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La alegría naif de un consultor

Algunos, cuando leen una columna de opinión, se preguntan: “¿Por qué el autor dice lo que dice?”. Aumentan así los entusiasmos ideológicos que se derrumban cuando se cuentan los votos. 10 de marzo, 2019

Inicio una serie de vuelos largos y tediosos cuando me encuentro con el divertido artículo “Los prejuicios apocalípticos de un consultor” (http://bit.ly/ln-prejuicios-consultor), de Eduardo Fidanza, en el que comenta un artículo que publiqué en PERFIL (http://bit.ly/cristina-maduro-autoritarismo). Supone que fue dictado “por la desesperación ante una eventual derrota” por lo que puede suponerse que sus clientes estarán felices ante la inminencia de su triunfo.

Pasé dos semanas en Buenos Aires y las únicas caras desesperadas que vi fueron las de unos depredadores que atacaron al Presidente cuando asistió al Congreso. En el entorno de Mauricio no vi a nadie angustiado. El ambiente era el de la responsabilidad y el optimismo de siempre. En mi caso personal no conozco lo que es la desesperación. Viví muchos momentos difíciles en mi vida, pero el peligro me fascina, despierta mi curiosidad y desata  mi imaginación. Por lo demás, la elección está lejos, Eduardo celebra con mucha anticipación la victoria de sus amigos. Tal vez se equivoque como lo hizo normalmente a lo largo de estos quince años.

Conflictos. El articulista cree que los conflictos se resuelven “sin atizar la división: el Parlamento para los honestos, la Justicia para los delincuentes”. En 1998 decían lo mismo algunos amigos ingenuos con los que conversé en Caracas. Seis meses antes de las elecciones, Hugo Chávez empezó a subir en las encuestas y expresé mi temor de que se desatara un proceso totalitario. Me dijeron que pensaba así porque me eduqué en Argentina, un país en el que los presidentes elegidos no terminaban su período, existía un partido fascista y las instituciones eran débiles. No podía ocurrir lo mismo en Venezuela, un país con décadas de sólida democracia bipartidista, con separación de poderes y respeto a la libertad de prensa.

Chávez había intentado dar un golpe sin éxito, era un coronel pintoresco incapaz de vulnerar un sistema tan sólido. En el ambiente progresista muchos preferían al coronel antes que a Irene Sáenz, alcaldesa de Chacao, ex Miss Mundo, a la que consideraban fatua e ignorante. Poco después el coronel tomó todos los poderes y mis contertulios terminaron presos o en el exilio.

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Estuve muchas veces en Venezuela. El consultor de Irene era mi socio de ese entonces, Ralph Murphine. Muchos años antes conocí personalmente a Rafael Caldera y a Arístides Calvani, el arquitecto del éxito de la Democracia Cristiana continental en los 60 y 70. Mi actual socio, Roberto Zapata, escribió un excelente libro sobre las actitudes de los venezolanos, estudié encuestas realizadas en ese país muchas veces, también algunas de los últimos meses. Trato de comprender el proceso a partir de datos de la realidad.

Democracia. La democracia es una forma de gobierno que procesa las divisiones que existen en una sociedad de manera civilizada. Cuando se enfrentan quienes defienden una sociedad democrática y los totalitarios la división es más profunda, pero eso no significa que llega el Apocalipsis.

Después algunos cambiamos, porque los hechos demostraron que esos procesos no llegaron a ningún lado. Defiendo la democracia pero no creo que los autoritarios son monstruos; solo son personas que creen lo mismo que creía de adolescente, cuando la izquierda era de izquierda, parecía inminente el triunfo de la revolución mundial y muchos despreciábamos a la “democracia burguesa”. Fidanza hace una afirmación de enorme interés académico: dice que con mi artículo “quisiera hacernos retroceder a la Edad de Piedra de nuestras guerras civiles”. Es un gran aporte al estudio de la historia. Si relata las guerras civiles que se produjeron en la Argentina en la Edad de Piedra puede producir un best seller.

