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EFECTO PASO

Habrá un ganador

Las primarias van a decidir quién será el próximo presidente. Hay dudas a dos puntas. 10 de agosto, 2019

Mañana, antes de la medianoche, quizá se conozca el binomio que gobernará en los próximos cuatro años, desde el 10 de diciembre. Pero habrá presidente antes, incluso, de la institucional primera vuelta del 27 de octubre. Dos evidencias justifican esa afirmación:                            

1. La diferencia porcentual que separará a los dos frentes en pugna.

2. La avanzada polarización que envuelve los comicios y acerca a las partes al 45% que demanda la Constitución, convirtiendo en abstracto un eventual ballottage el 24 de noviembre. Curiosamente, el ejercicio ficcional de mañana denominado la gran encuesta, el simple acto de elegir candidatos partidarios, puede derivar en la nominación del próximo mandatario. Tópico de la capacidad anticipatoria de los argentinos o de su impaciencia por convertir fantasía en realidad.

Paso a paso. Si las primarias fueron introducidas como un espectro de renovación, una apertura a intereses, figuras y agrupaciones nuevas, termina como una disputa tradicional del sistema político dominante con aspirantes de cuestionable rodaje, sin planes ni ideas. Si mañana el tándem Macri-Pichetto gana, o pierde por menos de tres puntos, casi seguro que esa fórmula será la triunfadora en la determinante votación de octubre: tiene para rescatar más adhesiones que su rival en el remanente (Espert, Lavagna, Gómez Centurión), que aún no se expresa por la alternativa binaria. Y si, en cambio, el dúo Fernández-Fernández logra estirar una ventaja a su favor de 7 puntos, ese hándicap parece irremontable, decisivo, consagratorio. Sería un peronazo a pesar de que ambos candidatos no son precisamente lo más representativo del tradicional partido. Igual, quedan dudas por la incertidumbre de la diferencia, el limbo que va del 3% al 7%, un vacío que ha paralizado a las águilas del mercado financiero: no subieron los activos locales a pesar del optimismo oficial, tampoco se derrumbaron, si se creyera que arrasan los FF. Están atentos, vigilantes y vacilantes. Otro elemento clave que promueve la presunción de que mañana pueda haber nuevo mandatario o reelegido lo constituye la posibilidad de que uno de los dos contendientes supere el 40% de los votos, razonable guarismo que lo aproxime al 45% requerido para instalarlo en la primera vuelta. Cualquiera de los dos frentes este domingo rondará esa cifra, un engendro numérico que Menem le arrancó a Alfonsín en la reforma constitucional del 94. No habrá ballottage entonces, hasta se desvirtúa la rencilla provocada por negarle Macri a Vidal la separación de los comicios nacionales del provincial, aunque esa decisión haya estado amparada en el ajedrez: entregar a la reina para salvar al rey. Si la dama es derrotada mañana por un margen más estrecho del que se suponía, tal vez Kicillof duerma menos tranquilo que ayer.

Se sabe que Cristina pregunta como si tuviera dudas: “¿Hice bien en designar a Alberto? La respuesta, obvia, más de cualquier peronista: “Fue la mejor de las decisiones”. Casi de Parrilli.

Confiesa ella que llegó a esa conclusión luego de haber estudiado el tema durante más de un año. Al parecer, no improvisó, tampoco tenía mucho en el tablero. Su elegido, en público, promete que nunca más se peleará con ella, como le recuerdan con pertinacia videos de archivo.

Macri procedió al revés: incorporó a Pichetto como segundo de un día para otro, sin consultar a Carrió ni aceptando opiniones de su jefe de Gabinete, en situación desesperada y pensando solo en el deterioro personal que mostraban las encuestas. Ya empezaron, en cada interna, las demandas futuras por cuotas de poder, entre ellos hablan más de la sucesión en 2023 que de lo que ocurra mañana.

Cristina, por ejemplo, se debate por su traumático destino judicial, y fortalecerse en el Congreso para ese fin y en la provincia de Buenos Aires, para impulsar a su hijo Máximo como candidato. Máxima prioridad, Alberto es de un solo término o mandato: no puede quejarse de ese regalo transitorio, una bendición divina. Hay juego para todos en ese mundo, si hasta coló Scioli, quien pidió ser canciller y hasta le obsequiaron despacho en el búnker que empieza a visitar su álter ego Alberto Pérez.

A su vez, el ingeniero tropieza con el mismo terror judicial que ella –piensa agrandar la Corte, sumar a Pinedo en ese instituto, también remover jueces–. Coincide con su antecesora en el miedo a los tribunales, por causas abiertas o no cerradas, razones no le faltan para esa preocupación. En cuanto a su herencia política, si se mantuviera en la Casa Rosada, ahora incluye a Pichetto en la feroz pugna entre Rodríguez Larreta, Vidal y Peña. En algún momento dirá a quién le queda mejor. Al recién incorporado Pichetto, el que defiende a Macri más que los propios, piensa trasladarle la relación con los gremios (y congeniar una reforma laboral) más la obligada responsabilidad en el Senado para que le saque las leyes y, si no hay más remedio, abrirle algún cargo para peronistas expectantes previa intervención del partido. No solo radicales, PRO y lilitos se van a sacrificar por la patria.

Resulta singular que, si les toca la suerte, las dos piezas ortopédicas –Pichetto y Alberto, ambos sin votos ni territorio, uno con la casa hipotecada y el otro viviendo en un departamento prestado– piensan en una misma ayuda para equilibrar la dependencia de sus jefes: los gobernadores.

Capítulo sabroso por venir, cualquiera sea el ganador. También coinciden los binomios en la ausencia económica de un plan, aunque esbozan medidas de bolsillo que ni siquiera superan el colegio secundario. Esa falta, advertida en la administración Cristina, continuada por Macri, se mantiene como si el país no lo necesitara, con números escandalosos a la baja en cualquier renglón de la actividad. Ni se advierten previsiones al respecto, solo intrepidez de espontáneos solitarios para opinar (léase Nielsen, Kulfas en un flanco, Melconian en el otro), abundante confusión de ideas en ambos grupos, con influencia keynesiana e intervencionista. Si hasta tal vez el nuevo presidente, después de la medianoche de mañana, deba agradecer las restricciones que algún organismo internacional le sugiera para gobernar. Porque el país está muerto y casi nadie se ha dado cuenta.


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