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Eurasia / PANORAMA

El conflicto entre India y Pakistán

Para Rusia y China, es clave evitar una escalada en Cachemira para consolidar su influencia en la zona y contrabalancear la hegemonía global estadounidense. 14 de abril, 2019

La Organización de Cooperación de Shanghái (OCS), impulsada por China y Rusia, es parte de un complejo entramado institucional y de cooperación en varios campos, que –junto a la Unión Económica Euroasiática (UEEA), la iniciativa Una Ruta, Una Franja (BRI) promovida por Beijing, y la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva liderado por Rusia– configura el entramado institucional para el desarrollo del proyecto de la Gran Eurasia. Este proyecto apunta a crear un polo euroasiático que sirva para contrabalancear la hegemonía estadounidense y el peso de Occidente en la conformación del sistema liberal internacional, y para desarrollar una modalidad de gobernanza global alternativa.
Creada en 1996 a partir del grupo de “los cinco de Shanghái” (China, Rusia, Kazajstán, Tayikistán y Kirguistán), al que se sumó posteriormente Uzbekistán, la OCS tuvo por propósito inicial desarrollar la cooperación entre estos países para enfrentar el terrorismo, el extremismo y el radicalismo islámico en la región, y garantizar la seguridad y la estabilidad de la misma. El tándem China-Rusia fue su principal promotor, en un contexto inicial en que estas tres amenazas eran percibidas como el principal factor de desestabilización regional. Para China, por la potencial eclosión de un movimiento separatista de la etnia uigur, de religión islámica, en la parte oriental de su territorio, la región autónoma de Sinkiang, y que los uigures independentistas prefieren denominar Turquestán Oriental o Uiguristán. Para Rusia, por el conflicto en Chechenia, donde desde la década del 90 se involucró en dos guerras con el movimiento separatista islámico, con una serie de ataques terroristas en territorio ruso que persistieron hasta comienzos de la presente década. Para algunos de los restantes países de Asia Central, por la amenaza que representa el desarrollo de movimientos radicales islámicos.
Sin asumir un papel de alianza o bloque militar, por su composición geográfica y por su propósito inicial, la OCS constituyó un importante mecanismo para evitar la intromisión de Estados Unidos y de la OTAN en los conflictos regionales, y progresivamente amplió su agenda a otros temas, incluyendo la cooperación económica, el desarrollo de una infraestructura de transportes entre sus miembros y la gobernanza regional en general, como parte de un rompecabezas que sustentaba la construcción de una Gran Eurasia en el marco de la creciente convergencia estratégica entre China y Rusia.
Muchos de los países vecinos solicitaron estatus de observador o de miembro asociado a la organización. A la incorporación de India y Pakistán como miembros plenos el 9 de junio de 2017 –una jugada de alto riesgo para Beijing y para Moscú–, se sumó la participación como miembros observadores de Afganistán, Bielorrusia, Irán y Mongolia, mientras que Sri Lanka, Turquía, Azerbaiyán, Armenia, Camboya y Nepal se incorporaban con un estatus de “socios de diálogo”.
Ante la insistencia de China de incluir a Pakistán como miembro de la organización, Rusia promovió la incorporación de la India. Con este paso, ambas potencias confiaban en mantener un equilibrio regional como para poder moderar el conflicto indo-pakistaní en la zona de Cachemira. De hecho, India y Pakistán participaron por primera vez en la Cumbre de la OCS en Quindao en junio de 2018, durante la cual el presidente Xi Jinping propuso la creación de un fondo especial para promover una “comunidad de destino compartido” y de “mutuo beneficio” en el marco de la organización. La iniciativa china de Una Ruta, Una Franja se constituyó, en este sentido, en un mecanismo importante de conectividad y articulación económica de la región y se vinculó con la UEEA, bajo predominancia rusa.
El conflicto desatado entre India y Pakistán en febrero de 2019 es el primer conflicto abierto que se produce entre dos países miembros de la OCS y abre un interrogante sobre la capacidad de esta organización de lidiar con él. De hecho, constituye una prueba de fuego para la configuración del proyecto de la Gran Eurasia como contrapeso a la primacía atlanticista/occidental en el sistema internacional. Mientras que las relaciones entre India y Rusia han sido estrechas desde la época de la URSS, recientemente Moscú ha desarrollado relaciones más fluidas con Islamabad. Por su parte, China comparte frontera con la región disputada de Cachemira, y tiene vínculos importantes con Pakistán y con la India que necesita equilibrar, en tanto Pakistán es uno de sus aliados más cercanos en la región.
La guerra comercial que mantiene China con EE.UU. ha obligado a Beijing a buscar socios comerciales alternativos. Consecuentemente, China ha comenzado a reconstruir sus lazos con una potencia en crecimiento como India, pese a su rivalidad regional y a los vínculos de Nueva Delhi con Washington en el marco de la iniciativa de seguridad del Indo-Pacífico. A esto cabe agregar que China tiene su propia disputa fronteriza con la India en la zona de Doklam, cerca de las fronteras de la India, China y Bután.
El reto es muy claro, tanto para China como para Rusia. Ninguna de esas naciones quiere involucrarse directamente en el conflicto, pero aspiran a ayudar a su pronta superación o, al menos, a evitar una escalada. Lograr estos propósitos en el marco de la OSC validaría tanto la consolidación de una Gran Eurasia como una zona de paz – cuatro de las potencias nucleares mundiales son miembros de la OSC (China, Rusia, India y Pakistán)–, como un nuevo polo gravitacional en la política internacional que podría impulsar modelos alternativos de gobernanza global. Fracasar en este intento implicaría posiblemente recurrir a la participación de Washington, promotor de la alianza del Indo-Pacífico para contener a China y siempre pendiente de los altibajos de la seguridad regional en Asia-Pacífico, para evitar un conflicto mayor, con peligrosas implicaciones para la región y con un impacto global, pero también pondría en cuestión la efectividad de las políticas crecientemente asertivas de Rusia y de China en el sistema internacional y la efectividad de una pieza clave como la OCS en el tablero euroasiático.n

*Presidente de Cries y analista internacional.

Andrés Serbin*

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