sonríe: el pibe con el que está saliendo ahora le prometió que se va a hacer cargo de la criatura y le va a dar el apellido, el suyo. Hay padres que no son padres, y otros que no lo son son los padres verdaderos.

Mientras conversamos ella va desplegando su mercadería y elegimos. El valor, por supuesto, está desajustado del costo pero sí en relación con el argumento de la venta. El dolor cuesta pero renta para el pago de la serenidad de las buenas conciencias. Ella termina de contar, entrega su mercadería y la cobra. Luego, vuela a vender su relato y su mercadería a otra mesa.


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