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Diario de Beautiful Mont 5

8 de febrero, 2020

Como Gustavo se tenía que volver a Bahía para festejar el Año Nuevo con su familia, decidimos festejar el Año Nuevo un día antes.

El día previo estuvo lluvioso, muy caluroso, con un calor estancado, como un bloque de cemento en medio de la calle. Este calor precipitó un corte de luz y las aspas del ventilador del cuarto de hotel donde estábamos con mis hijos dejaron de moverse y se apagó la tele donde ellos veían una película.

Estábamos metidos adentro por el calor intenso y porque pensábamos ir después de que bajara el sol a la casa donde estaban Santiago, María, sus hijos y Gustavo, que quedaba en la otra punta del balneario. Nosotros estábamos pasando el centro y ellos cerca del faro.

La casa de Gustavo la construyó su papá y queda en un callejón de arena rodeado de casitas de irregular construcción; si venís desde la playa parece el callejón de Don Gato.

La casa es chica, con un patio de entrada, un living a un costado, una cocina estrecha y dos piezas, una con una cama matrimonial y otra donde se amontonan dos camas marineras. La casa parece haber sido sacada del horno antes de tiempo. Por un pasillo estrecho se pasa a otra pieza –cuyo techo se está desintegrando y uno puede dormir ahí viendo las estrellas– y se llega a una pequeña parrilla.

El día de Año Nuevo para nosotros –el 30 para los demás– salimos con mis hijos en mi auto a recorrer las calles del lugar para imaginarnos un trazado.

La calle céntrica repleta de gente y charcos que dejó la lluvia y ahora el sol que volvía de manera vigorosa a imponer sus condiciones. Recuerdo que mi hija me dijo que el Sol se iba a extinguir en cien millones de años y yo deseé que se adelantara un poco ese cálculo, porque no daba más de calor.

Paramos el auto para recorrer las calles del centro: casas de videojuegos, restaurantes con gente quemada adentro, heladerías, lugares de venta de ropa de verano, inmobiliarias, churrerías, librerías repletas de best sellers y –un descubrimiento genial– un pequeño local que parece servir solo para arreglos de ropa. El cartel en la puerta dice: “Abrimos cuando llegamos, cerramos cuando nos vamos”.

Detrás de los vidriera –la puerta también es de vidrio– se ve a una anciana trabajando con un vestido, ajena al trajín de la canícula. Este local es un pequeño haiku en medio de la prosa estéril de las vacaciones. No es un local de alguien que espera el verano para hacer plata, tiene algo de la permanencia en medio de la impermanencia. Está ahí ahora y seguro estará abierto también cuando nos vayamos los turistas y llegue el invierno y la marea avance sobre las anchas playas. Me gustaría entrar y hablar con la señora que trabaja ahí, pedirle que me cuente de su oficio, de su vida; da la sensación de ser una persona que puede transmitir experiencia, ese combustible tan difícil de conseguir.

Pero pasamos de largo y volvemos al auto y vamos para la casa de Gustavo, para lo cual me meto en una calle paralela a la playa que está en una condición precaria, y cuando consigo entrar en un cruce de caminos y avizorar un edificio abandonado que tengo como referencia, sé que estoy cerca.

Ya en la casa, bajamos las sillas de camping a la playa y toda la parentela: mis hijos, los hijos de los otros, Gustavo, María, Santiago y yo comemos sándwichs y tomamos agua mientras el viento nos escupe arena sobre todo.

Al lado nuestro está un hombre parecido al Pocho Lavezzi con una mujer extremadamente gorda y dos hijos pequeños que por el color de la piel parecen haber estado guardados en algún lado.

El tipo se muere por hablar con alguien y yo cometo el error de hacer contacto visual, y como si esto solo lo activara, me dice que es de Santa Rosa y que le encanta cazar jabalíes.  Me pregunta si los niños –que ahora corren jugando con una pelota y metiéndose en el mar– son míos.

Giro la cabeza para mirarlos: ellos están ahí en un tiempo mudo, en la infancia del lenguaje, chapoteando en la espuma del mar, y cuando vuelvo a mirar a Lavezzi, le digo: sí, son todos mis hijos, de diferentes madres.


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