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La caída como identidad

. 1|09|19

En estos días, la desgracia colectiva va asumiendo una forma conocida, casi amena, de ingreso a un resultado familiar. Como una suerte de curso de ingreso para millenials, los adultos, sus padres y madres, y abuelos y abuelas, se encuentran produciendo las condiciones sociales de lo que se podría describir como una típica crisis argentina. Dólar en el centro de la escena, un gobierno no peronista con crecientes problemas de dominación, pérdida de financiamiento externo, inflación, gobernadores amenazantes y el FMI casi como un actor local constituyen un bautismo nacional para las nuevas generaciones que se perdieron todos los caos anteriores. Las crisis pueden ser analizadas en sus condicionantes, como un problema técnico, pero a esta altura, para nuestro país parece ya una consolidación de identidad cultural y de lazo social.

Los argentinos y argentinas conocen perfectamente las acciones que deben ejecutar bajo condiciones de inestabilidad como las actuales. Quitar el dinero de los bancos y comprar dólares se procesan como actos automáticos que no requieren del estudio previo de literatura económica o de cursos sobre economía moderna. Si bien existen discusiones entre conocidos sobre la suerte del país, juegos de adivinación sobre qué pasará o no pasará, y hasta shows televisivos de pronósticos y rumores políticos, millones de ciudadanos y ciudadanas anónimos entre sí producen acciones en formato de réplica que no se pueden explicar con un acumulado de charlas entre ellos. La compra de dólares es un acto individual, pero su simultaneidad es absolutamente colectiva.

La experiencia kirchnerista permitió el reingreso de un formato ideológico que se encontraba en desuso. El rol del Estado con la economía, el latinoamericanismo, discusiones sobre la verdadera identidad nacional y la obsesión por un mercado local sólido  sirvieron para dejar a la década de 1990 como un reflejo necesario de lo que no debería hacer nunca este país. La sobreabundancia noventista produjo su compensación con el nombre de kirchnerismo. Como si la argentina necesitara de ambos espectros, conectados siempre por una crisis, Cristina Kirchner produjo su propia eliminación del poder para dejar paso al regreso de los antes repudiados. La contracara del neoliberalismo no soportó ser completamente exitosa e invitó al regreso de su otra parte de identidad.

Pocas veces una experiencia política produce en el gobierno, con tanta precisión, todo aquello que sus enemigos advierten como amenazas sobre ellos.

En esa precisión y destino, evidentemente conocido, hay información relevante. A pesar del uso del nombre Cambiemos, como etiqueta que simula una variación, Macri es la objetivación de un proceso que aquí es conocido, del que se sabe su destino, y que en su misma producción confirma la identidad quejosa de quienes viven debatiendo, por fuera del peronismo, que este país nunca será lo que deba ser. En su fracaso, en su crisis, también hay una reafirmación cultural, porque en la eterna caída en desgracia, todos nos reconocemos.

La estabilidad para nosotros puede que tenga un costo que no logramos ver. No sabemos llevarnos con la calma, no la conocemos. Para este país la previsibilidad puede que sea incómoda, incierta, y hasta una amenaza para nuestros valores culturales. Si aparece, si se expresa de alguna manera, necesitamos producir acciones para desarticularla. Todas las experiencias políticas se identifican en sus acciones como aquellas que vienen a poner fin a un ciclo macabro de sucesivas frustraciones. ¿Qué sería de las campañas políticas sin el caos o la maldad que representarían los rivales en la Argentina?

El modo en que nuestro sistema político produce sus propias alternancias suele conectarse con crisis, siendo justamente la crisis el elemento de enlace entre una experiencia y la otra. El conocimiento sobre el rol que ocupa cada experiencia, en el sentido de lo que tienen para proponer, es tan completo, que hasta se puede adivinar sencillamente su destino. Es tiempo ya de no pensar en la recurrencia de un ciclo perverso de experiencias negativas, sino más bien de una manera de producir un formato del ser argentino en esos mismos enlaces.

Cuando Macri esté fuera del gobierno podrá argumentar que el problema de nuestro país es que no se abre al mundo o que su economía no es sustentable, y lo dirá eternamente porque en eso se hace a él y a tantos otros. Lo del país y su destino, es lo que va pasando, mientras confirmamos lo que somos.

 

*Sociólogo.


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