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Dónde está el piloto

11 de octubre, 2020

Como si la canción fuese la misma semana tras semana, aunque con tonos cada vez más graves, el Gobierno luce sin lustre para escapar de una dinámica declinante, peligrosa a la hora de gestionar.

El declive arrancó probablemente cuando Alberto Fernández debió abandonar su relato científico para justificar una cuarentena dura, motivado en que gran parte de la sociedad porteña y conurbana se le había rebelado, en muchos casos por agotamiento, angustia o necesidad.

Fue hermoso (para el Presidente) mientras duró. Esa conducción férrea lo llevó a la cúspide de apoyo, impensable en una Argentina fracturada en muchos sentidos. Ese pico no volverá, sobre todo cuando la pandemia luce indomable más allá del AMBA y nos acercamos a los 25.000 muertos, una cifra que parecía impensada e intolerable hace dos meses.

Lanzado por ello mismo a un discurso y a una gestión “despandemizados”, Alberto F exhibió las debilidades de su administración. Los pasos en falso, las idas y vueltas, las disputas internas, se convirtieron entonces en moneda corriente. Aún resta dilucidad si como causas o efectos, pero que están, están. Y en el peor momento.

En el equipo económico es donde impactan más las contradicciones y el fuego amigo, por más que el periodismo se quede embelesado con el caso del voto argentino contra Venezuela.

El ministro de Economía, Martín Guzmán, asegura en un reportaje dominical que no se restringirá el cepo. Dos días después, el presidente del Banco Central, Miguel Pesce, cierra casi en su totalidad el cepo. Guzmán anuncia varias medidas para que se liquiden divisas y aumenten la cantidad de dólares en el sistema. Horas después, Pesce decide aumentar las microdevaluaciones diarias del peso. ¿Quién va a liquidar dólares hoy sabiendo que en una semana va a estar más caro según el propio Gobierno?

Ninguno de los que comparten “la mesa de los martes” con Alberto F (Máximo Kirchner, Sergio Massa y Wado de Pedro) se animan a decirle que debe desprenderse de Pesce, aunque compartan entre ellos esa sentencia fuera de Olivos. El Presidente es el único sostén de la máxima autoridad del Central, pese a que da señales públicas de bancar a Guzmán.

Este cortocircuito es apenas un ejemplo de los muchos que cunden en el oficialismo, sin que el Presidente zanje. Y agitan además dos fantasmas.

Uno es el de quienes que están afuera del Gobierno, o en los márgenes, que se autopostulan para un ingreso o ascenso y sólo embravecen aún más las olas del internismo.

El otro es el de los rumores que ponen en duda la estabilidad institucional, que estos días intentó la insólita instalación de Massa como posible nuevo Jefe de Gabinete para que Máximo asuma al frente de la Cámara de Diputados e ingrese a la línea de sucesión presidencial. Un desvarío. Uno más, en una cadena con cada vez más errores y con cada vez menos margen.


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