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La regla de las diez mil horas

. 6 de octubre, 2019

Tal vez ya les pasó, como a mí, leyendo un artículo sobre un gimnasta en ascenso, o la biografía de un conocido trompetista cocainómano, o en la historia de un particularmente talentoso ebanista, toparse con la “regla de las diez mil horas”, es decir, la regla que establece que para lograr la excelencia en cualquier actividad hacen falta diez mil horas de práctica. En caso de que sea así, vengo a informarles dos cosas: el culpable de esa regla es un sociólogo y periodista canadiense llamado Malcolm Gladwell, que en 2008 habló de eso en el libro Fuera de serie (Outliers); la segunda es que es una grandísima mentira.

La regla parecía tener cierta autoridad, sobre todo por provenir de un canadiense: la intervención de Canadá en los asuntos que importan es tan escasa que cada vez que aparece un canadiense hablando en serio le creemos (Marshall McLuhan, Charles Taylor, Northrop Frye). Gladwell, para su famosa regla, en parte se había basado en una serie de conclusiones de un estudio publicado en 1993 por el sueco K. Anders Ericsson, quien hace años criticó a Gladwell por haber banalizado y tergiversado sus conclusiones. Como si eso fuera poco, mientras aparecieron otros estudios que desmienten tanto a Gladwell como a Ericsson. En el estudio de 1993, Ericsson había trabajado haciéndoles preguntas específicas a violinistas de la Academia de Música de Berlín. Ahora un nuevo estudio de la psicóloga Brooke Macnamara, de la Case Western Reserve University de Cleveland, publicado en la revista Royal Society Open Science, refuta totalmente al de Ericsson (y por extensión al de Gladwell), trabajando también con un grupo de violinistas.

El estudio de Ericsson se titulaba “The Role of Deliberate Practice in the Acquisition of Expert Performance” (“El papel de la práctica deliberada en la adquisición del desempeño de expertos”), y afirmaba que quien entre los 5 y los 20 años había dedicado cierta cantidad de horas a la práctica se encontraba entre los que resultaban ser excelentes en esa actividad. El estudio explicaba también que después de determinada cantidad de horas, digamos 5 mil, aún resultaba difícil distinguir entre quienes se destacarían y quienes no, y que para verlo había que buscarlo en quienes habían seguido ejercitándose durante mucho más tiempo, digamos 10 mil horas. Sostenía también que, además de talento, era determinante el entrenamiento; y que incluso si había talento, sin entrenamiento ese talento permanecía latente. Entre los violinistas verdaderamente buenos no había ninguno que ensayara una vez al mes, solo cuando tenía ganas. “Muchas características que se creían asociadas a un talento innato en realidad son el resultado de un entrenamiento realizado en el arco de al menos diez años”, se leía en las conclusiones. Ericsson, por otra parte, hacía una clara referencia a la “práctica deliberada”, es decir, al entrenamiento realizado por elección y no por obligación. Siempre teniendo como base la existencia de cierto talento.

Finalmente, esta semana el estudio de Brooke Macnamara dice: “Cuando se trata de capacidades humanas, entra en juego un conjunto de factores ambientales y genéticos que puestos juntos explican la diferencia de resultados con prácticas similares”. Macnamara no encontró entre los violinistas grandes correlaciones entre excelencia y horas de ensayo. “En la mayoría de los casos –dice Macnamara–, el entrenamiento te vuelve mejor que ayer. Pero podría no volverte mejor que ese otro que asiste a tus mismas clases de violín”.


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