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Estética pública y tensiones privadas

24 de noviembre, 2019

Si uno es “progre”, se puede sentir correctamente ajustado si escucha a Patti Smith. El que no lo hace puede exigirse a sí mismo el no haber escuchado todavía el disco Horses acompañando la lectura de alguna novela de Anagrama sobre destinos trágicos de personajes oscuros. En alguna marcha por la legalización del aborto podría participar Patti Smith y cantar algún himno liberador con cientos de miles de mujeres aplaudiendo su actuación y repudiando la política de Donald Trump, al mismo tiempo que otros y otras, congraciarse con que ella le cante a Alberto Fernández mientras lo toma de la mano. El año pasado Patti Smith no lo visitó a Alberto Fernández mientras estaba también por Buenos Aires, ni las militantes por la legalización del aborto lo abrazaban mostrando sus pañuelos. En poco tiempo, y con la necesidad urgente de la gestión, Alberto va ubicándose en una secuencia muy específica de gustos y preferencias para ir intentando aclarar quién ahora va a ser presidente. Pero eso cubre su lado público, mientras el privado, que define el poder, todavía está en proceso de composición, y justamente ese proceso explica también el lado público.

El sistema político tiene una cantidad enorme de protagonistas listos para ocupar todo tipo de cargos, y esos mismos protagonistas están disponibles en cantidades considerables. La mayoría de esos políticos y políticas no necesitan mayores especificaciones ideológicas porque están destinados, como siempre señalaba Max Weber, a la gestión de la burocracia. Si Guillermo Nielsen escucha el Genesis de Peter Gabriel o el del período de We Can’t Dance es irrelevante para su disposición a negociar quita de deuda con el FMI, tampoco si Claudio Moroni prefiere a Florencia Bonelli o a Aleksandr Solzhenitsyn para discutir sobre una reforma laboral. Lo que piensan es importante en relación con orientaciones de su gestión, pero nunca a un nivel tan abierto y generalizado como le ocurre a un presidente. Así, mientras Alberto Fernández se va llenando de posiconamiento abierto y generalizado, las decisiones de los ministros transcurre sobre canales no tan sencillos de ver.

El tiempo que transcurre sin todavía total claridad sobre los nombres de la futura gestión desnuda la real política. La romántica e ilusionada es la que une las manos de Patti Smith con la de Alberto; y la dura y furiosamente terrenal es la que amontona los diálogos privados entre Alberto y Cristina. Lo que allí ocurre no es subido a las redes sociales y por lo tanto no es compartido como tantos otros momentos amenos del presidente electo. La dilación en la comunicación es el indicador de tensiones de una alianza electoral que tuvo que adaptarse en su mismo andar y que probablemente hoy, con el poder ya en la próxima esquina por llegar, se encuentre frente a su conflicto más grande. Es más fácil hacer campaña contra Macri y Peña, que lograr que Cristina no interrumpa la decisión de un cargo de ministro.

Cuando Macri debía definir hace cuatro años su gabinete lo hacía desde su total centralidad y sobre equipos técnicos cuyo trabajo había acompañado a su proyecto electoral. Su derrotero demostró que no necesariamente eso es garantía de calidad, pero sí de hegemonía interna. Macri fue el centro indiscutido de Cambiemos, y en todo caso su situación ahora de derrotado puede modificar esa condición pero ya fuera del gobierno. Hasta qué punto puede Alberto Fernández reproducir esa situación no queda todavía del todo claro, y una dilación más de lo necesario en lograrlo puede no ser una buena señal para conformarse como el líder indiscutido de la nueva experiencia de poder en Argentina. Decir que está a favor de la legalización del aborto es hoy mucho menos riesgoso y de menores consecuencias, que errar con un candidato a la gestión que provoque la ira de Cristina. La visita de Alberto a Cristina puede parecer la de un jefe de Gabinete, y no la de un presidente, cuanto más tiempo se extiendan las definiciones.

Los espacios públicos, abiertos y generales, con gente amontonada, y los pequeños con reuniones abreviadas y cordiales permiten para el futuro presidente una propaganda de armonía en formato total de contraste con las instancias de negociación privada. Parece Alberto un revolucionario, arrojando carisma y rupturas con el pasado reciente y la forma macrista de hacer política, pero en realidad son los minutos en que sale a pasear para despejarse un poco, mientras se acuerda, como nunca antes, por qué prefirió irse del gobierno.

*Sociólogo.


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