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Estética social

A Cristina hay que criticarla porque durante su gobierno la pobreza apenas bajó y no hubo cambios estructurales. 26 de julio, 2020

Ya empezaron los machitos del Grupo Clarín y de otros medios ultraopositores a denigrar a funcionarias del gobierno. Lanata lo hizo con Carla Vizzotti y después dijo que era un chiste que no se entendió: sí, lo entendimos perfectamente. ¿Qué es lo que a Lanata le resulta insoportable de Vizzotti? Que sea mujer e inteligente. Hay algo relativo a la imagen pública de las mujeres y su relación con el poder –en la que Cristina Fernández de Kirchner ocupa un lugar singular– sobre la que vale la pena detenerse. A riesgo de simplificar (pero para eso están los diarios) podríamos pensar en, al menos, tres modelos de mujeres con poder. El primero es la figura de la Dama de Hierro, Margaret Thatcher, por ejemplo. Es decir, la mujer que para llegar al poder y luego para mantenerse debe tomar los peores rasgos de la masculinidad –o de su estereotipo– como la dureza, eventualmente la crueldad. Es la mujer que es “peor” todavía que los hombres; temida antes que respetada, inflexible, carente de sentimientos.  

Un segundo tipo es el de la figura de la tía buena, poco sexuada y relativamente sensible. Vestidas de modo austero –pantalón con saco de tres botones, saquitos de lana, a veces polleras largas–, pelo corto, nada que llame la atención, un poco como una vecina de barrio de clase media sin atributos especiales. Portan la estética de una viuda que nunca rehízo su vida sentimental ni sexual, solo dedicadas al trabajo las 24 horas. Allí están Angela Merkel, Dilma Rousseff o Michelle Bachelet. Disimulando su sexualidad, disimulan también su pasado (una en playas nudistas, otra guerrillera, la tercera exiliada en Alemania del Este) hasta convertirse en líderes respetadas por su rigor, su eficiencia, su capacidad de trabajo. Cristina Fernández de Kirchner ocupa un tercer lugar. No es ni la Dama de Hierro ni la “tía buena”. Es alguien que, al mismo tiempo que ejerce el poder, expresa que mantiene su sexualidad intacta. Y allí la cosa se vuelve inaceptable. Yegua, fálica, histérica, todos los adjetivos denigrantes han sido dichos, como todas las ilustraciones denigrantes (de las violentas de Sábat a la tapa patética de Noticias masturbándose) han sido hechas. Colocada en ese otro lugar, se vuelve inasimilable para los machitos del periodismo vernáculo (y para no pocas mujeres). Pero a Cristina hay que criticarla porque durante su gobierno –y el de su esposo– la pobreza apenas bajó, no hubo cambios estructurales significativos, la corrupción fue inmensa (amigos kirchneristas, recuerden una cosa: la izquierda no roba, roba la derecha. Si se roba, ya no se es de izquierda) y varios etcéteras más. Sin embargo, una parte importante del odio que genera viene de la posición de mujer sexuada que ejerce el poder. 

Habría mucho más para decir sobre este asunto, pero me detengo acá: mis eventuales lectores se quejan cuando no hablo de temas culturales. Como si la cultura fuera un táper aislado de la economía, la política, la ideología y la estética social, asunto sobre el que versó esta columnita. Precisamente pensaba rematar retomando los escritos de Simmel –tal vez el fundador de ese tipo de pensamiento que entremezcla la sociología con la estética–, en particular sobre sus textos sobre moda, coquetería femenina y modernidad. Quedará para la semana que viene.


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