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La incapacidad de los capaces

. 6 de octubre, 2019

Un ciudadano no es un cliente, un país no es una empresa y los miembros de un gobierno no son directores y gerentes de una corporación. Si la endogámica plana mayor del PRO hubiese entendido esto cuando arribó al poder en 2015, integrando la seudocoalición Cambiemos, quizás otra sería hoy su situación y otro el panorama político, económico y social del país. Pero esta es una suposición contrafáctica, y lo cierto es que, como en el conocido cuento de la rana y el escorpión, la naturaleza de una criatura no cambia, es inútil luchar contra ella e inevitablemente aflora.

El que hace apenas cuatro años, que parecen cuatro siglos, fue definido como “el mejor equipo de los últimos cincuenta años” terminó siendo una especie de Armada Brancaleone, capaz como aquella de los peores desaguisados, pero carente del encanto, el humor, la entrañable ingenuidad y la ironía de los personajes del film protagonizado por grandes actores como Vittorio Gassman, Gian María Volonté y Enrico María Salerno, y dirigida en 1966 por Mario Monicelli. Las desventuras de aquellos cruzados producían risa y eran narradas con inteligencia, mientras las del gobierno que hoy agoniza expandieron la pobreza y el desempleo, crearon desesperanza, provocaron desilusión y desencanto, y profundizaron la grieta que fragmenta a la sociedad argentina.

El 13 de febrero de 2017, veinticuatro días después de la asunción de Donald Trump en Estados Unidos, el semiólogo venezolano Aquiles Esté escribía en The New York Times: “Avanza la antipolítica, y con ella su relato sobre la incapacidad estructural de las instituciones, los sindicatos, los partidos y los propios líderes políticos para resolver los problemas de los ciudadanos. En esa estela, poco sorprende el aumento sin precedentes del número de hombres y mujeres de negocios que saltan directamente de las empresas a los asuntos públicos”. Ese era el contexto en el que un poco más de un año antes Mauricio Macri había asumido la presidencia de la Argentina. Su amistad carnal con Trump parecía confirmar la creencia de los antipolíticos: los ciudadanos son clientes, los miembros de gabinete se contratan y despiden como cualquier ejecutivo y los países se conducen como empresas. Donde antes decía “política” ahora se leía “gestión”.

Como los ricos empresarios tienen dinero suficiente, se supone que no robarán en el poder; además son pragmáticos, cortos y pobres de palabras, de manera que se remiten a los hechos (“júzguenme por el índice de pobreza, que será cero”, y “la inflación se arregla rápido y fácil”). Por lo demás acusan a los políticos, a quienes ven como especie en extinción, de incapaces en materia de finanzas, gerenciamiento e innovación. “Estos son argumentos poderosos para ganar una carrera electoral, pero casi siempre se vuelven vacíos o son minuciosamente traicionados una vez que se llega al poder”, escribía Esté. Y mostraba que, según un estudio del prestigioso sitio político The Hill, en la historia de Estados

Unidos (extrapolable en este caso), “ningún presidente proveniente del mundo privado es recordado como exitoso, siendo los hombres de negocios los que tienen las peores evaluaciones”. Finalmente, la gestión de Cambiemos logró equipararnos en algo con Estados Unidos.

Por esas recurrentes paradojas de la vida los antipolíticos apelan en este momento de desesperación a una de las peores y más nefastas triquiñuelas de la política de la que reniegan. El clientelismo desvergonzado. Un meme viralizado en estos días dice que, como los canales de cable cuando los van a dar de baja, este gobierno ofrece promociones absurdas. Son tan crudamente clientelistas que no se ofrecen como medidas estructurales y permanentes, sino como ofertas por algunos meses (bonos salariales, monotributo, asignaciones). Casi faltándole el respeto al ciudadano le prometen artefactos que caducarán de inmediato, tanto si funcionan (para el Gobierno, por supuesto) como si no. Con estas políticas y estos gestores ni una empresa podría tener un futuro promisorio. Es la política la que transforma a las sociedades, pero no lo entendieron y acaso no lo entenderán. No está en su ADN.

 

*Periodista y escritor.


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