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El quinto Gato

. 7|09|19

Dos proyectos artísticos conviven en la fórmula del Frente de Todos. El de Cristina, cuya campaña es un tour libresco en torno a su debut Sinceramente, un acontecimiento inédito en la política. Y el de Alberto Fernández –aunque el género que cultiva Alberto no es la “literatura de Estado”, como Cristina y Sarmiento. Alberto encarna al artista que quiso ser y no fue.

Camaleón de la trastienda política, no es casual que el candidato del Frente de Todos haya pasado por (casi) todos los partidos políticos de su tiempo. Cuando cursaba Derecho, Alberto se acercó el Partido Constitucionalista Nacional que dirigía su tocayo el derechista Assef. La historia de Alberto está escrita, en parte, por sus correligionarios traicionados: el diputado Carlos Kunkel lo acusó de ser apoderado del “partido nazi” durante la dictadura (Alberto era presidente de la Juventud). Luego Alberto explicó que Assef entonces “era parte de la lista de Luder”. Pero en el 83 el PCN llamó a votar en blanco, y podemos imaginar al joven y bigotudo Alberto, presidente juvenil, empapelando la ciudad por el voto en blanco. Luder fue derrotado por Alfonsín en 1983, pero en 1985 Fernández se las ingenia para entrar en las huestes radicales, en el Ministerio de Economía de Sourrouille, impulsor del Plan Austral.

Por las noches Alberto prueba suerte con la guitarra en los bares. Si en política sabe rosquear con los hombres fuertes de los partidos que frecuenta, el mundo del arte le es más esquivo. Toca la guitarra desde los 11 años y compone desde los 13; toma clases por un año con Litto Nebbia, su ídolo. Pero no formó parte de la bohemia porteña, ni se interesó por la vanguardia del momento. Su inspiración está en el pasado: Los Gatos (banda de Litto) y Bob Dylan, el trovador esencial de los 60 (que da nombre a su perro). A diferencia de Néstor y Cristina, dos setentistas, a Alberto lo tiran los 60. El mismo eligió la música de su primer spot: un tema de Los Beatles, que tuvo que bajar por violar el copyright.

Cuando asume Menem, Alberto pasa a trabajar en Seguros de la Nación bajo Cavallo. Deviene tesorero de la fallida expedición de Duhalde, que pierde contra De la Rúa en 1999. Retorna a Cavallo: en 2000 Alberto es electo legislador. Da clases en Derecho y teje sus lazos con el Grupo Calafate, hasta que deja la Legislatura para sumarse a las aspiraciones de Néstor Kirchner. Alberto era un operador menor del cavallismo, pero su salida fue polémica: su lugar vacante lo ocupó Elena Cruz, famosa por frases como “Los desaparecidos fueron 254”. El peronismo se escandalizó; a Alberto lo llamaban con sorna “Eleno Cruz”.

Siempre operador, un ser gris en bambalinas, Fernández miró de cerca cómo otros eran los grandes, los talentosos, los que arrastraban votos.

Fue jefe de Gabinete de Néstor y luego continuó en ese rol con Cristina. Renunció durante el conflicto del campo, la crisis que dio identidad al proyecto cristinista: un populismo combativo calentado por las novedades de Lula y Chávez (Alberto había desfilado por todos los partidos, pero nunca rozó la izquierda). Lo señalan como “hombre de Clarín”.

Con la grieta surgió la nueva carrera de Alberto: el renegado K, el Judas racional ante “los excesos” de Cristina. Comienza su vida de troll desde el llano. Alberto se sumerge en un género plebeyo, donde afloran sus dotes de poeta marginal: “pajero estalinista”, “hasta los putos son más dignos que vos”, “andamos muy bien, pedazo de hijo de puta” son algunos de sus hits en Twitter. Son años duros, lo acusan de traidor. Alberto se defiende, a veces a los golpes, como en el video donde empuja a un señor al ritmo de I’m Coming Out, de Diana Ross. Mientras, aprovecha para grabar los temas que compuso a los 13, donde copia el sonido de Los Gatos, con parches de los Beatles; sin capacidad de autocrítica, apenas logra imitar los rudimentos de sus ídolos.

Alberto encarna la grieta K con el peronismo: es su capital político. Juega a ser el hombre capaz de moderar a la indomable Cristina –un Néstor imaginario que se llama como ella. El tropo patriarcal de un álter-marido: ser la racionalidad que aplaca y endereza la pulsión de la Señora.


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