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POLITICA EXTERIOR

Enfrentar la hiperglobalización

La Argentina debe optimizar la manera en que se integra al mundo. Para eso necesita impulsar críticas reformas institucionales en el plano doméstico. 8|09|19

En un momento en que la Argentina debe reflexionar sobre cómo interactuar con el mundo y enfrentar los desafíos potenciales que plantea un acuerdo Mercosur-Unión Europea, es útil prestar atención al pensamiento de Dani Rodrik, de la Universidad de Harvard y gran examinador de la globalización.

Para Rodrik, varios de los problemas que las naciones enfrentan en lo económico y social tienen sus raíces en los años 90, cuando los policy makers –diseñadores de políticas– colocaron al mundo rumbo a la hiperglobalización. Con este enfoque, las economías domésticas serían puestas al servicio de la economía global en vez de poner la economía global al servicio de las economías domésticas. Rodrik argumenta que la hiperglobalización fue reemplazando al sistema de Bretton Woods en lo financiero y al del GATT en lo comercial. Para Rodrik, estas instituciones habían ofrecido suficientes grados de libertad a los países, para definir sus modelos de crecimiento e integración al mundo.

En lo financiero, la transfomación se caracterizó por un cambio en la actitud de los gobiernos: de administrar flujos de capitales a proponer su liberalización. Instigados por los EE.UU., y con la ayuda de la OCDE y del FMI, las diferentes naciones liberaron vastas cantidades de financiamiento de corto plazo, para buscar altos retornos, más allá de sus fronteras. Pero la globalización financiera se convirtió en el fin, y las naciones en medios para alcanzarla. Los economistas y policy makers de países en desarrollo comenzaron a evaluar cada elemento de su economía doméstica con los ojos de los mercados globales. Obtener la confianza de los mercados financieros se convirtió en la principal  medida de éxito de sus políticas monetarias y fiscales.

Así, Rodrik afirma que las naciones deben recuperar grados de acción en lo económico para beneficio propio. Por ejemplo, deberían recuperar el concepto de que los gobiernos nacionales puedan controlar el flujo de capitales de corto plazo, para evitar sus impactos negativos, dada su escala versus los mercados locales. En este punto, es interesante notar que el FMI revirtió su oposición al control de flujo de capitales de corto plazo, después de aceptar que su aplicación en casos como en el de Chile en los 90 fue positivo para el país.

En lo comercial, según Rodrik, la transformación comenzó con la creación de la Organización Mundial de Comercio (OMC) en 1995, que no solo hizo que a los países les fuera más difícil defenderse de la competencia internacional, sino que se extendió a áreas que no se habían tocado previamente: la propiedad intelectual, la política industrial, los servicios y las regulaciones sanitarias.

Rodrik resalta que los países no comercian para dar beneficios a otros países, sino para crear beneficios a nivel doméstico. Cuando estos beneficios son distribuidos en forma equilibrada y justa a través de la economía doméstica, no hacen falta reglas externas para forzar una integración comercial; cada país adoptará esta apertura voluntariamente.

Rodrik dice que, aunque claramente no se puede resucitar el sistema GATT en lo comercial, el unilateralismo elegido por Trump no es el camino a seguir. La elite política global debe trabajar para revivir la legitimidad del sistema de comercio internacional en vez de ahogarlo. Para lograr más apoyo popular, son necesarias nuevas normas que expandan los grados de libertad de los gobiernos locales para lograr sus ojetivos domésticos.

Como ejemplo, Rodrik señala que los países pueden hoy aplicar medidas transitorias como las tarifas antidumping, para los casos en que los productos son vendidos por debajo de su costo. Con el mismo espíritu, la OMC debería dejar que los gobiernos puedan reaccionar ante el dumping social, o sea cuando se violan los derechos de los trabajadores del país productor para mantener los salarios bajos.  Rodrik afirma también que la OMC debería flexibilizar las reglas para los países en desarrollo en cuanto a subsidios, inversión y propiedad intelectual.

En lo social, Rodrik resalta una gran paradoja: que el gran empuje hacia la hiperglobalización a partir de los 90 ha llevado a altos niveles de integración económica en el plano internacional, mientras que al mismo tiempo ha producido altos niveles de desintegración en el doméstico. A la vez que las elites profesionales de las finanzas y de las empresas transnacionales se han conectado con sus pares a través del mundo, se han distanciado de sus compatriotas. El populismo observado en varias naciones parece ser un síntoma de esta fragmentación.

Rodrik considera que el proceso de hiperglobalización, librado a su propia dinámica, siempre crea ganadores y perdedores. Pero repetir esto en forma hipócrita no es una solución ni para un país ni para el mundo. Un principio básico para una nueva globalización debería ser que cualquier cambio en las reglas debería producir beneficios para todos en vez de para unos pocos.

Ante estos desafíos, la Argentina debe procurar optimizar la manera en que se integra al mundo. Pero para realizar esto con éxito, debe realizar a nivel doméstico una crítica labor en cuanto a reformas institucionales que, por un lado, ayuden a avanzar en esta integración, mientras que, por el otro, se acelere la inclusión de toda la población a este desafiante proceso.

A su vez se deben adoptar medidas que ya han probado ser útiles para disminuir los impactos negativos de la hiperglobalización, como el control de capitales especulativos de corto plazo. Adicionalmente, debemos incluir, como propone Rodrik, medidas para limitar el mencionado dumping social y, siguiendo la lógica del profesor, limitar las normas de propiedad intelectual en los acuerdos comerciales a lo ya acordado en la OMC. De acuerdo plenamente o no con Dani Rodrik, sus ideas pueden ser útiles para este momento de profunda reflexión que debe darse la Argentina en materia de política y comercio exterior.

 

*Autor de Buscando consensos al fin del mundo: hacia una política exterior argentina con consensos (2015-2027).


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