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Derrota del significante Macri

. 21 de septiembre, 2019

Hay frases que imprimen huellas en el diálogo público. Que también aclaran por dónde pasa lo real. Una de ellas es: “A la mierda los prolijitos, nos están llevando a la ruina e hipotecando el país”, dicha en la conmemoración del mayor aniversario peronista, el 17 de octubre pasado en Tucumán. Su autora fue la diputada Graciela Camaño, quien, como ella dice, hace portación de cara peronista; sin embargo, se opone al kirchnerismo con el mismo vigor que a Macri, y a pesar de haber sido una de las principales oradoras en ese acto por la unidad del peronismo junto a Manzur, hoy el gobernador más cercano a Alberto Fernández, ella se fue con Lavagna para estar lejos de Cristina.

Macri encarnó un sentimiento de muchos. Su fracaso afectará por un tiempo a lo que él representaba.

En el adjetivo “prolijitos” Camaño resumió más agudamente que nadie lo que significará para la Argentina el fracaso del “significante Macri”. El que, por condensación y desplazamiento, y sin importar que pudiera ser injusto, significa el fracaso de los CEO, de los chetos, de ciertas universidades privadas, de los empresarios (a los que paradójicamente Macri ni quería) y de las elites en su conjunto.

El daño antropológico que generará el fracaso del significante Macri hará que por bastante tiempo resulte difícil hacer valorable ante la sociedad la combinación de atributos que rememoren los que se le asignaron a Macri.

Camaño, que es una mujer esmerada y nada descuidada, usó el calificativo “prolijitos” para definir algo que trasciende las ideologías y es mucho más potente que cualquier intelectualización: la estética como expresión de formas de vida y representación de una cultura que va mucho más allá de derecha e izquierda. El uso de la estética como la mejor herramienta para la clasificación ontológica de culturas nació 2 mil años antes de que se bautizara como “cabecitas negras” o “descamisados” a la mayoría del pueblo argentino y eso pasara a ser sinónimo de peronismo.

En El mundo como voluntad y representación, Schopenhauer retoma dos características de la cultura griega sintetizadas en lo apolíneo y lo dionisíaco, la primera inspirada por la mitología de Apolo y la segunda, de Dionisio, la primera representando el orden, lo racional, equilibrado, pulcro, y sobrio; y la segunda como lo impulsivo, excesivo, desbordante, la pasión y la embriaguez.

Nietzsche, en El origen de la tragedia a partir de la música, utiliza también la clasificación estética de lo apolíneo y dionisíaco no como una simple categoría artística sino como expresión de una cultura unida a significados de perfecto, “bien redondeado” y puro, de lo primero; frente a lo romántico, “el ansia de infinito”, la desmesura y el apasionamiento, de lo segundo.

En la monumental obra La decadencia de Occidente, donde en varios volúmenes su autor, Oswald Spengler, explicó la “historia de la historia” de la humanidad, también se apeló al “alma apolínea” y al “alma dionisíaca”. En una de sus ediciones en español hay un proemio escrito por Ortega y Gasset, quien decía: “Spengler cree descubrir la verdadera substancia, el verdadero ‘objeto’ histórico en la ‘cultura’. La ‘cultura’, esto es un cierto modo orgánico de pensar y sentir, sería, según él, el sujeto, el protagonista de todo proceso histórico. Hasta ahora han aparecido sobre la tierra varios de estos seres propiamente históricos. Spengler enumera hasta nueve culturas, cuya existencia ha ido sucesivamente llenando el tiempo histórico. Las ‘culturas’ tienen una vida independiente de las razas que las llevan en sí. Son individuos biológicos aparte. Las culturas son plantas –dice–. Y, como estas, tienen su carrera vital predeterminada. Atraviesan la juventud y la madurez para caer inexorablemente en la decrepitud”.

Para Spengler, un representante de la cultura dionisíaca es la Iglesia Católica y, si estuviera vivo en la actualidad, a partir del primer papa peronista diría que el peronismo es también una cultura dionisíaca. Pero, atención, para Spengler, en lo apolíneo “no hay evolución interior ni historia”. Schopenhauer también otorgaba méritos al alma dionisíaca y atribuía el deterioro de la cultura griega a la excesiva exaltación de lo apolíneo en detrimento de lo dionisíaco reprimido, asignando un aporte de vida y rejuvenecimiento al alma de “los bárbaros”.

De alguna manera hay en los votantes de casi todo el mundo occidental una rebelión contra los “prolijitos”, representada en los países desarrollados por el progresismo liberal de los partidos de centroizquierda, el Laborista en Inglaterra, el Demócrata en Estados Unidos o el Socialista en Francia. Y líderes como Trump o Boris Johnson personifican al conservadorismo popular y son quienes canalizan el rechazo de las masas a los prolijitos en otras latitudes.

Macri fue electo en 2015 gracias a que muchos creyeron que él también era un conservador popular que bailaba cumbia en el balcón de Perón con la banda presidencial tras haber presidido un club de fútbol.

Schopenhauer, en su defensa de la voluntad como esencia, sugería que su época –el siglo XIX– necesitaba un poco más del espíritu dionisíaco. La cultura apolínea y la dionisíaca se precisan mutuamente para progresar y consolidarse.

"Sin el peronismo no se puede pero con el peronismo no alcanza" debería ser el mantra de un nuevo gobierno.

Alberto Fernández acuñó la frase “con Cristina no alcanza, sin ella no se puede”. Ojalá que todas las declaraciones antigrieta que brindan los candidatos del Frente de Todos, y sobre las que quienes no son sus partidarios desconfían, no sean frases de campaña para captar indecisos sino convicciones profundas. Y que, parafraseando a Alberto Fernández, el suyo y los siguientes gobiernos la puedan extender a “con el peronismo no alcanza, sin el peronismo no se puede”. Y tomando la frase de Graciela Camaño, que “con los prolijitos no alcanza” pero “sin los prolijitos no se puede” para que la derrota del “significante Macri” no signifique la derrota de una clase social sino la derrota de la grieta como forma política, incluyendo también la culpa que le cabe a Cristina Kirchner.


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