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Entre 2001 y Malvinas

21 de marzo, 2020

Un espíritu muy distinto se hizo cargo de Argentina. Sobrevuela en todas las calles. El silencio grita en la ausencia su presencia. Es una invasión invisible. Como si bombas neutrónicas hubieran dejado los edificios y la infraestructura pero aniquilado a sus usuarios.

El virus, el Covid-19, no vino solo a llevarse las vidas del ¿uno? ¿dos? ¿tres? por ciento de los infectados que requirieran atención médica. ¿Equivalente a un millón de muertos en el mundo y casi 6 mil en Argentina? ¿El cero coma cero, cero, cero uno por ciento de la población? Sino a arrasar con la economía del cien por ciento de las personas.

Alberto Fernández ocupará roles más parecidos a Alfonsín en 1983 y Duhalde en 200, que a Néstor Kirchner

Un mazazo social muy superior a la crisis de las hipotecas en 2008, de una dimensión que nadie haya experimentado nunca porque solo podría ser comparable parcialmente a la recesión de algún tramo del crack mundial de 1929. Las previsiones son: caída del producto bruto mundial superior al 10% en el segundo trimestre y un 30% menos de comercio internacional, estimando que se pueda extender a más trimestres ya que, primero afectó a Asia, últimamente a Europa y se cree que recién comienza a hacerlo en Estados Unidos.

En Argentina los más grandes encontrarán algunas reminiscencias con la Guerra de Malvinas y los de mediana edad, con la crisis de la última semana de 2001 y su continuación a comienzos de 2002. Pero en algún sentido es peor porque la inmovilización social obligatoria es algo que no tiene antecedentes. Nunca antes el noventa por ciento de la sociedad tuvo que cambiar drásticamente sus hábitos. Esta cuarentena podría dejar modificaciones permanentes en comportamientos que se extendieran aun después de que el coronavirus haya podido ser contenido y se pudiera regresar a la vida normal. Lo normal de entonces será distinto a lo normal de hasta ayer. Pero lo más interesante aún: cierta subjetividad podría cambiar para siempre porque los cambios de costumbres, como prescriben los terapeutas conductivistas, generan modificaciones existenciales.

Si en los países desarrollados que concentran la mayoría del movimiento económico mundial la caída del producto bruto mundial podrían ser de dos dígitos, en países como la Argentina, donde la mitad de los trabajadores no está registrada y la incidencia de las pequeñas empresas sobre el total de la economía es mucho mayor que en países más desarrollados, nuestra recesión podría ser aún peor. Y el efecto sobre las pequeñas empresas, cuentapropistas y trabajadores no registrados arrastrará parte de las empresas más grandes, que tendrán serias dificultades para cumplir sus compromisos.

Frente a este tipo de calamidades, parte de los analistas prefieren esconder los pronósticos desalentadores porque el componente social de la economía hace que suceda lo que se pronostica y más aún cuando induce al pánico. Otros, siguiendo la escuela de ética médica que prescribe informarle al paciente de lo negativo, defienden su derecho a saberlo.

Covid-19 podría terminar siendo el mayor obstáculo que nos toque superar como sociedad

No todo será negativo. No solo porque el costo de la deuda externa argentina pueda reducirse más ante la caída de tasas de interés y la mayor predisposición de los acreedores a aceptar pérdidas, sino porque, si bien la deuda (el stock) es asfixiante financieramente por la concentración de sus vencimientos, más importante es el volumen de la economía (el flujo) y casi no importará cuando se achique el stock si proporcionalmente se achica más el flujo.

Lo positivo será que vivir una experiencia única nos permitirá modificar nuestra visión de la realidad, asignarles valores diferentes a las cosas, corregir, enriquecer y ampliar perspectivas, tanto a nivel individual como grupal. Cuanto más grande es la crisis, más rápida es la evolución: por eso la democracia llegó tras la derrota de Malvinas y la crisis de 20021/2002 consolidó la institucionalidad cómo única salida. La naturaleza desconocida de una crisis nunca vivida hace a la imaginación más importante que el conocimiento. Las sociedades, como las personas, crecen cuando se miden con los obstáculos. Y el Covid-19 probablemente sea el mayor obstáculo que nos tocó superar.


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