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El polvo y la inmortalidad

21 de noviembre, 2020

Durante la campaña electoral de las elecciones francesas de 2007, la escritora Yasmina Reza, autora de la comedia Art, acompañó a Nicolas Sarkozy durante la campaña electoral. De esa relación, a propuesta de la escritora y aceptada sin condiciones por el candidato, surgió un libro, El alba la tarde o la noche (sin signos de puntuación, respetando el original francés que anuncia, desde el título, el bucle temporal y emocional del texto). Reza se acerca a la intimidad del personaje, la comparte como testigo omnipresente y la duda surge: ¿se trata de displicencia o, por el contrario, de una exposición interesada del personaje para comenzar el ciclo presidencial con una versión escrita de su impronta?

En un vuelo nocturno, regresando de un acto, Sarkozy corrige a Reza durante una conversación y le objeta confundir deseo y ambición. Tiene razón, admite ella. «La ambición transforma el deseo en incandescencia», arriesga Sarkozy: «Hay momentos en que aspiro a menos incandescencia». Después le enumera logros: quería un partido y lo tuvo, soñaba con ministerios que ocupó y quería estar ahí, en la carrera electoral que ganaría, lo sabía por las encuestas y el estado de las cosas en aquel momento de Francia, y ya no tiene más emoción: «Ya estamos en la presidencia; ya no estoy antes», confiesa.

Esta semana ha salido a la venta la primera parte de la autobiografía de Barak Obama: desde el principio de todo hasta el final de Bin Laden seguido, en directo, con su equipo desde la room situation de la Casa Blanca.

En un pasaje del libro, Obama recuerda un viaje a Egipto y describe el rostro de una figura grabada en una pared cuyo rostro, curiosamente, encuentra parecido al suyo. El expresidente, sin mencionarlo, parafrasea al poema de Shelley, aunque la pista la deja en el título del capítulo, Ozymandias, la transliteración griega del apodo de Ramsés: todo fue olvidado, el faraón, el esclavo y el vándalo se convirtieron en polvo. «Así como cada discurso que di, cada ley que aprobé y cada decisión que tomé, sería olvidado. Así como yo y todos los que amaba se convertirían algún día en polvo», escribe Obama.

Trump ambiciona la eternidad. No hay polvo ante sus ojos.

También se puede entender lo expresado por Obama desde una inconsciente megalomanía que evoca la soledad de las estatuas pétreas en el desierto, hundidas en la arena. Su nostalgia del mañana se confunde con los sueños del faraón.

Es su relato. Aunque es el relato de alguien que, además de la gestión, es uno de los pocos mandatarios (tal vez Mitterrand, quizás Brandt) con profundidad intelectual: esa gestión tiene detrás un pensamiento desde el que construye un sentido que le permite leer no solo la emergencia de Trump sino un contexto que, como una mancha vio crecer en su mandato y augura que su expansión seguirá adelante ya que el mandatario ¿saliente?, es solo una pieza de una maquinaria mayor de control relativo: «Si no tenemos la capacidad de distinguir lo que es verdadero de lo que es falso, entonces por definición el mercado de las ideas no funciona. Y por definición nuestra democracia no funciona. Estamos entrando en una crisis epistemológica».

El anterior presidente demócrata, Bill Clinton, ya estaba atrapado en esto que señala Obama. En sus memorias, Mi vida, Clinton asegura que un mandatario ha perdido su capacidad de decisión u organización: «El presidente es el guionista, el realizador y el principal actor de una secuencia política que dura el tiempo de un mandato, al estilo de las series de gran audiencia como 24 o El ala oeste de la Casa Blanca».

El libro se abre con la cita de un poema de Robert Frost: «No menosprecies nuestro poder;/ Hemos abierto una vía/ Al infinito». Otro poema de Frost, podría cerrar el texto: «Dos caminos se bifurcaban en un bosque y yo,/ Yo tomé el menos transitado,/  Y eso hizo toda la diferencia».

*Escritor y periodista.


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