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Defensor de los Lectores

Entre el sensacionalismo brutal y el alma de Gabo

28 de junio, 2020

Hace diez días, una emisión televisiva del programa No mentirás por la red PAT, en Bolivia, puso en el aire en directo durante media hora, sin interrupciones, la agonía y muerte de un paciente de Covid-19 en Santa Cruz de la Sierra. Las imágenes, de una crudeza solo registrada en transmisiones de actos de guerra –y tal vez peor aún– generaron en el vecino país reacciones de rechazo casi generalizadas, aunque el suceso dejó también al descubierto un desafío que los periodistas de este mundo en crisis sanitaria estamos viviendo cotidianamente, reformulando siempre cuáles son los límites del ejercicio de este oficio al informar sobre la pandemia y sus consecuencias.

En los últimos tiempos, este tema ha instalado un debate público que es potenciado por tanto tiempo de obligado encierro y parece haber desdibujado en algunos medios de comunicación y también en las redes sociales cuáles son los límites a los que nos debemos quienes tenemos la tarea de informar. Sabido es que la influencia de los medios, en particular los electrónicos, los de más fácil acceso a la sensibilidad de las audiencias, están ejerciendo su poder, tanto para aportar datos y opiniones en sentido positivo como para transmitir temerarias apreciaciones, cuando no informaciones falsas, engañosas o sesgadas que nada aportan a la tranquilidad necesaria para afrontar estas dramáticas horas.

La pandemia trepó en nuestro país a los programas del corazón, a los espacios televisivos habituados al escándalo y a los avatares de los protagonistas del show business. Sirvió, también, para alimentar los cinco minutos de fama de conductores, conductoras, panelistas y opinadores, tanto vinculados a este tipo de programas y espacios como a otros, incluyendo los noticiarios. La cuarentena y sus efectos pasaron a ser un tema más –importante, sí, pero no excluyente– del debate, con afirmaciones poco recomendables en los medios de comunicación.

Desde esta columna, la propuesta del ombudsman es recomendar a los lectores de PERFIL que separen –una vez más– la paja del trigo. Una cosa es aceptar como válidas las opiniones y datos aportados por quienes saben y otra muy distinta tomarlas como valederas si su origen es parte de esa ambición de celebridad barata que parece crecer en estas latitudes.

Algo para recomendar. “La enfermedad del insomnio que se propaga por el universo de Gabriel García Márquez, que impide que sus personajes puedan conciliar el sueño y que, luego, los arrastra a una condición más crítica, el olvido, está tan cargada de referencias y similitudes con la pandemia que atraviesa el mundo a causa del coronavirus, que Leonardo Aranguibel, un productor venezolano, decidió inspirarse en esa historia para, a través de las lecturas de sus fragmentos, recordarnos que ‘el sol siempre vuelve a salir’”. Esta es la introducción a una entrevista de la Fundación Gabriel García Márquez al anunciar, en estos días, la puesta en su sitio de internet de La peste del insomnio, un cortometraje de quince minutos imperdible, que ayuda desde la literatura –aunque como toda la obra de Gabo tiene contacto con el oficio del periodismo– a acercarnos desde un ángulo diferente a este drama que nos toca vivir. Fue realizado con la participación de treinta actores y actrices de América Latina, entre ellos los argentinos Ricardo Darín, Adrián Suar, Leonardo Sbaraglia, Lorena Meritano, Carla Quevedo, Gustavo Garzón y Flor Raggi. A ellos se les planteó que leyeran o interpretaran los fragmentos. “A cada uno le enviamos sus fragmentos de la obra de Gabriel García Márquez y todos pusieron su personalidad en el video. El resultado es una diversidad de interpretaciones que fluyen juntas de una forma preciosa”, explicó Aranguibel. 

Se puede ver La peste del insomnio en https://bit.ly/385BDtn.

 


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