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Grieta en cuarentena

La reunión de Olivos del domingo pasado mostró a la dirigencia argentina, por primera vez en mucho timpo, a la altura de la circunstancias. Y eso es una buena noticia. 16 de marzo, 2020

La dirigencia política argentina pareció estar el oomingo, por primera vez en mucho tiempo, a la altura de las circunstancias. Y esto es algo que merece la pena ser remarcado. La foto que juntó al presidente Alberto Fernández, al gobernador Axell Kicillof y al jefe de gobierno porteño Horacio Rodríguez Larreta mostró una síntesis de unidad, respeto y tolerancia poco común en la historia reciente de nuestro país.

En medio de la angustia que provoca el coronavirus, saber que Alberto, Kicillof y Larreta trabajan “codo a codo” contra la pandemia es algo que transmite confianza y tranquilidad. Por unas horas, la polarización se disipó en la Argentina.

Parece un dato menor, pero no lo es. Porque a nadie le hubiera llamado la atención escuchar al finalizar la reunión a representantes del kichnerismo cuestionar la herencia recibida y recordar, por ejemplo, que el macrismo había relegado la cartera de Salud para pasarlo de ministerio a secretaría. Pero eso no pasó en Olivos. Nadie acusó a las recetas neoliberales o la desidia de la ceocracia por los problemas que enfrenta la Argentina.

La mesura también triunfó al otro lado. Porque tampoco hubiese sorprendido escuchar a representantes del macrismo cuestiontar las (in)decisiones que tomó el Gobierno, que tuvo un ministro de Salud que menospreció la amenaza del coronavirus y un ministro de Educación que pasó de decir el viernes que no era necesario suspender las clases, a cambiar drásticamente de panorama en tan solo dos días. Pero eso tampoco pasó en Olivos. Nadie criticó a la soberbia del kirchnerismo o la irresponsabilidad del populismo por la crisis que golpea a la Argentina.

No hubo reproches ni acusaciones cruzadas.
Hubo calma, compromiso y tolerancia


No hubo el domingo reproches, ni acusaciones cruzadas. Nada de eso se vio en la conferencia de prensa del anochecer de un día agitado, muy agitado. La imagen que transmitieron las señales de televisión fue muy distinta: hubo calma, compromiso y tolerancia. Una imagen, hay que decirlo, muy distinta a la que la grieta nos había acostumbrado.

Se vio entonces a un presidente extenuado por la agenda que le impone la realidad, pero muy sereno. No repartió culpas ajenas. Solo pidió solidaridad.

Se vio al principal líder de la oposición en ejercicio asentir a la derecha del jefe de Estado. No buscó protagonismo. No quiso aprovechar las circunstancias.

Y se vio al gobernador más importante del país tomando nota de lo que decía el Presidente. No dictó cátedra. Solo se limitó a apoyar.

Algunos podrán decir que la amenaza del coronavirus obligó a todos a olvidar sus diferencias. Es cierto. Pero también es cierto que ayer mismo, mientras los líderes políticos argentinos trabajaban buscando un acuerdo común para el beneficio de todos, Jair Bolsonaro encabezaba una masiva marcha para protestar contra la Corte Suprema y el Congreso. Miles de personas en las calles y falta de coordinación política: un escenario muy fértil para que el coronavirus haga estragos en Brasil.

El odio es un virus muy contagioso. Y si no se controla a tiempo puede acabar con una sociedad. El diálogo y el consenso siguen siendo la mejor vacuna.

Lo simple, lo previsible, lo correcto se vivió ayer en la Argentina. Y esto es una muy buena noticia. La grieta se quedó en cuarentena. Ojalá sea para siempre.


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