Dice también: “Duran aclara al final de su texto que hay peronistas (y católicos) que respetan la democracia. Sostendrá Allport que ese es el típico recurso defensivo del antisemita: “Tengo un amigo judío...”. Nada nuevo en materia de endogamia e intolerancia”. Nuevamente habla de lo que no sabe. No tengo un amigo católico para demostrar nada. Mi padre se formó en la Compañía de Jesús, estudié la escuela y el colegio con los jesuitas, hice la carrera de Derecho y el Ciclo Doctoral de Historia y obtuve el título de experto en derecho canónico en la Pontificia Universidad Católica del Ecuador. Estudié filosofía en una de las escuelas más sofisticadas para formar sacerdotes que tuvo la Compañía de Jesús en América, el Filosofado San Gregorio. Tengo una enorme gratitud hacia mis maestros jesuitas y ahora que está de moda hablar en contra de los sacerdotes, puedo afirmar que nunca supe del proceder incorrecto de ninguno de ellos. Tuve y tengo una fluida relación con sacerdotes y obispos de varios países.

Religión. No me gusta la manipulación de la religión por parte de algunos políticos. San Cayetano fue un caritativo noble napolitano, hijo de condes, dedicado a la oración. Creó el Monte de Piedad, institución en la que la gente podía prendar sus bienes para obtener préstamos. En países como Paraguay y Argentina su culto se hizo popular con miles de fieles rezándole para pedir trabajo o ayuda económica, en un ambiente de recogimiento y oración. Políticos argentinos que no comprenden esos conceptos decidieron manipularlos para organizar manifestaciones violentas que habrían horrorizado al santo. Los manifestantes no saben quién fue San Cayetano, ni fomentan su culto mientras se extingue una devoción popular por la manipulación política.

Pasa lo mismo con los rosarios que estos mismos políticos reparten a diestra y siniestra como si fuesen globitos. Muchos de los que los reciben no tienen idea de que el rosario es un instrumento para la veneración a la Virgen María creado por Santo Domingo de Guzmán. A algunos de ellos he tenido que explicarles lo que son los misterios gloriosos, dolorosos y gozosos, porque recibieron los rosarios como souvenir de manifestantes trotskistas. La mayoría de los católicos que conozco creen en la democracia y no simpatizan con los grupos de “extrema cualquier cosa” que hacen piquetes.

Peronismo. Me pasa lo mismo con los peronistas. No tengo ningún prejuicio en su contra. Cuando fui estudiante simpaticé con la Juventud Peronista, que encarnó mis entusiasmos revolucionarios. Cuando era muy joven empecé a estudiar la historia argentina leyendo Revolución y contrarrevolución en la Argentina, de Jorge Abelardo Ramos. Con los años algunos comprendimos la importancia de la democracia. He tenido la suerte de conocer a peronistas con una sólida formación intelectual, de los que aprendí mucho acerca de la historia y la política argentina, como Carlos Grosso y Carlos Corach.

Hay peronistas de todo tipo. Están los que conformaron la horda violenta en el Congreso Nacional y también los que escucharon los mensajes de María Eugenia Vidal y de Horacio Rodríguez Larreta con actitud democrática y civilizada. Los hay con sólida preparación intelectual, como Miguel Angel Pichetto, y otros muy elementales, como una señora que buscaba a Santigo Maldonado en una de las reuniones del Parlamento.

Dialogo con personas de todas las ideologías que me ayudan a comprender el mundo desde diversos prismas en varios países. En estas semanas hablaré por lo menos con cuatro presidentes o candidatos presidenciales muy distintos entre sí. No creo que nadie sea dueño de la verdad y me incluyo en eso. No poseo certezas, trabajo con hipótesis que se contrastan permanentemente con la realidad a través de investigaciones.

Método. Es un problema de método: se puede tratar de explicar lo que ocurre leyendo un texto de psicología de hace setenta años, o elaborar hipótesis a partir de estudios comparados y experiencias concretas para saber si funcionan en la realidad. Algunos, cuando leen una columna se preguntan: ¿Por qué el autor dice lo que dice? Aumentan así los entusiasmos ideológicos que se derrumban cuando se cuentan los votos. Lo que parece más conveniente para el progreso del conocimiento no es elucubrar acerca del ánimo del autor, sino averiguar si lo que se dice es o no real.
No me enojan los ataques personales. Siempre me hacen gracia. Agradezco a Eduardo por esta columna que sirve para fomentar mi sentido del humor en medio de tanto viaje aburrido.

*Profesor de la GWU. Miembro del Club Político Argentino.


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