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La nueva política

Quienes protestan no obedecen a un liderazgo u organización que pueda negociar con el gobierno en su nombre. Se comunican entre ellos directamente a través de las redes sociales. Viven la crisis de representación propia de la sociedad contemporánea. 12 de enero, 2020

Líbano es un país al que durante años se llamó la Suiza del Medio Oriente y sigue siendo un centro financiero importante de la región. Tiene una superficie de 10.400 km2, treinta veces más pequeño que la provincia de Buenos Aires, con seis millones de habitantes. Limita con Israel y Siria, está cerca de Irak y Irán, en el epicentro de la violencia del Medio Oriente. La heterogeneidad religiosa de su población y su situación geográfica provocaron mucha violencia. Las comunidades musulmanas más numerosas son la shiita, sunita, drusa, alawita, e ismaelita. Las cristianas son la maronita, la ortodoxa griega, la católica griega, la cristiana armenia y otras menores. En algunos momentos varias de estas comunidades tuvieron ejércitos propios que llegaron a ser nueve. En los últimos años creció mucho el Hezbollah, vinculado con Irán y dirigido por el popular Hassan Nasrallah, quien es en la práctica el presidente de facto del país.

La Constitución promulgada en 1926 estableció  que el presidente sea maronita, el primer ministro suní, el presidente del Congreso chiita. En casi todos los países de cultura islámica la religión es determinante porque no conciben la separación de la Iglesia y el Estado: Mahoma fue profeta, militar, y rey. Con frecuencia el líder religioso de un país es también su máxima autoridad religiosa. En Líbano todo se reparte entre cristianos y musulmanes, tanto  los 128 escaños del Congreso, como la pena de muerte: en 2004 fue ejecutado un delincuente chií, pero para equilibrar las cosas mataron también a un suní y a un cristiano. A pesar de una historia convulsionada por la intervención extranjera y la diversidad religiosa, Líbano funcionó de acuerdo a su tradición hasta que se desató una crisis propia de la nueva política. El gobierno puso un impuesto de 20 centavos diarios a los usuarios de Whatsapp y se desató una reacción violenta encabezada por cientos de miles de menores de 30 años. La mayoría de la gente se olvidó de la lucha centenaria entre dioses y partidos y se unió en una movilización tan feroz que provocó la renuncia del primer ministro Saad al Hariri. Del Whatsapp y usando celulares, la protesta se extendió a otros temas. Al grito de “¡revolución, revolución!”, decenas de grupos pidieron combustible, comida, pan, el fin de la corrupción, el cambio de la economía, de los servicios públicos, de la salud, la educación, la falta de empleo, la injusticia, la pobreza, la inseguridad, todo. Este agregado de grupos no tiene una ideología ni responde a un liderazgo, o a un partido. La basura se amontonó, se pudrió y dio nombre a este movimiento en contra de ¡todos los políticos: “¡Apestan!”

Plataforma del cambio. Todos los grupos políticos y religiosos se pusieron de acuerdo en una plataforma de cambios que repuso a Saad al Hariri como primer ministro. Duró dos semanas. Los manifestantes pidieron además, la destitución del gobierno y el cambio de Constitución. Están en contra de todos los políticos, los partidos y líderes religiosos, exigen reemplazarlos por un gobierno de tecnócratas. El presidente aceptó parcialmente la demanda y propuso que se integre con 18 tecnócratas y seis políticos, pero los movilizados quieren que se vayan todos los políticos, que todos los funcionarios sean técnicos apolíticos. Demandan que los políticos envueltos en casos de malversación de fondos públicos sean juzgados y que se requisen sus bienes.

Los manifestantes no obedecen a un liderazgo u organización que pueda negociar con el gobierno en su nombre. Se comunican entre ellos directamente a través de las redes sociales, sin que les convoquen sindicatos, partidos u otras organizaciones. Viven la crisis de representación propia de la sociedad contemporánea. Sería equivocado suponer que esta crisis es una oportunidad para que los mormones organicen un nuevo Partido Republicano. Los amotinados están en contra de todo lo que suene a la vieja política.

