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El drama feminista de las series

8 de enero, 2021

Netflix anunció en su cuenta de Twitter que Gambito de dama se había transformado en su miniserie más vista hasta el momento. Sesenta y dos rotundas millones de personas vieron la miniserie en el primer mes desde su estreno, digamos que toda Italia y dos millones más. Me da entre ternura y tristeza recordar a las controles que trabajaban para las distribuidoras de cine y que contaban, a la entrada del cine, cada espectador con un cuenta ganado. Ahora las plataformas pueden volar países enteros, la bomba atómica en formato seguidores & usuarios en todo el globo terráqueo. Las escalas cambian, como la guerra del Golfo mirada por TV, el cielo abrasado por lucecitas rojas. 

La serie comienza en el orfanato de niñas donde la protagonista, Beth, conoce a una chica que cumple con todos los requisitos para ese personaje secundario –diccionario de bolsillo de eufemismo 2021–, aunque esa utilización del eufemismo, como el abuso de la ironía, ya cansa. Estará también la mujer que dirige el orfanato y un conserje que enseñará a la protagonista sus primeras lecciones de ajedrez. Luego será adoptada y para sorpresa de todos, (sobre todo de la verosimilitud), la joven será una celebridad del ajedrez. Habrá drogas, anfetaminas, lo que la critica tradujo como “deseo de clandestinidad”, una clandestinidad suave, buena. La serie vuelve a la mujer poderosa y un icono, entre tantos hombres en el ambiente del ajedrez. ¿A qué precio? Porque es imposible que no lo haya, yo siempre pregunto eso: ¿cuánto es? Cuando me dicen, nada, nada, la casa invita sé que es lo peor. A veces se ven las costuras, otras no. Algunas escenas de esta serie, (o de cualquier otra, porque ya no es original decir que la ideología las hermana) son el catálogo del buen guionista: Beth fumando después del coito, Beth destapada y el hombre cubriéndose los pechos, ella pidiéndole que se vaya a otra cama. Él en una posición de mujer abandonada, ella masculina, él deserotizado. En otra escena él lava los platos, enamoradizo, ella lo mira con frialdad y lo hace sufrir. ¿Estaría mal la inversión de roles aún desde el poncif, aún desde una mecánica donde se ve la intención a varios cientos de kilómetros? Si los productos audiovisuales tienen que funcionar desde la ideología vigente, puestos a tener que elegir, mejor hacer justicia y que sea la mujer la que vive y el hombre el que, por algunos siglos, lava los platos (en la ficción). Pero el problema no es que ahora el hombre de la ficción devenga el sometido y cargue con las características del imaginario (no confundir con la realidad, el imaginario es más fuerte) de lo siempre enajenado con lo femenino sino que esta maniobra es también un modo de instrumentalizar a la mujer, de operar con un fin preciso, una tomada de pelo. 

Entre tantas listas existe una con las escenas de las películas argentinas más misóginas. A la cabeza, la escena de El lado oscuro del corazón, cuando el personaje de Darío Grandinetti, Oliverio, apretaba el botón y la mujer con la que había tenido sexo caía en un agujero. Recuerdo haberla visto cuando se estrenó, yo tenía 15 años y nunca había estado en la cama con un hombre, ver que el poeta apretaba el botón y la hacía desaparecer me desconcertó. Era una película surrealista, pero ya se sabe que Ionesco y Beckett son hiperrealistas, y la realidad, muy beckettiena y ionesquiana. Lo que sucede ahora en las series me recuerda al grotesco de esa escena, que envejeció mal, por lo programático, por la demagogia. 

En la misma plataforma, la comediante australiana, Hannah Gadsby creó Nanette, un monólogo por momentos valiente en el que expone cómo mujeres y personas LGBTQ como ella son maltratadas. En ese mismo monólogo cuenta también que un día la increparon al final del show porque el contenido de su coming out no fue suficientemente lesbiano. Así a la lista de antiguos verdugos, básicamente todos, la sociedad entera, ahora sumaba una más. El mercado y el espectador siempre pedirá más sangre, más trauma, no es suficiente que haya hecho el coming out en vivo, eso ya es burgués, ya no trasgrede, no asombra, es la lógica del violador, del escándalo, más más más.


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