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Defensor de los Lectores

El periodismo de trincheras es monstruoso y pisa fuerte

11 de octubre, 2020

El gran desafío que se nos presenta a los periodistas en estos tiempos casi apocalípticos –pandemia, catástrofes naturales y provocadas, calentamiento global, presuntos desequilibrados al mando de grandes potencias, el engaño como práctica habitual y otros ingredientes no menos contaminantes- es el de intentar un acercamiento lo más aséptico posible al concepto de verdad. Transmitir a grandes audiencias –con sus infinitas variantes y expectativas- los hechos que suceden, conlleva el enorme riesgo de ofrecer una visión sesgada, peligrosamente incierta. Lo que para unos es verdad absoluta, para otros hay una vereda opuesta, con su propia verdad absoluta. Entre ambas posiciones, los medios y periodistas tenemos dos únicas alternativas: publicar lo que un sector quiere escuchar, ver, leer, sin que importe demasiado el grado de cercanía con la verdad que se ofrece; o dar cabida a la mayor cantidad de voces, de miradas, de interpretaciones, con una mejor y mayor administración de la información para que ninguna quede afuera.

La cuestión de la Verdad como un absoluto es disparada en la página anterior por el lector Miguel Ángel Reguera en una carta que, por sus conceptos, fue aceptada pese a su extensión. Pero la intención de este ombudsman es presentar a los lectores de PERFIL una mirada menos académica, más abarcadora en cuanto a las definiciones sobre la verdad y el periodismo. Lo mejor que podemos hacer quienes ejercemos este oficio es intentar un acercamiento a la verdad, aún a sabiendas de que no habrá verdad absoluta, sino la relativa interpretación de quien habla o escribe.

Estos tiempos nos obligan a extremar nuestra capacidad de análisis, de evaluación de datos y fuentes, para no caer en alguno de los extremos de la grieta, que no es un fenómeno exclusivamente local, sino que abarca a buena parte del mundo globalizado que nos toca vivir. “Existe una tendencia cada vez más extendida hacia el periodismo de trincheras, que consiste en narrar los hechos tal como a uno le gustaría que ocurrieran, hacer teorías, predicciones, propaganda si viene al caso, en vez de limitarse a explicar bien aquello que ocurre”, señalaba dos años atrás en La Vanguardia de Barcelona el Coletivo Treva i Pau (Tregua y Paz, una actualización del movimiento que luchó contra la tiranía de los señores feudales en el siglo XI). Lo integran periodistas, catedráticos, investigadores en diversas disciplinas. El artículo agregaba: “Es un riesgo construir debates sobre hechos no comprobados o deliberadamente sesgados. La mentira tiene las manos más largas que nunca porque dispone de más instrumentos”. En este orden, la influencia de las redes sociales “ha puesto de relieve la fragilidad de mantener la libertad en medio de tanta masa de información”. Facebook dispone de más de mil millones de perfiles personales que ha reconocido haber entregado a la empresa Cambridge Analytica. “No es que se haya perdido la libertad, sino que en su nombre se nos puede privar de ella”, señalaba la nota.

Lo vemos, vivimos y padecemos quienes estamos vinculados a la noticia como materia prima central. Y más, en estos tiempos en los que la posverdad no niega la verdad, sino que no la considera prioritaria. De ahí el cúmulo de noticias falsas o sesgadas que son consumidas en cantidades (y calidades) insostenibles y que marcan con artilugios espurios la cancha de la vida en el mundo. Sin tantas trampas, sin tanta información mentirosa, no habría en este mundo Trumps, Bolsonaros y otros personajes casi caricaturescos. Tampoco algunos de sus epígonos locales.

Por todo esto y mucho más, invito a los lectores de PERFIL a la tarea de mantenerse atentos, a no caer en la trampa binaria y separar paja de trigo.


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