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La máquina constante

Me desespero y me aferro (mentalmente) al escritorio bajo la proclama exagerada de escribir o morir, de que la vida me mata si no escribo.

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Me desespero y me aferro (mentalmente) al escritorio bajo la proclama exagerada de escribir o morir, de que la vida me mata si no escribo. Es decir, me aburre, me confunde, me exaspera, me desvela. Espero algo, una idea, una lectura, esa aparición repentina de la nada que condense los días o meses o años de intereses dispersos y preocupaciones banales y dispare el impulso inicial para sentarme por fin a escribir algo. En este cuaderno de anotaciones aparece, finalmente, un registro apenas disimulado de mi estado sentimental de los últimos años. Me decido a escribir sobre eso, que es lo que sé y conozco. Exagerando apenas los hechos, desviándolos apenas, tendría ya una novela, de hecho ya tengo un esquema de novela. Apenas veo la novela en su forma, pierdo el interés, porque la conozco de antemano. Ahora bien, ¿por qué la descarto bajo la figura del saber anticipado, de la falta de estímulo que supone la certeza previa sobre el resultado, si lo que también sé es que en la expansión y duración en el tiempo del acto de escribir puede producirse una diferencia extrema respecto de las previsiones iniciales? Recuerdo un chiste estilo santiagueño que me contaba mi padre, a propósito de mi abulia aparente, de mi inacción vital: “¿Para qué voy a ir a tu casa si ya sé que no vas a estar?”.

Quizá se trate, en el fondo, de una idea de mí mismo: que quiero descubrir las cosas a medida que ocurren. Pero esa posición experimental o esa pose aventurera me impediría escribir artefactos literarios como las novelas policiales (claro que nunca escribí una y apenas las leo, y si las leo, no me preocupa en lo más mínimo la revelación razonada del nombre del criminal ni las líneas narrativas que llevan a identificarlo). Sin ir a ese extremo, en más de una ocasión supe bastante bien dónde empezar y hacia dónde ir, aunque no tuviera particular conocimiento de los tiempos que me insumiría el trabajo.

Por otra parte, ese fácil desistimiento de una idea salvadora (porque la realidad sin escritura es para mí un infierno que no se compensa siquiera con el tiempo mayor que puedo dedicarle a la lectura) parece contraponerse como mi fantasía siempre presente de encontrar alguna clase de sistema que me permitiría escribir todo el tiempo,  sin detenerme ni interrumpir ese flujo entre un libro y otro. ¡Benditos los que montaron su maquinita contadora! Cuanto más crece la ilusión de la máquina de escritura, cuanto más se representa de manera abstracta como un bien inefable, el paraíso de la pura posibilidad, más perfecciono los obstáculos que interpongo ante cualquier atisbo de idea.

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La máquina constante de escritura es la utopía de la desaparición personal en el universo del placer. El terror a la esterilidad esconde el goce absoluto de la renuncia y el sacrificio. Formas de la fe.