Otros ejemplos. Podríamos describir el conflicto chileno de octubre usando el mismo texto con solo cambiar unas palabras. En vez de Whatsapp mencionaríamos el precio del boleto del Metro  y la acción de los universitarios que saltaban los molinetes de acceso. Ese fue el inicio de una rebelión que, como la libanesa, se extendió a todo. Chile, que en palabras de Sebastián Piñera era un verdadero oasis en América Latina con una democracia estable, pasó a ser un infierno. Hasta ahora el conflicto ha producido 24 muertos, con 2.500 incidentes graves, pérdidas estimadas en 3 mil millones de dólares, sin considerar las pérdidas del Metro de Santiago cuyos trenes fueron incinerados. La crisis hizo perder 100 mil empleos, solo en la capital saquearon 677 locales y supermercados. Robaron todo lo que pudieron. No eran solo los estudiantes, sino también grupos de todo tipo que expresaban su fastidio con el sistema y de paso conseguían unos electrodomésticos. Con el acuerdo de todos los partidos Piñera retrocedió con el precio del Metro y propuso que se apruebe una nueva Constitución. Interesante para las élites, pero los manifestantes lo rechazaron todo. Nietos de la Revolución de Mayo, pidieron lo imposible. Aunque las élites se pongan de acuerdo, el problema persiste: los jóvenes quieren que se vayan todos.

En Colombia se repitió el fenómeno. Empezó como el rechazo a las medidas económicas del gobierno de Iván Duque, y se extendió a una protesta informe, con saqueos, y todas las ausencias mencionadas. Desde hace más de un año Macron se tambalea en Francia por las caóticas manifestaciones de los chalecos amarillos. La gente de su equipo dice que el fenómeno es semejante a los antes descriptos. Acabó la época en que la crisis de Francia se negociaba con la Confederación General del Trabajo y el Partido Comunista, ambos se debilitaron. Los chalecos amarillos caotizan las ciudades con sus tractores, se convocan a sí mismos, nadie los representa. No tienen un solo líder, pertenecen a grupos que quieren distintas cosas. Coinciden solo en su rechazo al gobierno y en eso se le unen muchos grupos con una mezcla de burla, escepticismo, oportunismo y búsqueda de diversión.  La crisis de Cataluña se parece a todo esto. Se inició por la protesta en contra de un paquete de medidas económicas tomadas por la Generalitat, se extendió luego a otros temas como la demanda de autonomía o de independencia. No existe una reflexión seria acerca de lo que son las Autonomías en España, ni una organización o liderazgo definido que organice la protesta, sino muchos que se encuentran en las redes, se convocan directamente, aparecen, se manifiestan y se van cuando les viene en gana. Los daños económicos ocasionados a Cataluña y los catalanes con la revuelta son gigantescos.

En la elecciones presidenciales de Túnez los principales líderes del país quedaron rezagados: Abdelfattah Mourou del partido islamista Ennahda quedó tercero con 12% de los votos y el primer ministro Youssef Chahed quinto con el 7%. Pasaron a la segunda vuelta Nabil Karoui, un magnate preso por presunta corrupción, al que los jueces no le permitieron salir de la cárcel para hacer campaña, y  Kaïes Said, un intelectual antisemita, favorable a la pena de muerte, homófobo. Ganó Said quien recorrió el país a pie y colectivo. El candidato sorprendió en la televisión por sus movimientos estereotipados que le valieron el mote de Robocop. Apareció con sus maneras afectadas, hablando en árabe clásico, una lengua elitista que le diferenció de sus rivales. Algo así como si un candidato argentino hablase en español antiguo durante la campaña. Toda la prensa dijo que estas elecciones eran una bofetada al sistema político y una exótica continuación de la Primavera Arabe.

En los últimos meses esos movimientos inorgánicos derribaron en Argelia a Abdelaziz Buteflika, presidente del país durante diez años, a Omar Al Bashir, gobernante de Sudán durante treinta años, y al primer ministro de Irak, Abdel Mahdi. Algunos pueden creer que los movilizados quieren una democracia occidental porque usan celulares. Ese es un error. Son tan inorgánicos y diversos como todos los rebeldes de la edad de internet. Estos movimientos políticos horizontales se basan en la Primavera Arabe, en Ocupemos Wall Street, en Indignados de España y otras movilizaciones que se inspiraron en el libro Indignaos de Stephane Hessel. El enfrentamiento entre la gente común y las élites se estudió también en un excelente clásico de hace años, Why Americans Hate Politics. E.J. Dionne Jr.

El hecho es que se ha difundido masivamente la antipatía en contra del establecimiento, de los políticos profesionales y de lo que alguien definió como la esencia de la política desde su punto de vista: el poroteo. Aunque parezca extraño los latinoamericanos y los argentinos somos humanos, estamos en un mundo en el que ocurren estas transformaciones y los conflictos estallan de manera inesperada.

 

*Profesor de la GWU. Miembro del Club Político Argentino.


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