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El gobierno de los comentaristas

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| Cedoc

Está claro que estamos actualmente gobernados por comentaristas, lo cual es una de las posibilidades de la literatura, pero no lo más recomendable para cargos ejecutivos dentro del sistema político. Así empieza la maravillosa obra de Bowie, Ziggy Stardust, con un relato de que solo quedan cinco años antes de que la tierra colapse como consecuencia de un desastre apocalíptico entre escenas de angustia, ya que quien lo cuenta acaba de enterarse de ese destino temporal, mientras observa el panorama general de desesperación que ocurre en las calles. Justamente los desastres naturales, incluso las pandemias, suelen ser tratadas bajo la categoría de peligros y no de riesgos. Los riesgos se basarían en un cálculo de un agente que puede decidir o no, realizar una acción bajo la idea de que existe alguna chance de fracaso o de éxito, de modo que su intervención en el mundo sería lo relevante, y no lo que el mundo le ofrece como destino trágico. La caída de un rayo, el Covid-19 o un terremoto, podrían entrar entre aquellas situaciones típicas de peligro, en tanto no serían manejables por las decisiones de una persona.

De modo que el mundo se ofrece, de este modo, con dos alternativas posibles: como el espacio para su intervención, o el escenario de sus consecuencias sorpresivas. La política gusta decir que sus protagonistas se involucran para cambiar el mundo, pero ante cada fracaso se excusan en las consecuencias de un mundo complejo que proporciona condiciones que hacen, que esa transformación, sea imposible. En los éxitos se es protagonista, en los fracasos víctima. El comentarista cuenta sus fatalidades como algo irremediable y sus acciones se describen como solo lo posible. Así se habla del país, como un destino demoledor.

El modo de dirigir las sesiones en la Cámara de Senadores por parte de Cristina Fernández ha recibido poca atención en lo que podría ser políticamente relevante. Enfrentamientos, ironías, discusiones y búsqueda de protagonismo acompañan la construcción de una escena que se aleja en modalidad de la que se observa en los cargos ejecutivos de nación y provincia de Buenos Aires. En la reciente confrontación entre Cristina Fernández y Martín Lousteau, la vicepresidenta dice lo más atractivo cuando pide “no, no, no, córteme el uso de la palabra también a Mayans” señalando con el dedo índice hacia el aire y pidiendo, a quien tiene a su lado, en formato de orden estricta, que ejecute esa orden. Los idas y vueltas en alguna ocasión con Silvia Elías de Pérez, la ironía abierta contra el senador Costa por la abstención en la votación de ley de Góndolas o incluso el recibimiento al Presidente el día de inauguraciones de sesiones ordinarias el 1 de marzo con gestos efusivos de rechazo, exponen la expansión sin pausas de cadenas de acciones donde su protagonismo está siempre garantizado.

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El tuit de recomendación a una columna de opinión expuso la dimensión de la relación entre impacto en términos de poder y la cantidad de energía que debe utilizar para hacerlo efectivo; y evidenciando claramente que posee la mejor ecuación disponible en el mercado. Mientras tanto el Presidente tiene que usar 22 minutos con Víctor Hugo Morales para justificar temas relacionados a Venezuela sin que quede claro si finalmente está a favor o en contra del régimen.

La soltura de Kicillof para explayarse en los anuncios de cuarentena en los detalles sobre un virus que matará a todos, contrasta con la total imposibilidad de decir alguna vez algo en relación a Berni. Su ministro armado, en moto o caminando por autopistas, recibe el rechazo abierto del secretario de Seguridad de la Nación, Eduardo Villalba, al mismo tiempo que muchas personalidades identificadas con el progresismo se horrorizan de verlo con armas de guerra en un allanamiento sin que se escuche absolutamente nada al respecto de su jefe. La facilidad para referirse al Covid-19 se sostiene justamente sobre su condición de “entorno” de la sociedad, ya que el virus en sí mismo no representa ningún compromiso ni acuerdo político, ni tampoco se puede establecer un diálogo conflictivo con él (podemos hablar bien o mal del virus, sin que el virus modifique sus operaciones por esas conversaciones).

El virus amenaza a la humanidad, pero no sus posibilidades de reflexión en torno a él. Las hipótesis de que existen enemigos que quieren instalar ideas de que el virus habría sido superado, conceptos alrededor del simbolismo de la General Paz o de cómo los países van hacia adelante o hacia atrás, fluyen con plasticidad para conformar una visión de estadista/comentarista totalmente imposibilitado de controlar los conflictos entre delito y fuerzas de seguridad, porque es más sencillo relatar los desajustes del capitalismo global, que controlar a la “bonaerense”.

Los conceptos sociológicos de “vivencia” y “acción” son interesantes para terminar de definir los perfiles aquí descriptos. Por “acción” se entiende la ejecución de un acto (Cristina indicando que silencien el micrófono); por “vivencia” se expresa una instancia en la que aquello que se ubica en una situación comunicacional, solo es vivenciado sin cuestionamiento alguno (recibir un pago por la venta de un producto o la aceptación de un nuevo descubrimiento científico como verdadero para un tratamiento de salud).

El poder político necesita de acciones, no de vivencias. Su desarrollo histórico en el mundo moderno se basa en la capacidad de que quienes gobiernan logren ser influyentes con sus acciones, en las acciones de otros, justo como Cristina Fernández sobre todo lo que la rodea, incluso con el Presidente.

*Sociólogo.