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El poder de la duda

10 de noviembre, 2019

Noviembre de 2019. El mundo es cada vez más antagónico, Latinoamérica cruje, la Argentina poselectoral parece consagrar un bifrentismo con forma de peronismo y no peronismo que consagra el fin de las terceras vías.

En ese bosque, ¿progresismo, estás? ¿Puede pensarse el progresismo como fuerza política transformadora o solo como ideario? ¿Es acaso algo más que una categoría sociocultural, la del progre?

Estas preguntas no son nuevas para un espacio de pensamiento que, al decir de Marcelo Leyras, es también una identidad híbrida y de contornos difusos: “No es un proyecto original ni un programa elaborado para alcanzar un propósito. Es resultado de la confluencia, y representa la revancha de quienes participaron de intentos fallidos para alcanzar otros objetivos, formulados de acuerdo con otras ideas y defendidos con otros lenguajes”.

Si hubiera que definirla por sus valores sustanciales, coincidiríamos en el respeto a las libertades individuales, el pluralismo y la equidad social. La cuestión es de prioridades y cómo la interpretación de cada tiempo histórico vuelve más relevantes algunos de esos principios sobre otros. Esta es hoy la conversación de los progresismos, una conversación llena de preguntas (la jactancia de los intelectuales, del siniestro Aldo Rico).

El progresismo también es duda, duda como construcción, novedad, creación. Duda, no incertidumbre. La duda es poder, como me decía hace unas noches la notable académica Sol Montero, en uno de esos interminables y maravillosos espacios de pensamiento común que tenemos los progres.

Esa aparente confusión es su fortaleza, el progresismo no se encorseta, nunca está cómodo, no se instala. Portantiero lo explicaba de manera magistral, por supuesto. En un artículo de la revista NUSO (2002), en relación con la discusión sobre estatismo o privatización, escribió: “Su clave es la introducción de una tercera dimensión, que supere la visión dicotómica que enfrenta de manera absoluta lo estatal con lo privado. Esa dimensión ausente es la de ‘lo público’, entendida como un espacio que pueda asegurar en los más extendidos ámbitos de la vida colectiva una mayor información, participación y descentralización de las decisiones. Es este crecimiento del poder de la sociedad civil; es este fortalecimiento del espacio público en relación con el orden estatal y el orden privado (…)”.

Portantiero dice “tercera dimensión” y no “tercera vía”, lo que permite pensar que el progresismo está llamado a cerrar la grieta atravesándola y no mirándola de afuera.

Al igual que esas nuevas formas de representación que nacieron en las luchas de las mujeres y les jóvenes, hay un rol que el progresismo puede protagonizar hoy en Argentina: el de ayudar a rearmar lo roto, acompañar las políticas de crecimiento con igualdad, señalar los errores y sectarismos, aportar imaginación creativa para volver a soñar.

Aquel histórico discurso de Raúl Alfonsín en Parque Norte –detrás del cual estuvieron Portantiero y De Ipola, entre otros– no pierde vigencia y bien podría sentar las bases para el progresismo argentino del siglo XXI. Dijo el presidente Alfonsín: “Nuestro país debe emerger de su prolongada crisis con vigor, y este vigor encontrará su alimento en la decisión de participar de todos los componentes de la sociedad; los responsables de interpretar y representar las necesidades y aspiraciones de los distintos sectores sociales deben asumir con firmeza y vocación de servicio esta exigencia. Debemos aprender a unirnos y a sumar el trabajo de cada uno con el del otro y crear así la transformación y lo nuevo. Es la unión de lo que cada uno de nosotros produce desde su lugar. El discurso político debe llegar con este nuevo espíritu de construcción a todos los argentinos. Estemos dispuestos a marchar juntos. Debemos lograr la unión de lo desunido”.

 

 *Licenciada en Comunicación Social. Especialista en comunicación política y organizaciones UNLP.


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